Unas de las grandes herramientas del neoliberalismo en las últimas décadas han sido la cultura y el arte, instrumentos predilectos en la construcción de imaginarios sociales que justifiquen el ejercicio del poder: quien controla el imaginario manipula, domina y somete a las grandes masas, a los grandes públicos. De aquí, que la proliferación de la sociedad del espectáculo haya sido tan eficiente, la versión moderna del circo para el pueblo, “estamos trabajando”, “estamos comprometidos con la cultura”.

Sin embargo, este modo de hacer arte y cultura no es más que el resultado de políticas alienantes, discriminatorias y de un gran conocimiento sobre la función social del arte y su capacidad de transformación. Así, es que las rutas de la política cultural en México en el actual gobierno, entre otras cosas vayan encaminadas a un seudo reconocimiento de la herencia histórica y ancestral de una diversidad cultural que solo se reconoce en el indígena muerto y se acepta en el indígena objeto (“nuestros indígenas”) y no como sujeto de derecho. También, el reconocimiento como entes abstractos al artista y el trabajador de la cultura, fundamentales en el pilar de la cultura como poder transformador, pero reconocidos solo desde el sometimiento a la política cultural emanada como mandato divino desde las cortes del poder. Artistas pertenecientes a una minúscula élite son señalados con privilegios neoliberales, pero artistas, artesanos y trabajadores de la cultura con largas trayectorias, que representan la inmensa mayoría en México; que forman parte del sustento cultural; que son representantes a nivel internacional; que son base fundamental de los engranajes de esta sociedad, son minimizados a niveles tales que para la Secretaría de Cultura prácticamente no existen, ni los ven ni los oyen.

Crear en estas condiciones es una hazaña para el general de los artistas que, por un lado, enfrentan a un capitalismo salvaje con sus propias rutas de lo que es artística y políticamente correcto y que todo lo destruye para convertirlo en dinero. Y por otro, tiene que someterse a la ignorancia y la soberbia que se ejerce desde las instituciones del gobierno mexicano si quiere participar de los procesos de transformación y poder ejercer y probar al menos un piñón de los derechos que tiene. Porque el gobierno de la cuarta transformación, también el ejercicio de los derechos culturales los administra a cuenta gotas, un gobierno ignorante que no entiende que tiene que ser garante de los mismos y viola a estas alturas los derechos humanos de toda una comunidad artística y cultural.

Y desde ese camino el gobierno maneja su propio circo con la política cultural, su marioneta perfecta desde la Secretaría de Cultura a la que le tienen que mover los hilos para que reaccione: no piensa, no razona, no escucha, no ve, no oye y cuando habla miente. Miente y se inventa una realidad alterna, la versión mexicana de Pinocho. Tremendos comunicados para simular que hacen su trabajo, manipulación de información, plagios ideológicos, de propuestas, de discursos y hasta de imágenes, como aquellas de Rini Templeton en el Libro rosa de cultura y donde nunca se le dieron los créditos correspondientes. Una marioneta a la que cada día le crece más la nariz y se le agotan los recursos.

Y encima, quienes reclamen u opinen diferente: a la hoguera por herejes “conservadores”, “reaccionarios”, “fifís”, “golpistas”; La inquisición en pleno. Surrealismo puro, Pinocho mexicano marca la pauta en esta versión neoliberal de la nueva inquisición en materia cultural, incluso desconociendo a sus propios interlocutores. Y frente a una sociedad que en medio de una pandemia y sin poder salir de casa se tiene que someter mayoritariamente a los materiales que le entrega Pinocho donde campañas como “Resistiré”, importadas de occidente, se vuelven parte de la estrategia que va directa al indiscutiblemente generoso corazón de los mexicanos. Y en el contexto de la realidad, pese a las movilizaciones, donde artistas, artesanos y trabajadores de la cultura están comenzando a morir por hambre, por no tener recurso para medicamentos y por no tener que comer.

Así, la mentira y las prácticas inquisitorias se suman al largo historial de la Secretaría de Cultura cuya titular, lejos de ser una secretaria de estado mayoritariamente se comporta como una marioneta cuyos recursos son la mentira, la demagogia y la inopia como herramientas ante la carencia de argumentos.

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