La ruptura con la presidencia imperial

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Arturo Moreno Baños

El actual gobierno de la cuarta transformación predica reiteradas veces que en esta administración la sociedad mexicana tendrá un cambio sustancioso e irreversible; es cierto, cada uno de los pasos dados por el jefe del Ejecutivo Andrés Manuel López Obrador son sistemáticos, premeditados e incluso podría decirse maquiavélicos y todos con un fin de pasar a la historia como uno de los gobiernos que legará una huella indeleble a México.

Analizando a sus antecesores en la presidencia, López Obrador pareciera que sigue un guion que no es nuevo y por el contrario conocido. Analicemos el sexenio peculiar de Adolfo Ruiz Cortines y encontremos las diferencias con el actual gobierno, si es que las hay.

Con los amigos –y tenía muchos y buenos, sobre todo entre sus compañeros de dominó en su natal Veracruz– Ruiz Cortines fue implacable. Después de tomar protesta como el presidente de México para el periodo 1952-1958 siguió practicando con ellos su juego favorito, pero les negó puestos, dinero y prebendas, y llegando el caso les infligió verdaderos sacrificios. A uno de sus más cercanos, su consejero José Rodríguez Clavería, le pidió que para trabajar en el gobierno vendiera las acciones que poseía en varias empresas. A otro viejo compañero que se le acercaba en un acto público, le leyó las intenciones y abriéndole los brazos le dijo en voz alta: “No te imaginas la necesidad que tenía de un saludo desinteresado. Todos vienen a pedirme algo”.

Al día siguiente de anunciar su gabinete publicó la lista completa y detallada de sus bienes patrimoniales: una casa en la Ciudad de México, un rancho en copropiedad con un amigo en Veracruz, unos ahorros modestos, un Lincoln 1948, el coche de su mujer y su mobiliario. El valor total era de 34 mil dólares. Acto seguido, exigió que todos los 250 mil empleados públicos hicieran lo propio, con la clara advertencia de que esas declaraciones patrimoniales se verificarían de inmediato y al finalizar el sexenio.

Cuando la Secretaría de Hacienda le envió un cheque de 4 mil dólares para sus “gastos especiales”, Ruiz Cortines lo regresó argumentando que con su sueldo le bastaba. A principios de 1953 los concesionarios de automóviles quisieron seguir la costumbre de regalar al presidente un auto último modelo, pero Ruiz Cortines declinó la oferta. Su esposa, María Izaguirre tenía un ascendiente enorme sobre él, pero no al grado de persuadirlo para que le permitiera conservar los 300 regalos que llegaron a su casa en el día de su cumpleaños: “La primera dama debe conformarse con los obsequios que provienen de los antiguos amigos, ni uno más”.

Había algo teatral en ese despliegue de honestidad. ¿Cuándo se había visto, por ejemplo, que un policía de tránsito parara al chofer del presidente por dar una vuelta en U prohibida? Nunca, pero más allá de su calculada excentricidad, esos actos enviaban un mensaje claro a los burócratas y a la ciudadanía: Adolfo Ruiz Cortines era el presidente y no toleraría la deshonestidad ni el despilfarro.

Cuando tomó posesión del cargo aquel primero de diciembre de 1952, día en que cada seis años se verifica el cambio de poderes, la perenne sonrisa de Miguel Alemán desapareció de su rostro. Era costumbre que el presidente entrante recibiera del saliente la banda presidencial, tomara la protesta de rigor y pronunciara su discurso inaugural. En el caso de Obregón a Calles, de Cárdenas a Ávila Camacho, de Ávila Camacho a Miguel Alemán la ceremonia había tenido un carácter cordial, el presidente entrante alababa al saliente y delineaba su programa de gobierno.

Pero esta vez el nuevo presidente se salió del libreto: una vez puesta la banda presidencial, pronunció un discurso que por su tono era ya una corrección del triunfalismo alemanista, pero cuya conclusión no dejó lugar a dudas. Señalando repetida y admonitoriamente a Miguel Alemán con el dedo, empleó palabras graves: “No permitiré que se quebranten los principios revolucionarios ni las leyes que nos rigen… seré inflexible con los servidores públicos que se aparten de la honradez y de la decencia”. Algunos testimonios coinciden en que Miguel Alemán “odió” desde ese momento “al viejo”. El primer hombre que había fallado en términos morales era el expresidente Miguel Alemán Valdés.

Actualmente, López Obrador no solo señala con el dedo a su antecesor, también pide, incluso más que proponer, exige reiteradamente un juicio no solo a quien le antecedió en el mandato de la República mexicana sino a todos los expresidentes desde Carlos Salinas de Gortari hasta Enrique Peña Nieto –dejando a un lado al casi 100 añero Luis Echeverría Álvarez por razones más que obvias– un juicio que, de llevarse a cabo, será un hito en la historia de México ¿lo logrará?, ¿Tú lo crees?… esperemos que sí, sin duda sería inédito y esperado por años.

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