Aunque en las iglesias virreinales mexicanas existen algunos retablos del siglo XVI, la mayoría de esos fueron realizados a partir del XVII, correspondiendo en muchos de los casos al estilo barroco y en menor medida al renacentista o neoclásico.

El retablo es la estructura arquitectónica, pictórica y escultórica que se sitúa detrás del altar en los templos católicos y es construido principalmente con madera, pero también puede incorporar otros materiales e incluye un conjunto de obras escultóricas y/o pictóricas con temas religiosos.

Los pocos retablos dieciseisenos se encuentran en construcciones grandes y en pueblos que en su momento fueron importantes (o lo siguen siendo pero no en todos los casos sucedió así). Curiosamente, existen dos iglesias del siglo XVI en el actual estado de Hidalgo, en cuyos muros testeros (el muro cabecero que generalmente da al oriente), se pintó un sucinto pero completo discurso del dogma católico, que de alguna manera constituye el antecedente de lo que posteriormente fue el retablo en los pueblos ya evangelizados y operados por el clero secular.

De esa manera, los discursos iconográficos de la capilla abierta de Actopan y de la iglesia de Xoxoteco, municipio del Metzquititlán (que en su origen también fue una capilla abierta), corresponden al momento temprano en que fueron realizados (etapa de evangelización agustina de regiones otomíes, entre 1536 y 1545) y están destinados a la población indígena, cuya lengua fue sumamente difícil de aprender por los frailes agustinos que operaron en la región, por lo que el contenido tanto de los testeros como de los laterales es sumamente interesante, pues constituye un gran esfuerzo por transmitir los principales elementos de la doctrina a la población indígena. Por tratarse de un grupo étnico de desarrollo cultural intermedio –a diferencia de los nahuas del centro de México que poseían mayores elementos propicios para la occidentalización– la población otomí presentó condiciones poco favorables para su conversión al cristianismo, las cuales se narran en las crónicas agustinas como la de Fray Juan de Grijalva, donde se destacan los obstáculos que tuvieron que vencer personajes como Fray Antonio de Roa, Fray Juan de Sevilla y otros ilustres agustinos.

Decimos que los nahuas del centro de México tenían mayores elementos para su occidentalización basándonos en la siguiente expresión del franciscano Motolinía: “La primera vez que llegaron los frailes (franciscanos) a este lugar (Tepeapulco), era una tarde y como estuviese la gente ayuntada comenzaron a enseñarles, y en espacio de tres o cuatro horas mucho de aquel pueblo antes de que partiesen supieron persignarse y (rezar) el pater noster”.

En los recintos referidos, los muros laterales (que es en la jerga eclesiástica como “de la epístola” y “del evangelio”), están destinados a representar el infierno como tema principal, pero de alguna manera se corresponde de forma congruente con lo pintado en los muros cabeceros o también llamados testeros. Entre otras cosas, se muestran los pecados que cometía el pueblo indígena en proceso de conversión como la poligamia, idolatría y embriaguez con pulque, así como los correspondientes castigos en el infierno.

No está por demás decirlo, esa temática hace de esos dos recintos ejemplos únicos en el panorama del arte virreinal mexicano.

Además del problema de la lengua, la región presentaba otras características como una topografía accidentada, alejamiento de centros importantes de población, cercanía con la frontera norte de Mesoamérica etcétera, que creemos, llevó a los frailes a pintar esos excepcionales ejemplos de pintura mural en un momento en que los oficios indígenas no estaban suficientemente desarrollados para la elaboración de los retablos que posteriormente cubrieron esas imágenes y afortunadamente no las dañaron. Las pinturas originales en ambos casos fueron recuperadas a mediados del siglo XX.

De esa manera, la pintura mural de los muros cabeceros hizo un papel análogo al que posteriormente hicieron los retablos, pero cada uno en el ámbito de sus propias necesidades: la pintura para la conversión al cristianismo y la didáctica de los principales dogmas, y los retablos como alimento para el alma de los feligreses que cada domingo acudían a reafirmar su fe y su devoción en uno o varios santos: Cristo o la Virgen María, en alguna de sus múltiples advocaciones.

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