Los datos estadísticos que usan para calificar los resultados obtenidos en el combate a la pobreza tienen –a mi entender– un mal de origen, que son acomodados a las conveniencias políticas coyunturales.

La medición de la eficiencia, eficacia y efectividad hecha por la academia, concretamente por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), siempre dio mayor confianza, pero desde que el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) fue politizado por el antiguo régimen, la suspicacia volvió para quedarse… del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval) ni mencionarlo: toda medición hecha a modo, lo que pidiera el patrón.

En las entidades poco se hace para tener instancias de actuar diario para la evaluación de los planes y programas institucionales; y de los mecanismos generados hasta hoy, ninguno permite la participación seria y oportuna de la sociedad civil. Está claro que en la lucha entre gobernantes y gobernados por la transparencia y rendición de cuentas de aquellos que disponen del dinero público, la sociedad ha ido perdiendo cada vez más y más… y esto es lo que nos aleja de la credibilidad de lo que nos dicen cuando hablan sobre la superación de la pobreza.

Se ha dicho mil veces y aún no es suficiente: democracia y prosperidad van de la mano, así como la opacidad y el empobrecimiento caminan juntos.

Que Hidalgo avanzó en la superación de pobreza… eso dicen, pero no se observa. Si bien es cierto que vemos más concreto sobre calles en colonias y comunidades, al interior de los hogares, en los moradores, el empleo, la nutrición, el cuidado a la salud, la calidad de la educación que reciben, siguen siendo igual o peor. Tenemos los más altos índices de muertes maternas y neonatos entre las entidades circunvecinas. Seguimos campeones en los índices de deserción escolar en secundaria y preparatoria y ni se diga en el promedio de inscripción a las universidades. Basta con saber que los jóvenes –principalmente de las zonas indígenas– optan por abandonar sus estudios e irse a trabajar a esas entidades demandantes de mano de obra no calificada y también profesional.

La pregunta incómoda para los que no quieren ver este fenómeno sigue siendo: ¿por qué Querétaro, Nuevo León, Jalisco o Puebla se están llevando a nuestra sangre joven?… Y los que deben y pueden hacer algo ni se inmutan, solo tienen la mirada puesta en ganar las próximas elecciones a toda costa.

Son muchas las cosas que debemos cambiar en Hidalgo para que el escenario también cambie, empezando por sustituir los criterios enanos con los que nos han gobernado en los últimos 30 años: corrupción a todo lo que da; falta de voluntad; inequidad con las regiones; fomento a los cacicazgos regionales y municipales, claro, conectados al estatal; una espantosa discrecionalidad en el uso de los recursos públicos entre los ayuntamientos; obra pública mala, cara e impertinente; cero desarrollo de microempresas; interconectividad deficiente entre regiones; transporte público inmerso en la corrupción e inoperancia, y, aunque lo nieguen, una inseguridad y violencia cada vez mayor… tres por semana, dicen los ixmiquilpenses, cuando se refieren a los ejecutados. ¡¡¡Dios nos libre!!!
Urge que terminen los tiempos de mal gobierno estatal, ¡¡ya tuvimos suficiente!! Y también ya tenemos muy clarito el perfil de las mujeres y hombres que deben sustituir a los constructores de la desgracia hidalguense, sin olvidar que también nosotros como sociedad ¡debemos cambiar!

Comentarios