Los desastres naturales deben apreciarse desde una óptica multidimensional, si bien no son frecuentes tampoco son ajenos a la existencia humana, por lo que deben verse retrospectivamente, es el sector público el que debe definir una política y destinar recursos hacia la investigación y al monitoreo científico para dar seguimiento al comportamiento de los fenómenos climáticos, el propósito, aprender cómo reducir la vulnerabilidad de las diversas regiones y de los diferentes grupos sociales que pueden salir más afectados por su precariedad social y económica. ¿Esa tarea está realizándose en el gobierno de Peña Nieto?
Durante el acontecimiento de los fenómenos climáticos, las dependencias de los tres órdenes de gobierno, fundamentalmente las federales y estatales, deben actuar sobre todo con pulcritud y un alto sentido solidario y humano, bajo protocolos certificados internacionalmente. Bueno esto tampoco se hizo.
Lo que el gobierno de Peña Nieto hizo fue establecer un cerco informativo al aplicar un bloqueo a los periodistas de oficio, cuya labor es fundamental en momentos de desastres, con ello incumplieron estándares internacionales por parte tanto de Enrique Peña Nieto como de Miguel Ángel Mancera, según especifica la revista internacional Artículo 19 en su reporte “Información oficial: el gran ausente después del sismo”.
En lugar de coordinar esfuerzos con los medios, lo que hicieron las dependencias gubernamentales fue promover la imagen de Peña Nieto, como de otros altos funcionarios, tomando las zonas de desastre como escenario, tal como sucedió en la región mixteca de Puebla llamada San Juan Pilcaya, a donde llegó Peña Nieto y el gobernador José Antonio Gali, con un gran despliegue de fuerza, solamente para tomarse la foto y decirle a un adulto mayor: “Nada más unas casitas se cayeron, pero todo bien, ¿verdad?” A lo que surgió el reclamo de una estudiante de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP): “En vez de estarse tomando fotos, ¿por qué no traes comida?” Estas acciones de los funcionarios gubernamentales, además de ir en contra de todo protocolo, lastiman a la sociedad.
La solidaridad no solo es moral y emocional, también es la efectividad de las acciones de planeación, donde la sociedad civil debe formar parte, es la primera que arriesga su vida y hace efectiva la ayuda, no busca ser un falso benefactor, como el gobernador de Morelos.
En la reconstrucción, que debería ser creación de un nuevo México, la transparencia es imprescindible, si bien ya se tiene la cifra de 37 mil 500 millones de pesos, aunque se anuncian donativos que no se tiene plena claridad de dónde vienen, cómo y a quién llegan. Ese monto de financiamiento se destinará a reparar daños de escuelas, aunque algunas habrá que construirlas nuevamente, de igual forma las viviendas, y también se menciona el patrimonio cultural afectado. Suena bien.
Los dueños de las grandes capitales en México, como Carlos Slim y Alberto Baillères, ya están invitados a sumarse al plan de reconstrucción, y ¿cuánto aportaron ellos al fondo? ¿Solo serán beneficiarios al ser quienes obtengan los contratos de reconstrucción?
También se incluyen a los consentidos del modelo económico de Peña Nieto, al sector bancario, dominado por la mega banca internacional, que obtuvieron utilidades por 77 mil millones de pesos en lo que la va de este 2017, equivalente a 124.7 por ciento respecto a 2016, con activos que representan 43 por ciento del valor de la economía mexicana.
Para el sector de la construcción representa un gran estímulo para su recuperación, pues venía registrando una caída de 3.7 por ciento, gracias al brillante plan nacional de construcción federal.
Con los huracanes y sismos no solo se evidenció la debilidad de las estructuras de las construcciones, que no cumplen las normas necesarias, hay corrupción en ese sector donde los funcionarios públicos son los que se enriquecen; también se evidenció la debilidad de la estructura de nuestra economía.
Nuestro salario es el más bajo de Latinoamérica, ya hasta Trump está pidiendo que se incremente el salario a los mexicanos para quitarle atractivo a las empresas norteamericanas, pero la distancia es abismal porque el salario de un mexicano es de 80.04 pesos diarios; aumentarlo a 92 pesos, como plantea la Confederación Patronal de la República Mexicana (Coparmex), todavía estaría muy por debajo de lo que se gana en Estados Unidos (EU), cuyo equivalente en pesos mexicanos serían mil 15 pesos por día.
Con este salario empobrecedor, con el atroz rezago tecnológico, una inflación de 6.66 por ciento y un mediocre plan de reactivación pos-desastres, según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) México crecerá si acaso un 2.2 por ciento en 2017, mientras que en Panamá ascenderá un 5.6 por ciento, Nicaragua un 5 por ciento y Costa Rica un 4.7 por ciento. Pero sí le aseguro una cosa: que los ricos en México serán más ricos. ¿No lo cree usted?

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