La larga voz de la historia pone frente a las sociedades sus rostros, el miedo, su (des) ánimo, las aspiraciones, límites; sus miembros deberían ser escribas pragmáticos y aprender de ella, pero quedan atrapados por sus idilios con los espejos, narcisos apasionados solo rinden pleitesía a su propia voz, a sus prejuicios de los que son devotos religiosos, tomemos como ejemplo al pueblo griego, ese que marcó el rumbo del saber durante 2 mil años, lo que se ha llamado el “Milagro griego”, su filosofía continúa siendo modelo de reflexión, su herencia es vasta, generosa, luminosa, su idea de belleza y perfección del cuerpo humano, cuya mayor expresión fueron el inicio de los juegos olímpicos, sus contribuciones a la ética, la lógica, la ciencia política y, por supuesto, sus grandes filósofos, poetas, oradores, pensadores, matemáticos; sin embargo, “su mayor incapacidad consistió en no poder impedir que la hostilidad de unas ciudades Estado contra otras degenerara en guerras interminables. Grecia, como la Italia del Renacimiento, no logró unificarse para así, unida, estar en condiciones de enfrentar a sus enemigos. En ambos casos donde yacía su esplendor, en la maravillosa variedad de ciudades e individuos, estaba también su debilidad: la desunión” (Hugo Hiriart). La unidad, la cohesión son condiciones políticas que legitiman y dan fuerza a las decisiones del poder, sin embargo, ciudadanos y gobiernos deben actuar con responsabilidad ética, de no hacerlo el riesgo es rebajar la política a la arena del panfleto, el espectáculo, la trivialización obscena, esa que produce la posverdad. En: Los orígenes del totalitarismo (Hannah Arendt) esa filósofa de Hannover afirma que “el seguidor fiel del nazismo o comunismo no es el exaltado militante sino la persona para quien ha dejado de existir la distinción entre hecho y ficción, entre verdad y mentira (el pensamiento en lo que tiene de tangible)” la verdad es la piedra angular, puerto de partida para la democracia, su contrapartida se encuentra en la posverdad, la historia reciente propone múltiples ejemplos: la era nazi (una mentira repetida mil veces se convierte en verdad), el macartismo, liderazgos como: Marine Le Pen, Fidel Castro, Nicolás Maduro, Donald Trump, dirigentes balcanizados que se identifican con el populismo de izquierda o de derecha. La posverdad es la derrota del pensamiento. La posverdad es el prefascismo, concluye Thimothy Snyder, mentir se ha convertido en una política de Estado, ejemplos abundan, dos significativos: cuando el entonces presidente del gobierno español José Aznar aseguró que los responsables del ataque a la estación de Atocha había sido la ETA a pesar de conocer que los verdaderos autores del atentado fueron miembros del fundamentalismo musulmán. Más grave aún, la mentira de George Bush (hijo) al asegurar que Irak poseía armamento nuclear y que Hussein era uno de los responsables del atentado del 11 de septiembre. La posverdad, la mentira se había convertido en un arma política que rendía magníficos frutos.

¿Qué hacer frente a la posverdad? Lo primero y más importante es tener presente que el enemigo que puede derrotar a la democracia es la tiranía, para enfrentarla es necesario que la democracia liberal reconozca sus errores, ese es el camino para recuperar la legitimidad y credibilidad que le permita volver a ser guía de una sociedad de derechos, “para ser fiel a su proyecto de autonomía debe distanciarse de sus dogmas, dialogar con sus críticos, reinventarse” (Jesús Silva Herzog). El camino es propugnar por una democracia liberal, por un liberalismo democrático.

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