Cuando los rayos del Sol iban engrandeciéndose como diarios actores para entrar en escena en la villa del mineral de argento de Pachuca, las luces se concentraban sobre protagonistas de la función matutina haciendo irrupción y desparramándose por toda la añeja población, animando aquella calma el repiqueteo de castañas, barricas y cubos sobre destartaladas plataformas, carromatos de maderas jalados por percha de burros lentos pesados y pausados con un andar desesperante, “como litigio de testamentaria”. Todo listo para recibir “como Dios manda” la carga, el viaje, que está llegando desde los llanos una vez más, habiendo pasado obligatoriamente en las garitas de impuestos de los pulques.
Los olores de las muchas pulcatas inundan al amanecer esos templos tenebrosos, mazmorras de opresión, de embriagues, del embrutecimiento, la ignorancia y el fanatismo, el alba que en todas partes ríe entra ahí avergonzada y desnuda, como si se arrancaran del mal las pasiones encubridoras de las sombras. La luz que todo lo transforma embellece las ornamentadas fachadas que presumían estos embriagadores de finales del siglo XIX y primeros años del siglo XX, que irónicas trasmiten distinción, dignidad en sus artísticas portadas, completadas con la veleidad de sus perspicaces denominaciones propias, provistas de muchos sentidos.
A esa hora, desemboca por la antigua villa del mineral un acuadrilla de azogados tenebrosos, temblorosos, mugrosos y vacilantes, rodeada de hambrientos perros, moscas y pulgas, hombres haraposos mal cubiertos por desgarradas vestimentas, provistos de pequeños jarros despostillados y mal olientes, jícaras con heces de pulque; residuos de resientes libaciones. De pies descalzos, lodosos, cuarteados, cuajados de callos, enormes curvas y gruesas uñas, desgreñados enmarañados, que llevan en la faz prieta y moquienta huellas de sojuzgadas vidas. Amigos, parientes y curiosos los rodean, siguiendo al miserable grupo el animal que camina al lado lleno de roñas con la lengua de fuera, la cabeza caída y el rabo entre las trastabillantes patas, deambulan divagando en el último grado del embrutecimiento, embriagados sin dar tiempo al efecto de la cruda resaca, con los brazos abatidos como “autómatas de carpa”, lo mismo que el mentón y la cabeza sobre el pecho, como si el manejador, el titiritero, dejara caer los hilos guía. Papujados de enormes costras de chinguiñas, color bermellón en las narices y mejillas por la continua ingesta de apestoso y baboso líquido, en estado de beodez y postramiento que a fuerza de sufrir se es completamente indiferente.
Así lo refirió la viejilla en esta villa que es uno de los cuatro reales mineros, repitió que para terminar el siglo XIX y en los primeros años del XX, existieron más “mucho más” pulcatas, empulcaderos, emborrachadores y maneras de ventas del baboso producto que “escuelas de enseñanza de las primeras letras”, acusaba la abuela “¡no querían aprender a leer!, tomaban pulque, echaban cohetes y prendían ceras”, inspirada en lo dicho por el presidente Juárez “el pueblo necesita una religión para obligarlo a leer, en vez de acostumbrarlo a tronar cohetes y gastar sus dineros en cirios y borracheras de pulque”.
Las abundantes pulcatas que ilustran la corte y el sequito de las minas y de la vieja población, yacen en el olvido, incluso sus añejas gráficas, imágenes, grabados y fotografías casi desveladas. Sí, perdura el recuerdo de aquellas en el apacible y bucólico camino real empedrado, apelotonado de charcos, con vías de tren que iniciaban en la estación del ferrocarril Hidalgo, actual plaza Juárez, sobre las que circulaban vehículos cargados de cal y sal frente a las pulquerías La Gatita Blanca, La Serpentina, El Polo Norte y muchas otras perdidas, llegando a la plazuela El Topacio donde iniciaba la cuesta por el añejo camino a los reales mineros de Cerezo y Atotonilco el Chico; calleja de Galeana, juego y regocijo de los chamacos; arriesgando el pellejo se trepaban “de mosca a las tolvas” en movimiento para lanzar la cal en piedra, que pasaban por las haciendas de beneficio El Porvenir, El Progreso, terminando la descarga en Loreto y mina de San Juan.
“Esas del camino real eran de prestigio un puro gozo como para alabar a Dios” de la elite de barreteros, perforistas, malacateros, labradores y borrachos, con lenguajes decorativos en las fachadas de los que la anciana remachaba “son del historicismo de finales del siglo XIX y primeros 15 años del siglo XX en el gran desenvolvimiento del ecléctico, aquí las pinturas de las guaridas de los pulques se veían como cosa de artistas como tapices de hacienda en lenguaje popular de influencia de deliciosos y seductores arabescos”, con finas bandas de varios colores que se entrecruzaban para formar singulares dibujos significando un arte popular, labrador, pulquero vernáculo. Se grabó “La Serpentina” en maravillosas letras decoradas como de piel de serpiente, concurrida en el viejo camino real a México, calle Guerrero, esquina con Doria en contraesquina lugar de la droguería y farmacia El Fénix y quizá una de las primeras ópticas de la villa “asegún ella”.
El cascabel al gato, se lamenta. ¿Por cuántos años seguiremos siendo uno de los cuatro estados más atrasados, corruptos y miserables del país? ¡Ah pero eso sí!, con megacampanas, espectáculos, carpas, megaXantolo que va por récor Guinness con la ofrenda más grande del mundo pero de elementos ignorantes de costumbres y de la historia. Sumemos al muy llevado y traído fiscal anticorrupción, que pretende dar clases de moral y buenas costumbres en enseñanza de las primeras letras, cuando su función es investigar y demostrar la evidente corrupción, prioritariamente del dueto tormenta; Pacorro y Chelelo.

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