Los pasos sonaron en el enlosado fuertes y duros, en esa noche sin estrellas donde cualquier sombra se confundía con la espesa negrura, que como una alfombra forraba todas y cada una de las losetas que cubrían ambas direcciones del camino.

El hombre se detuvo un momento para contemplar el cielo sin estrellas ni Luna, tan semejante al resto que todo era indistinguible. El horizonte carecía de lugar cierto y hasta la propia mano enguantada en piel negra carecía de líneas que la guiaran.

El pensamiento también se negaba a salir de esa oscuridad confortable que ocultaba cualquier sufrimiento sobrevenido por el recuerdo. Sin embargo, el regomello de una idea incipiente y, en cierto modo, precipitada lo trastornaba.

Giró a mano derecha, en un recodo como los demás que había atravesado. En esta ocasión distinguió un brillo de neón que parpadeaba suciamente en una casa de enfrente. Era el lugar que le habían indicado unas horas antes.

Aceleró el paso, justo en el momento en que la lluvia inició su derrame en forma violenta. Apenas y le dio tiempo de guarecerse en los arcos que daban entrada a la casa.

Con tres golpes secos y un silbido breve, la contraseña, la puerta se abrió.

Una luz cegadora acompañó su entrada. La voz de una mujer le indicó que se quitara el abrigo. Las manos de ella lo recogieron y se lo llevaron. Escuchó los pasos suaves alejarse. Se inquietó un poco, no esperaba que lo recibieran de esa forma.

Unos metros más adelante, tropezó con un mueble y sintió un dolor agudo en la rodilla.

“Por aquí”, dijo la mujer. La siguió a través del breve murmullo que producía su vestido de noche. Todavía no podía distinguir más que una figura en sombras.

Varias voces desconocidas lo saludaron de forma amable pero fría. En contraste, el ambiente era extremadamente caluroso. Su vista ya había dejado la noche atrás y podía distinguir algunos rostros envueltos en el humo de los cigarros.

“Ya estamos todos”, dijo una voz al fondo de la sala. La mujer asintió con la cabeza, en un gesto breve y apenas perceptible. “Entonces, es hora de que les explique el motivo de esa reunión y por qué se les invitó a ustedes.”

El silencio era tan profundo que el suave aleteo de una mariposa se hubiera escuchado como un estruendo. Pero ninguna mariposa volaba entre aquellos individuos que se habían reunido allí para algo que aún no sabían.

“¿Y bien, tienen alguna pregunta?”, preguntó el hombre después de explicar extendidamente los motivos y el plan que llevarían a cabo al día siguiente, a eso de las 10 en punto de la mañana.

Nadie habló, se dio por entendido que todos estaban de acuerdo y que cada uno cumpliría con su misión a cabalidad. Salieron en orden, en intervalos de dos minutos por persona. Se debía a toda costa evitar cualquier tipo de sospecha.

Cuando le llegó el turno solo pensaba en su rodilla y la larga caminata en soledad que le esperaba hasta su casa. Un breve filo de Luna, como de boca sonriente entre las nubes, fue lo último que pudo ver. Los pasos de la mujer se alejaron rápidamente. El hombre caído sonreía estúpidamente.

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