+ Cienfuegos regaña a Peña y a Osorio Chong
+ Un Ejército engallado, empoderado…

Ahora las miradas se enfilaron hacia el general Carrasco, que no movió un solo músculo del rostro. Respondió adusto:
–Los soldados estamos para servirle a la patria, señor presidente, con lealtad. Y usted es el comandante supremo de las Fuerzas Armadas y como tal lo reconozco. Sin embargo, y si me lo permite, tengo una inquietud…
–Lo escucho general…
–¿No resultará contraproducente enviar al Ejército a la sierra guerrerense? Sería, señor presidente, reabrir viejas heridas, traer a la memoria episodios muy dolorosos para todos.
¿Qué mensaje estaríamos enviando a la población? ¿Qué nuestras policías están rebasadas y que ahora, como siempre, serán los soldados los que pongamos el remedio?
A más de uno le incomodó el comentario del jefe castrense, en particular al secretario de Seguridad Nacional, Pontevedra, quien frunció el ceño y buscó refugio en la mirada del presidente para que saliera en su auxilio.
Los segundos pesaban como nunca.
El presidente volvió a romper el silencio:
–Enviaríamos el mensaje de que somos un gobierno firme y que nuestros soldados están para garantizar la seguridad del país. Y hoy esa seguridad está amenazada. Es una decisión tomada, general…

*****

–¡No, no y no…! ¡Me va a perdonar, general Carrasco, con todo respeto, pero eso que le quieren hacer a usted es una ofensa al Ejército, a los soldados, a nuestro honor, a nuestro secretario y al país! Con todo respeto también para el señor presidente, ¿qué quería? ¿Qué los soldados se dejaran matar por los campesinos? ¿Qué nos sacrificáramos mientras nos macheteaban? ¿O que el general Cienfuegos, aquí presente, se echara a correr como un cobarde? ¡No señores! ¡Esto no lo podemos permitir!
El secretario de la Defensa y el resto de los jefes militares escuchaban al general Toledo, el más joven del grupo, en silencio. Sin interrumpirlo. Se limitaban a mirar al general Carrasco y luego a Cienfuegos, y a verse entre ellos, asintiendo, murmurando para sí. Minutos antes, al término del desayuno, Carrasco les había informado que el presidente lo iba a cesar.
–¡Yo estoy de acuerdo con el general Toledo!–, respaldó enérgico el general Altamirano, cabeza de la primera región militar.
–¡Yo también!–, se sumó el general Malpica, de la tercera. Y aún más señores: no vamos a permitir que se le integre un juicio militar al general Cienfuegos. ¡No lo permitiremos!
–¡De ninguna manera…!–, levantó la voz de barítono el general Cabrera, de la Novena, de los veteranos del Ejército.
–¡Respaldo absoluto al señor general Carrasco y al señor general Cienfuegos”–, propuso el general Sierra de los Santos.
–¡Viva el Ejército!–, gritó, de pie, vehemente, el general Cienfuegos. –“¡Viva”!–, se escuchó una sola voz tronante, desafiante.

*****

Antes de reunirse con el secretario de Seguridad Nacional, el general Toledo pretextó llamar a los jefes militares de zona y marcó al teléfono privado del general Carrasco.
–General Toledo, se ha tomado la peor decisión… son muchos muertos… lo de la tregua me parece, dentro de todo, algo sensato…
–y habrá más muertos, general Carrasco…
–¿rechazaron la oferta?…
–sí…
–cabrón Libre…
–y hay algo peor, general…
–¿qué?…
–me ordena el presidente que los soldados vayan al frente y desalojen directamente a los campesinos en las presidencias municipales tomadas en los estados…
–¡¡¡no lo puede usted permitir, general Toledo!!!…
–¡y no debemos hacerlo, general!, pero el presidente está empecinado en mandar, me dijo, el mensaje de que al gobierno no le tiemblan los güevos…
–el presidente nos quiere manchar las manos de sangre… responsabilizarnos de los estados y como siempre los políticos a lavarse las manos… no ocurrirá general Toledo… no se repetirá la historia de Tlatelolco…
–espero instrucciones general Carrasco…
El general Carrasco ya no escuchó las últimas cuatro palabras. Marcaba al celular de Félix Buendía.

*****

Los pasajes anteriores bien podrían ajustarse a la realidad que hoy vive México: un Ejército engallado y desafiante con el poder político de los civiles, encabezado por el presidente de la República. Militares vs políticos.
Sin embargo, los párrafos mencionados líneas arriba pertenecen a mi novela Días de ira (editorial Océano) que desde su gestación, contempló ese inevitable choque entre militares y civiles. Un Ejército en rebeldía por las decisiones tomadas en la casa presidencial.
Hoy, lo escrito en Días de ira se refleja en el espejo de nuestra propia realidad:
Un secretario de la Defensa (general Salvador Cienfuegos, homónimo en apellido de otro general aparecido en mi novela de manera coincidente), en abierto y público desacuerdo con las decisiones tomadas por el gobierno civil en turno: de franco rechazo al sacar a las calles a los soldados para combatir a la criminalidad.
“No nos sentimos a gusto, ninguno de los que estamos con ustedes aquí estudiamos para perseguir delincuentes. Nuestra idea, nuestra función es otra y se está desnaturalizando”, dijo, furibundo, el titular de la Sedena en un discurso y tono inusuales.
En pocas palabras: los militares están hartos de estar en las calles persiguiendo, sometiendo y sufriendo bajas en enfrentamientos con el crimen organizado. Ya quieren regresar a sus cuarteles.
“Urge que se apruebe la ley que regule la actuación del Ejército en las calles…”, exhorta el general Cienfuegos. ¡Cuidado! Soldados arrinconando a civiles con licencia para aplacar y hasta matar es pésima señal. La línea resulta muy delgada entre la firmeza y el autoritarismo. Basta recordar Tlatlaya y otros episodios más para caer en la tentación del abuso militar.
“Es la Secretaría de Gobernación la que debería estar insistiendo que esta ley se promulgue, pero no hay prisa, no ha habido prisa en muchos años…”, machaca Cienfuegos. Es un claro e indiscutible regaño a Osorio Chong a quien, en unas cuantas líneas, le enderezó una crítica que exhibe al hidalguense como un funcionario irresponsable –al no tener policías capaces– y comodino –al permitir que solamente los soldados confronten a los criminales–.
Pero la arenga del general Cienfuegos va más allá. Mucho más:
Es un reproche claro al actual presidente de la República por no haber tenido la capacidad para, primero, nombrar a políticos capaces y profesionales al frente de la lucha contra la criminalidad, y, segundo, un jalón de orejas por echarse a la hamaca y descansar toda la responsabilidad en la actuación del Ejército. Sí: allí están las consecuencias de la ausencia de estrategia eficaz, durante el gobierno peñista, a la hora de hacer frente al crimen organizado.
Los militares están hartos.
Y de allí el regaño del general secretario a su comandante en jefe de las Fuerzas Armadas: el presidente de la República. De ese tamaño fue el mensaje castrense.

*****

¿Qué mensaje estaríamos enviando a la población? ¿Qué nuestras policías están rebasadas y que ahora, como siempre, serán los soldados los que pongamos el remedio?… “el Presidente nos quiere manchar las manos de sangre… responsabilizarnos de los estados y como siempre los políticos a lavarse las manos… no ocurrirá general Toledo… no se repetirá la historia de Tlatelolco…”.
Los episodios incluidos en Días de ira reencarnan en la realidad mexicana: militares inconformes, molestos, con las decisiones de los gobiernos civiles.
Cualquier parecido con la realidad, no es mera coincidencia.

Publicado en sin embargo.mx
TW: @_martinmoreno
FB /Martin Moreno

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