Alejandra Rodrigo

A partir de la victoria democrática del pasado primero de julio se ha hablado en las calles y en medios sociales que la regeneración de una nación debe ser moral.

Hablar de moral es tan sencillo y tan difícil de ejecutar ante la falta de reflexión a la cual el concepto debe provocar.

La moral (moris) que por traducción se refiere a la costumbre.
En términos filosóficos, es una herramienta social contenida por un sistema de creencias, valores, costumbres y normas de una determinada comunidad, grupo o familia. Ese concepto regula la conducta de la humanidad respecto a las acciones y pensamientos “buenos y malos” del ser humano.
Entonces, al hablar de costumbre o las costumbres cotidianas de los habitantes de una nación, los estados de reflexión deben ser mucho más cuidadosos y la moral por lo tanto se torna “subjetiva”.

Ante esa subjetividad, todos los seres humanos, y en este caso, los mexicanos declaramos una alta moral, puesto que durante sexenios hemos sido “víctimas” de gobiernos dolosos e intransigentes que han conducido al país hacia una catástrofe económica, social y de falta de identidad. Sin embargo, el mexicano es “bueno por naturaleza”.
Lo que la cultura folclórica nos ha enseñado es que el mexicano es bueno por trabajador, bueno por la unión familiar, bueno por su gran vínculo religioso, bueno por descender de héroes revolucionarios, bueno por ser gran amigo, bueno por su humor, bueno por el orgullo de ser mexicanos. Pero, ¿qué es México, qué significa ser mexicano?
Si somos honestos, si es que existe esa capacidad individual de confrontación personal, empezaríamos por lanzarnos una gran trompetilla frente al espejo. Deberíamos insultarnos como lo hemos hecho con todos los villanos de nuestra historia reciente.

Es tan fácil mirar al otro, juzgarlo y castigarlo con el desprecio social, porque somos tan mentirosos que nos consideramos como los grandes acreedores de una alta moral victimizados por el mal ejercicio del poder.
Empecemos por tratar de responder algunas preguntas:
¿En la familia, cuántos padres, madres e hijos han mentido?
¿Quién evita los chismes de sus amigos?
¿Quién hace un bien por el simple hecho de hacerlo y de no esperar algo a cambio?
¿Quién tiene palabra y es capaz de sostenerla?
¿Quién no disfruta al ver sufrir a sus “enemigos”?
¿Quién no ha tratado a su amado o amada como a un enemigo?
¿Quién no ha esperado recibir dinero sin trabajar?
¿Quién no espera hacer el menor esfuerzo?
¿Quién no espera que otro realice el trabajo que me toca?
La lista sería muy larga y creo que ya está claro el punto. Así, el mexicano folclórico no existe. Es un ideal. Lo mismo que la gran moral. Sobre todo cuando lo que predomina en la cotidianidad es el orgullo por el ejercicio de la doble moral.

Estamos buscando, o mejor dicho, depositando en un hombre la expectativa de un cambio de vida radical de la noche a la mañana. “Necesitamos un líder moral”, ese hombre renacentista que se conquiste así mismo y con su ejemplo nos transforme la vida y la conducta. Discúlpenme, peo lo he buscado toda la vida y no lo he encontrado.

La victoria democrática, la verdadera revolución o mejor dicho, el estado de reconstrucción, sucederá cuando el individuo denominado mexicano tenga el valor de conquistarse a sí mismo, de dominarse así mismo. La reconstrucción es interna.
Mientras la regeneración no venga desde el interior… jamás sucederá.

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