En los últimos años, y muy en especial durante los meses recientes, hemos sido testigos de un levantamiento de protesta y rebelión en todo el mundo. Ante esta circunstancia, es una responsabilidad urgente el que nos detengamos a repensar las circunstancias, entender y discutir el espíritu de la época.

Lo evidente es que poco a poco cada territorio va despertando su reclamo. Los puntos de partida en apariencia son distintos para cada movilización: el alza al precio del transporte, la subida en el régimen tributario, la disminución del salario, gasolina, educación, vivienda, salud, los procesos de marginación y el costo de la vida.

Sin embargo, es notable la manera en que con cada amanecer de la resistencia global se van aclarando los sentimientos comunes de un proyecto nuevo. Si bien las causas son diversas entre Cataluña, Chile, Líbano y México, quiero decir, que aunque no podamos explicar lo que sucede en Grecia a partir del contexto ecuatoriano, la realidad es que podemos comprender que esta tormenta comparte en el fondo un ímpetu común reconocible.

Un movimiento no resuelve nada si lo que deja después de la revuelta no tiene como fin la permanencia, lo que prevalece por encima de los límites artificiales de la nación, el individuo o la perspectiva ideológica. Es ahí donde podemos afirmar que la que acontece en la actualidad, es una rebelión auténtica –en el sentido freiriano– sin lugar a dudas. Es en el grado trascendental de su solidaridad donde hallamos la legitimidad necesaria, por fin, para decir que hay causa suprema. Se ha aclarado el horizonte de una nueva lucha.

Siempre están los que se oponen al cambio, los que hacen hasta lo humanamente inimaginable para sostener la estabilidad de sus beneficios bursátiles, el equilibrio del crecimiento de sus inversiones, los que preferirán callar y ceder, los que optarán por rendirse ante lo mínimo conseguido. Estos fines son, como se ve, perecederos: un salario, bienes materiales, consumo.

En contracorriente, casi por un azar forzado hacia el destino necesario, millones de personas se han hermanado en torno a lo fundamental: a contravenir lo inaceptable, a cerrarle el paso a la crueldad. Estos fines permanecen, pues atañen a lo que se queda después, incluso, de la propia vida. Una postura así no quiere un somero emplazamiento, sino la sonrisa de sus muertos, el respirar en paz de sus nacidos.

No hay estadística ni dato que sepa contravenir esta consigna. No hay definición de pobreza en el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval) que contemple lo duro de resistir el hambre, el dolor de los queridos, el encierro y la muerte de los inocentes, la falsa libertad de los impunes. Ni una veintena de informes de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO, por sus siglas en inglés) podrán describir la pesadumbre que estalla en la consigna estudiantil, el horror de haber venido al mundo a mirar tan solo la imposibilidad, el tiempo cancelado, el futuro prohibido para todo aquel que no ha sido ungido por las mieles del mérito.

La revolución ha comenzado, no hay quién la detenga. Ningún argumento podrá conciliar la pugna. Solo el cambio radical dará victoria.

Ahora bien, se ha visto a lo largo de los siglos que, en momentos como este, cada quien va descubriendo su posición y sus funciones. Los intelectuales, por ejemplo, el cognitariado o el intelecto general, ya no podrá guardar silencio: su repliegue será entendido como complicidad. El estudiante tendrá que reconocer su impotencia, la academia tendrá que ceder sus sínodos al beneficio común y contra-usurparlos del interés y el hermetismo. Asimismo la cultura, el arte y la creación deberán encontrar entre el conjunto de su producción, aquellas obras que se sumen al proceso reivindicatorio de la historia: es hora de mirar hacia la crítica, el comentario y la confrontación del trabajo personal.

La apreciación de la realidad, aun cuando se justifique lapidariamente por los tercos como “subjetiva”, no deja de tener consecuencias objetivas en el devenir material de la historia. No hay acción inconsecuente. La neutralidad también es una postura.

Por eso, la expresión de protesta que ha surgido como la flor en el asfalto es la más propia de nuestro tiempo, es la voz de una circunstancia real, objetiva. Esta revolución no es el preámbulo, es ya por sí misma la estrategia: la suma solidaridad.

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