Kobda Rocha**

“Porque nunca deberé olvidar a mis vecinas, sobre todo a las de al lado” Cuando llegamos aquí fue como un sueño hecho realidad, ese barrio era de ricos, de gente elegante, de gente decente. Si no hubiera sido por los vecinos de enfrente, que también se acababan de mudar para acá, nosotros seríamos como la familia pobre con buena suerte; pero como a ellos también les había pasado lo mismo, entonces todas las personas decían que era porque la economía nacional estaba mejorando.

Yo tenía casi 12 años y medio cuando mi papá compró esa casa. Recuerdo que los vecinos de enfrente tenían una hija de la misma edad que yo, pero nunca la conocí porque íbamos a escuelas diferentes y, una vez de vuelta en casa, mi mamá nunca me dejaba salir a jugar a la calle –tal vez pensaba que aquí también se robaban a los niños, igual que donde vivíamos antes–. Aunque, ahora que lo pienso bien, creo que la mamá de la niña de enfrente tampoco la dejaba salir a jugar.

Lo único que recuerdo es que tenía la misma mochila que yo: una mochila rosa de My Little Pony. Y a veces la veía jugando al voleibol con su mamá; a mí también me gustaba jugar al voleibol con mi mamá aunque casi nunca lo hacíamos porque ella se la pasaba preocupándose por la comida del diario.

En fin, luego hice amigos y tuve novio, terminé la escuela y me casé con Luis; nos fuimos a rentar por un tiempo hasta que nació Lalo, mi segundo hijo. Tratamos de sobrevivir con lo poco que teníamos, pero era casi imposible, no podíamos pagar la renta, apenas si comíamos y, para acabarla, con la rubeola de Beto, mi hijo el mayor, no soportamos más y tuvimos que venirnos a vivir con mis papás.

Al principio, yo estaba feliz de haber regresado a esa colonia de ricos; mis hijos, por fin, podrían tener un buen lugar para crecer y una buena escuela con buenos maestros. Todo iba bien, muy bien, pero, poco a poco el terror comenzó.

Todo empezó cuando la niña de enfrente se vino a vivir con sus papás otra vez, ya no era una niña, ahora estaba casada y tenía dos hijos más o menos de la misma edad que los míos. Yo sí dejaba que mis hijos salieran a jugar a la calle y, de hecho, se hicieron muy amigos de los niños de enfrente. Eso estaba bien, después de todo eran nuestros vecinos y, aunque nunca conocí a su mamá, sabía que eran una familia decente porque sus papás habían vivido en esa colonia desde niños –igual que nosotros– y tal vez por eso la señora de enfrente dejaba que sus hijos jugaran con los míos.

Un día, Luis compró un Chevy azul muy bonito. Íbamos a todos lados: al cine, al parque, al circo, al teatro, a la feria. Nunca habíamos salido a divertirnos tanto. Aunque llevábamos tortas y agua para no gastar tanto, por fin pudimos conocer el castillo de Chapultepec, el teatro Blanquita, el circo Hermanos Vázquez, Six Flags, Coyoacán, y un montón de lugares más.

A las dos semanas, los vecinos de enfrente también se compraron un carro, un vocho verde. No es que esté mal, de hecho, sentíamos que nuestra buena suerte se les había contagiado y ahora ellos también querían sentir la misma alegría. Eso era estupendo. El problema es que, cada vez, ellos iban a los mismos lugares que nosotros y hacían las mismas cosas que nosotros. Nunca los encontrábamos en los lugares a los que íbamos, jamás coincidimos, pero siempre salían a la misma hora que nosotros con el mismo tipo de ropa que nosotros –así sabíamos que también irían a algún balneario o al Nevado de Toluca o al desierto de Los Leones (que aunque no es un desierto, todos nos dejamos engañar por el nombre y nos llevamos ropa muy fresca) o a alguno de esos museos elegantes– y siempre regresaban a la misma hora que nosotros con las mismas cosas: recuerditos, juguetes, el muñeco de nieve semiderretido en el toldo del carro, envuelta en papel aluminio la comida que no se acabaron los niños, y demás pruebas de que habían ido a los mismos lugares que nosotros a hacer las mismas cosas que nosotros.

Fue así por años: mi papá murió y el padre de la señora de enfrente también murió; cuando mi mamá se enfermó y la llevamos a un asilo, la madre de la vecina también se enfermó y también la metieron en un asilo; después, me embaracé por tercera vez y la señora de enfrente también se embarazó –y lo peor es que yo tuve una niña y ella también–; a sus hijos les daban las mismas enfermedades que a los míos; cuando compramos un perro, ella también compró un perro, incluso me di cuenta que su cumpleaños es el mismo día que el mío porque una vez nuestros maridos nos trajeron serenata el mismo día.

Hace un mes, cuando salí de mi casa para ir por el mandado, su maldito perro me mordió el tobillo. Tuve que ir al doctor y ya no hice de comer ese día, de regreso, nada más compré un pollo rostizado, un kilo de tortillas y una lata de chiles para acompañar. No podía ni caminar, el zapato me lastimaba, me dolía al pisar. En la noche, después de regar mis plantas, me asomé por la ventana y vi a la vieja desgraciada haciéndome burla; estaba, según, regando las plantas de su jardín e iba cojeando como si hubiera sido a ella a la que mordieron. Pero solo se estaba burlando de mí, eso lo sé bien.

Ella me odia, y sé que me odia porque yo la odio.

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. por copiona, por ladrona. Se ha robado mi vida porque yo sí soy feliz y ella quiere arrebatarme eso.

¿Qué podía hacer yo para vengarme? Ese maldito perro siempre estaba amarrado en la azotea; si lo apedreaba, podría fallar y romperle una ventana, y entonces sí tendríamos problemas serios. Decidí, pues, hacer lo más lógico: maté a mi perro. Así, ella mataría al suyo y mi venganza estaría consumada.

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) y así fue, al otro día enterraron a su perro. Ella lloró y lloró; lo quería muchísimo, ni los niños lo querían tanto.

Verla así, triste y desolada, me llenó de una satisfacción inigualable. Arruinar su vida se convirtió en el sentido de la mía. Desde entonces, dejé de lavar los trastes, de limpiar, de barrer, de lavar el baño; dejé que todo se ensuciara, que se agregaran ratas en el patio y cucarachas en la cocina; dejé de hacer la comida, que mis hijos y mi esposo se murieran de hambre, ¡qué me importaba a mí! Lo único importante es ver su casa puerca llena de bichos y animalejos, lo único que quiero es ver cómo se ahoga en su propia miseria.

Ayer, Luis me pidió el divorcio. Dijo que no podía seguir viviendo con una mujer que no se interesa por la salud de su familia; dijo que hoy se llevará a los niños muy lejos de aquí, que él ya verá cómo le hace para pagar la renta; dijo que hoy, al salir del trabajo, vendrá por los niños para llevárselos y nunca regresar.

Ahora me doy cuenta que eché a perder mi vida tratando de echar a perder la de mi vecina. Me quedaré sin marido, me quedaré sin familia, no volveré a ver a mis hijos después de hoy. No me queda nada más que la miseria de esa señora. Lo malo es que todo me pasa a mí, lo bueno es que también le pasa a ella.

Mejor disfruto el último día que tengo con mis hijos, el último día para abrazarlos y decirles que los quiero mucho, más que a nada en el mundo. Y, ya que de todos modos es el último día que voy a estar con ellos, aprovecharé para ver cómo la señora de enfrente asesina a sus propios hijos.

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