La relación México-Estados Unidos ha estado llena de encuentros y desencuentros, históricamente desde los tratados de Guadalupe, donde México perdió gran parte de su territorio, estuvo marcada por un sentimiento de despojo y subordinación. La expropiación petrolera marcó un nuevo desencuentro que rápidamente se vio superado con la llegada de la segunda Guerra Mundial y la necesidad de mano de obra por parte del país del norte, lo que se expresó en el Programa brasero en 1942, que consistió en un acuerdo laboral temporal para campesinos mexicanos durante el periodo de posguerra; el fin de ese programa fue sustituido por el decreto de maquila iniciado en 1965.

Para el periodo maquilador, entre 1965 a 1982, predominó la nula integración con la economía local mexicana, contrario a lo que ocurría con sus plantas gemelas en Estados Unidos. Durante la crisis de la deuda de 1982 en México, sobrevino una dolorosa devaluación, inflación de tres dígitos y una deuda con Estados Unidos, lo cual fue parcialmente resuelto con el plan Brady de 1989 al renegociar la deuda. Durante la década de 1980, México abrió sus fronteras comerciales para importar bienes que la producción local ofrecía a precios exorbitantes, la incorporación de México al GATT en 1987 formalizó esa apertura permitiendo la entrada masiva de productos estadunidenses con arancel cero, tanto bienes finales como intermedios que permitían producir a un precio menor, mientras tanto, en Estados Unidos maduraba la industria informática por un lado, y por otro perdía competitividad frente a firmas japonesas y alemanas, principalmente. Una estrategia empleada para hacer frente a las enormes transnacionales de esos países fue el abaratar costos mediante el traslado parcial del proceso productivo de industrias estadunidenses a territorio mexicano, lo que a nuestro país le beneficiaba al mejorar los déficit de cuenta corriente y comercial, además de observar en ese fenómeno maquilador una fuente de empleos formales y de encadenamientos productivos, por lo que en 1989 se modificó la Ley de Inversión Extranjera Directa para promover la llegada de capitales al sector productivo. Esa relación se institucionalizó con la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) en 1994, lo que profundizó aún más la relación económica estructural entre ambos países; la entrada masiva de inversión extranjera directa se dirigió principalmente al sector manufacturero, en específico, a la industria maquiladora de exportación.

Posterior a la crisis de 1994-1995, el país se recuperó de forma casi inmediata al favorecerse de un tipo de cambio depreciado, estimulando en el corto plazo las exportaciones que desde entonces, y hasta la actualidad, se dirigen en 80 por ciento hacia los Estados Unidos, mientras que 47 por ciento de las importaciones provienen del vecino país. En la década de 1990 se profundizó el traslado de empresas estadunidenses, principalmente en el centro bajío y franja fronteriza norte, de armadoras automotrices, maquila electrónica e informática, posicionando a México de forma artificial en los rakings mundiales para esos capítulos arancelarios. El salario promedio de México es ocho veces menor que en Estados Unidos, lo que le ha permitido a las empresas estadunidenses mantenerse en competencia después de su declive industrial frente a otras naciones industrializadas. Desde entonces se utiliza con más frecuencia la frase “cuando a Estados Unidos le da gripe, a México le da neumonía”, ya que desde entonces el 77 por ciento del PIB mexicano lo causa el comercio exterior y el comercio exterior para México se llama Estados Unidos.

El boom de inversión que llegó al sector tecnológico del país del norte, en búsqueda de ganancia bajo el incentivo de la masificación informática, rebasó los dividendos que podía generar creando la llamada Crisis punto com en 2001, mientras que en México se revertían los efectos de ella con más inversión foránea, se consolidaba un sector automotriz competitivo que, bajo el TLCAN, existía la posibilidad de exportar al mercado más grande del mundo, lo que atrajo inversiones de todos lados con un crecimiento importante de empresas asiáticas que desde entonces han maquilado y exportado a los Estados Unidos automóviles, pantallas de televisión, computadoras, etcétera, desde México. La crisis financiera de 2009 no tuvo una vía de contagio financiera debido a un sistema financiero y bursátil mexicano poco desarrollado, si no, más bien por caída de las exportaciones producto de la baja demanda del vecino país, así como caída en las remesas, inversión extranjera directa y turismo.

La relación entre ambas economías no puede terminarse por decreto presidencial, es una relación estructural económica en donde ambas partes se han beneficiado, incluso, dicha relación ha sido favorable para las transnacionales estadunidenses que gracias al abaratamiento de costos ha podido mantenerse en el mercado, la utilización del acuerdo comercial por parte de empresas asiáticas ha presionado al gobierno de Estados Unidos a modificar las reglas de origen para disminuir el déficit comercial con esas naciones.

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