Después de una de las dos elecciones más impugnadas de la historia de México, a unas horas de que Manuel Bartlett había tirado el sistema electoral para consumar la villanía política, Carlos Salinas de Gortari, el elegido, estaba devastado.
Sentía que enormes franjas de la población no lo aceptaban, posiblemente por su aspecto de perinatal prematuro, por su bien ganada fama de recortador del gasto familiar y desmantelador del Estado, o por sus afanes declarados de un antinacionalismo “modernista”, concepción a la que estorbaba el Estado de bienestar.
A las pocas horas de ser declarado apresuradamente triunfador por su tío Jorge de la Vega Domínguez, a la sazón al frente del PRI, expresó aquellas palabras de dolor moral: “se acabó la época del partido único”, dijo. Lo único cierto es que México llegaba a la inmunidad por la vía de los hechos. Veamos.
Con la ayuda incondicional del PAN –y de los partidos satélites del PRI: PPS, PARM y el de Aguilar Talamantes que es donde primero mamaron los Chuchos que se habían “amarrado” esporádicamente con el PFCRN (Cuauhtémoc Cárdenas)– Salinas ejerció un poder más cerrado, más absoluto, más omnímodo, gracias a que hizo cómplices a todos en el océano de la corrupción.
Nadie conocido se salvó de bañarse en aquellas aguas. Fueran de izquierda, derecha, centro o de la cuarta vía, todos quedaron impedidos de tocar a Salinas con el roce de una flor, porque todos habían estado en la repartacha. Hasta la fecha, hablar de Salinas es un tabú, por este “pequeño” detalle. Quema muchas lenguas. Tapa muchos oídos. Y, ya sabe usted, hasta las paredes oyen.
Una solución inteligente, que pasó a formar parte de los anales mexicanos, atribuida al superasesor Joseph Marie Córdoba, una especie de poder inanimado, pero presente siempre, en tooodas las decisiones de gobierno y de Estado.
Políticos, comunicadores, líderes de opinión, achichicles, topiles, nacionalistas, entreguistas, maestros, mensajeros, investigadores, catedráticos universitarios, dirigentes civiles, vacas sagradas, líderes obreros y campesinos, gobernadores y sus cohortes, vaya, hasta comentaristas de la prensa rosada, fueron tocados por las “buenas” artes del rey Midas.
El asunto es que ejerció el poder con más desparpajo, más maletas en efectivo y más disfrute que un sultán. Todos y todas quienes se dedican a la política, tuvieron que ver con los asuntos de palacio. Por eso, aunque es criticado sotto voce, nadie se atreve a hablar mal del peloncito en público.

Nos lo “vendieron”
como inteligente, pero…

Su fama de hombre inteligente era demasiado cuestionada por sus viejos amigos que andaban en el pandero. Todos recordaban que, cuando fue “asesor” de su hermano mayor, Raúl, en una pequeña oficina de caminos alimentadores de la SCOP, éste no lo dejaba acercarse ni a la fotocopiadora, para que no echara a perder algún documento.
Raúl, el mayor, el que se llamaba igual que su poderoso padre, siempre fue el hombre bragado, el sostén en las épocas difíciles de los hermanos. Pero cometió el error de estudiar ingeniería y así no podía ser presidente, el sueño dorado del padre.
Perdió el mayorazgo, los carros deportivos ingleses, el apoyo político del papá y, con el tiempo, hasta llegó a ser pieza de canje, con libertad personal de por medio, para salvar la honorabilidad y el trayecto histórico de Carlos, el economista, el hermano menor, el que se había plegado al deseo dinástico del viejo.
De su paso por el doctorado de Harvard, existen varias leyendas, una de las cuales atribuye el texto de la tesis a una mancuerna entre el tutor académico John Womack y el amanuense local, Manuel Camacho, con el tiempo ascendido a los altares de la salvación nacional… y el sacrificio.
Aunque es de justicia reconocer que Salinas nunca pensó en dejar a Camacho como sucesor. Al contrario, le puso la solución económica a la mano con el megaproyecto Santa Fe, pero cuentan que, por su mojigatería, prohibió a los inversionistas “tratar” con sus subalternos, y lo hizo delante de ellos, cuestión de falta de malicia.
Y simplemente, le dieron la vuelta y lo dejaron solito chiflando en la loma, sin obediencia ni estipendios, ni moches salvíficos para épocas de banca. Siempre se entendieron los inversionista$ con Ebrard, con Juan Enríquez, Rubio, Salcedo ¡y hasta con el perico!
Del trágico suceso de la calle de Petén 419, en la capitalina colonia Narvarte –donde murió la sirvienta de la familia–, resultaron dos beneficiados: María de los Ángeles Moreno Uriegas, hija del psiquiatra que atendió a los niños por recomendación del Tribunal de Menores, y Fernando Gutiérrez Barrios, la escolta designada para trasladar al tratamiento a los infantes.

Recibió la protección de
los “halcones” republicanos

Involuntariamente, Carlos Salinas de Gortari fue el gran favorecido de la caracterología de un país donde no se lee, lo que se lee no se entiende, lo que se entiende se escucha poco y, para colmo, no se sabe escuchar, según una encuesta de reciente publicación. ¡El 85 por ciento en esa condición!
En consecuencia, aunque nos duela reconocerlo, éramos, creo que hasta antes de la llegada de las fabulosas redes sociales, un país sordo, mudo y autista. Por efecto de la pantalla masiva, nos hemos colectivizado e involucrado más, por la cantidad de tiempo que duran impresos los mensajes.

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