Daniel Zorrilla Velázquez

Esta semana representa el punto más álgido de lo que va de la presidencia de Donald Trump. Después de estar negativamente en el centro de la atención pública a nivel internacional, debido al proceso de impeachment (juicio político) que el partido Demócrata infructuosamente intentó iniciar en su contra por los cargos de abuso de poder y obstrucción del Congreso, el presidente norteamericano no solamente salió airoso de la acusación, sino que incluso resultó enormemente favorecido del asunto.

La estrategia demócrata, que era la crónica de un fracaso anunciado, fue pésimamente planeada. Era evidente que, aunque los Demócratas podían impulsar en el Congreso el procedimiento en contra del ocupante de la Casa Blanca, en el Senado la acción sería desechada ipso facto, dada su mayoría Republicana. La mala lectura de la situación por parte de los oponentes de Trump ha ocasionado que el presidente sea visto como un perseguido y que goce al día de hoy de la mayor aprobación en lo que va de su mandato

La encuesta Gallup, una de las más representativas y emblemáticas del país del norte, señala que, al cerrar la primera semana de febrero, Trump cuenta con una aceptación de 49 puntos, en contraste con los 39 que tenía en octubre y que el partido Republicano disfruta de una ventaja de 51 por ciento en el índice general de aprobación. Además, el presidente ha cumplido la mayoría de sus propuestas de campaña, lo que lo fortalece aún más de cara al proceso electoral de noviembre próximo. El muro en la frontera con México está en proceso de construcción, la economía es fuerte y los niveles de desempleo se han mantenido históricamente bajos.

Todo lo anterior viene a empeorar la crítica situación que vive actualmente el partido Demócrata, que no ha podido colocar entre las preferencias del electorado a un candidato lo suficientemente fuerte como para derrotar al incumbente en la silla presidencial. Para muestra hace falta un botón. Durante la semana que pasó, se llevó a cabo la asamblea demócrata de Iowa, tradicionalmente la más importante para elegir al representante del partido en la elección. Sin embargo, en lugar de surgir del evento un aspirante que liderara las preferencias, los votos se dividieron entre dos contendientes: Bernie Sanders y Pete Buttigieg, con 26.2 por ciento y 26.1 por ciento de los votos, respectivamente.

Muy atrás en los resultados quedó el candidato Joe Biden, quien al inicio del proceso interno del partido era la opción principal para vencer a Trump. Es muy probable que Buttigieg siga ganando popularidad, inflado por la maquinaria de los Clinton y de Obama y que Sanders pase a un segundo plano. He aquí otra ventaja para que el magnate neoyorquino sea reelegido: según un artículo publicado por David Brooks, del New York Times, en la elección de 2016 los seguidores de Bernie Sanders apoyaron a Trump, al quedar descalificado el primero. Gracias a los votos abonados por los simpatizantes del Senador por Vermont, el partido Republicano ganó los votos suficientes para vencer en el Colegio Electoral en tres estados clave: Pensilvania, Michigan y Wisconsin.

Es importante recordar que las elecciones en Estados Unidos no tienen el mismo mecanismo que existe en México, en donde el candidato ganador es el que recibe la mayoría de los votos. En el sistema electoral norteamericano, el vencedor se elige por recibir la mayoría de los votos del Colegio Electoral, que está conformado por un grupo de personas nombradas por cada estado para elegir al presidente y vicepresidente. El número de votos que puede emitir cada estado, se define por el tamaño de su población, es decir, aquellos estados con una mayor población, tienen una mayor incidencia en el resultado de la votación.

Estados como Florida, Texas y Nueva York son muy importantes para las elecciones presidenciales, pues representan una cantidad mayor de votos en este sistema. No obstante, están en juego un número de estados clave que pueden decidir la elección y que hace algunos meses estaban indefinidos en sus preferencias, pero con los más recientes tropiezos demócratas, pueden dar un giro hacia el lado Republicano. Tal es el caso de Ohio, Pensilvania y Florida que representan un gran porcentaje del total de votos en el Colegio Electoral. El caso más particular es el de Florida, que ha sido históricamente intermitente en los últimos procesos electorales, pues ha apoyado tanto al partido Demócrata como al Republicano.

De hecho, en las elecciones pasadas de 2016, uno de los factores que le dio el triunfo a Donald Trump fue el haber ganado Florida, en donde el voto latino fue de menor importancia y donde la mayoría blanca en ese estado votó masivamente. Por lo anterior, es fundamental que el candidato que resulte electo en las primarias demócratas mantenga moderadas sus propuestas, y que sobre todo, apunte a ganar popularidad y el consiguiente apoyo de las minorías hispanas y afroamericanas.

Cada día, Donald Trump da un paso más para lograr la reelección. A menos de que ocurra un evento sumamente lastimoso para la imagen del presidente, tendremos a un vecino incómodo por cuatro años más haciendo la vida imposible a nuestro país, sobre todo en materia de seguridad y en temas comerciales bilaterales. El presidente López Obrador debe tener lista una estrategia conveniente para lidiar con los vientos adversos del norte.

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