La leyenda cuenta que la escuela pitagórica experimentó un serio desencanto cuando descubrió la existencia de la proporción áurea de Euclides y cómo su premisa de que el número resultante era, en lugar de una cifra de números enteros o la conversión de una fracción, un guarismo que se extendía indefinidamente, cosa que lo convertía en la manifestación misma de lo horrible, un error cósmico que debía mantenerse apartado de todos y en completo secreto.

Es increíble cómo en la actualidad el principio de la proporción áurea representa una forma de articular la belleza de lo perceptible con una noción de que el cosmos, en su esencia más básica, preserva un principio que se encuentra oculto en todas las cosas y es representación de lo inconmensurable, de lo que no puede ser reducido a expresión humana, sea lingüística o matemática. Una de las más grandes ironías porque lo perfecto o aquello que se entiende por lo perfecto, está más allá de lo humano.

Mario Livio dedica su libro al repaso de este número tan particular que literalmente ha captado el interés de la humanidad desde todas las disciplinas concebibles, pero que por su complejidad y registro histórico, materialmente escapa a la capacidad de una sola persona para mantener un registro coherente de todas sus manifestaciones o usos en la historia del ser humano.

Entre las primeras confusiones que se registran en torno a la proporción áurea se encuentra la nomenclatura y representación de la misma. Por ejemplo, la letra griega que representa formalmente 1.6180339887… es τ (tau), no obstante, gracias a que en el Partenón se encuentran muchas esculturas atribuidas a él y que en su método de trabajo se detecta el uso de la proporción áurea, cuando Mark Barr estudió el número, decidió llamarlo Φ (phi) en honor a Fidias, el escultor griego. Pero sea por un error de lectura, mero desconocimiento o confusión, se atribuyó la propiedad a Pi (π), más bien relacionada con las circunferencias.

A pesar de que las matemáticas se identifican y reconocen como una actividad y conocimiento exclusivas de los estudiosos, las tradiciones clásicas identificaban que solo cuatro disciplinas fundamentales eran las responsables de dirigir tanto la educación como la formación intelectual de un sujeto: aritmética, geometría, astronomía y música.

Debido al redescubrimiento de principios clásicos en las disciplinas artísticas, cuando comenzó el ensayo de las tendencias formales para llevarlas a nuevas expresiones, la aparición de Iannis Xenakis en el ámbito de la música experimental contribuyó al descubrimiento de formas que no se habían explorado desde ningún ámbito de las enseñanzas académicas.

Xenakis fue de los primeros en llevar la propuesta formal que en su momento Marcel Duchamp y John Cage intentaron empujar hasta un grado de expresión por encima de todo lo identificado, salvo porque Xenakis decidió abandonar el uso de absolutamente todo instrumento, incluso de objetos físicos capaces de producir sonidos, ya que condujo la producción del sonido mediante propiedades de la materia, la energía y las variantes del espectro electromagnético, todo a partir de abstracciones matemáticas.

A él se debe la interpretación de fórmulas matemáticas, barras de espectros cromáticos, trayectorias lineales representando crecimiento demográfico, gráficas enteras de movimientos telúricos, entre otros, en representaciones acústicas a partir de sus modelos.

Salvo su producción sinfónica, escasa en contraste con sus trabajos experimentales, la “música” de Xenakis es más un ensayo de la abstracción que otra cosa. Es difícil de escuchar y apenas puede decirse que sea placentero al oído. Pese a ello, en sus trabajos para orquesta se encuentra Metastaseis, la que a juicio de sus críticos, seguidores y Xenakis mismo, constituye su obra maestra, la búsqueda de una vida en que se funden tradición y experimento.

Inserta en el volumen cinco de Orchestral Works, la pieza representa lo que podría ser descrito como un nacimiento dramático del universo que no tiene asomos de mostrarse discreto ni de verse disminuido. Acaso la obra de Stravinski y Shostakovich se acerquen al grado de dramatismo y libertad de afeites a la hora de representar esa noción de vastedad que buscaba Xenakis, pero en este ejemplo memorable que dio el griego al mundo, se encuentra una de las piezas más representativas del siglo XX.
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