Ayer terminaron de definirse las alianzas políticas que impulsarán a tres candidatos a la presidencia de la República. Se formaron tres bloques variopintos: uno que podríamos definir de centro, encabezado por un priista muy panista llamado José Antonio Meade; otro de izquierda (aunque con la inclusión de Encuentro Social ya no tanto), encabezado por Andrés Manuel López Obrador; y uno más, que podríamos definir como un híbrido de izquierda y derecha pragmáticas encabezado por Ricardo Anaya Cortés. Tales son las principales fuerzas que competirán el próximo año para buscar encabezar el Poder Ejecutivo federal. Por supuesto, sin menospreciar a los independientes, entre ellos la expanista Margarita Zavala y al actual gobernador de Nuevo León Jaime Rodríguez, alias el Bronco, quien ya rebasó las firmas requeridas por el INE para alcanzar la candidatura. En un análisis a primera vista, se puede sostener que la elección estará guiada por el pragmatismo puro: todo se vale si de sumar fuerzas se trata. Porque, a cualquiera de las alianzas se le pueden poner peros. ¿Qué tiene de izquierda el Partido Encuentro Social, impulsado por evangélicos, priistas (aunque no abiertamente) y expriistas? O, por otra parte y para usar un viejo argumento, ¿cómo puede juntarse el agua con el aceite?, esto si hablamos de la otra coalición formada por el PAN-PRD-MC. O, si vemos el bloque PRI-Verde-Nueva Alianza, podríamos cuestionar: ¿por qué no impulsaron a uno de los suyos? ¿Por qué a un candidato fuertemente identificado con el panismo? En esa elección las ideologías se quedaron fuera de la lista de invitados. De filón. ¿Por qué los municipios no crecen ordenadamente y, al contrario, se pierden en la anarquía? Tal vez pueda ayudarnos a entender este dato: entre 70 y 80 por ciento de las circunscripciones hidalguenses no cuenta con planes de desarrollo urbano. Así ¿cómo?

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