Ha pasado un tiempo desde que en México se anunció el advenimiento de otra época. Las consecuencias de lo que aparentaba ser un nuevo día tenían que salir de su cautiverio emocional y estallar en la cara de los convencidos. No deja de parecerme curiosa la actitud de escándalo de la opinión pública, en la sobremesa, en las noticias.

Durante décadas hemos sido permisivos con la incompetencia, hemos dejado que aquellos que incluso han llegado a definirse por propia cuenta a partir de la ineptitud, tomen las riendas de los espacios determinantes para la vida social. Contentos, nos sentamos a la mesa, ilusoriamente llena por supuesto, a comentar las equivocaciones y desfalcos como errores en la estadística de un partido de futbol.

La paz es una simulación de estabilidad. Se ha comprado nuestro silencio al mínimo precio, el más costoso.

Sin embargo, el color de esta nueva era es prominente. Baña hasta el más recóndito resabio de nuestro pueblo. Morena será el color de nuestra piel muchos años por venir. Pero seamos honestos: no podíamos esperar que un solo bloque partidista, que sumó sus fuerzas como movimiento en medio de una de las coyunturas más tensas y crueles de la historia reciente de nuestro país, en las entrañas de un electorado legítimamente harto y desengañado, encontrara entre sus filas solo a gente comprometida con un auténtico sentimiento de rebelión.

¿De entre los cientos de servidores y funcionarios que ganaron aquel primero de julio, cuántos abordaron la marea con razón y causa? No podemos saberlo, pero ello no es motivo suficiente para negar la incómoda presencia de quienes aprovecharon las circunstancias y se treparon –desesperados– en la espalda de nuestra esperanza.

La transformación no puede ser partidista. Basta mirar la paupérrima pujanza del viejo régimen por reunir entre sus números una ficción de militancia, es humillante y lúgubre. ¿De qué va el cambio que tanto pedimos, entonces?

Si el problema ha sido durante décadas la edificación de un gobierno hecho con fines ajenos a la experiencia social, si el desafío ha sido el espacio inexistente para la voz y la visibilidad de las minorías, entonces esa debe ser la pista de nuestro afán. Quiero decir, como lo ha hecho antes Camus: identifiquemos nuestras intenciones. La rebeldía es incondicionalmente un acto afirmativo, un posicionamiento a favor de lo existente; por el contrario, el resentimiento es una reacción ante la impotencia, el hondo rencor por lo que no se posee, lo que se desea; el hilo donde pende la envidia, el oprobio y la división.

La rebeldía, al afirmar lo que ya es, señala un límite, acusa el momento donde algo está siendo negado, ocultado, oprimido. Es plantarse contra la crueldad, lo que coarta y encierra, el confinamiento y sinsentido de la condición laboral, educativa, cotidiana, cultural; es cortar el sonoro badajo del acoso y la violencia, la usurpación de funciones y el consumo desmedido, la pauperización de la vida.

Rebelarse es asumir nuestra responsabilidad ante lo inadmisible. Oponerse al sobajamiento de la legítima lucha. Decir No, para dejar a la luz un sí definitivo. Es esa afirmación la que nos desborda; ¿qué hay detrás del ímpetu de los pueblos disidentes, de las calles repletas de indígenas en Ecuador, de las pintas en el Ángel de la Independencia en México, la honda de los palestinos, la piedra en la mano de David mirando hacia el gigante? Con seguridad no hay individuos ni riendas. Detrás están las mujeres y los hombres, sin más palabras que todas las que no quisieron ser escuchadas. Es lo deseable, no el deseo; hay que aprender a distinguirlo para no juzgar demasiado pronto, la ignorancia es temeraria y lo es aún más el odio disfrazado de ingenuidad y fe.

Solo en la rebeldía nace la solidaridad, el sumo conjunto de emociones compartidas, desposeído del color distinto de nuestra piel, de nuestras costumbres y expectativas, desembarazado del delirio de una “vida digna”, de nuevas opciones laborales o del tino de los sectores empoderados por dar alguna oportunidad a los demás, al resto.

Solo hay democracia si se mantiene tal cosa: el resto. Por eso la rebelión suele ser antidemocrática: no se puede argumentar ante quien ha decidido ya en contra de los otros, mucho menos ante quien no quiere ver, siquiera, que hay otros.

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