La emperatriz Carlota volvió a ser una princesa. Después de que su marido, Maximiliano, fuera fusilado en el Cerro de las Campanas, en Querétaro, y pese a todos sus intentos porque se le perdonara la muerte, ella, la consentida –la enamorada– se convirtió en una paria de las monarquías europeas y pasó 60 años de locura.

Lejos ya aquellos días de que en México, compañera de ilusiones del emperador, gozara de reverencias. Su destino en tramo tan largo y cruel se ensombreció.

Gustavo Vázquez Lozano es autor de 60 años de soledad, con una mujer nunca olvidada pese a los tiempos de gloria y prosperidad.

El creador de esa obra nació en Aguascalientes, en 1969. Traductor y maestro de escritura creativa.

Parte de su legado ha sido traducido al inglés, portugués y ucraniano. Ha publicado más de 30 textos, especialmente de género biográfico e histórico. Destacan, entre esos, Pancho Villa, Maximiliano de Habsburgo y el Escuadrón 201.

Laureado, su novela La estrella del sur fue incluida como lectura para los estudiantes de español en la Universidad de Moscú. Ahora trabaja en una obra sobre la historia del rock en México.

Que se conozca, 60 años de soledad es el primer texto que se concentra en las seis décadas que Carlota de Sajonia-Coburgo-Gotha vivió después de que se derrumbara el imperio mexicano. El compendio ofrece un estudio lúcido de uno de los personajes más apasionantes en la historia del país.

Aquí hablan los diarios de los médicos de Carlota, los papeles de Adrien Goffinet (administrador de sus bienes), testigos de aquellos años, archivos reales, las cartas de su servidumbre, bitácoras de viajeros y la prensa europea de la época.

Paso a paso, se revela cómo la “princesa más triste del mundo” terminó convertida en un peón. Y cómo, de las ruinas del México de Maximiliano, surgió el imperio privado del rey belga Leopoldo II en el Congo.

El libro se divide en tres capítulos: “La historia de la historia”, “En los tronos del mundo” y “Sesenta años de soledad”.

El epílogo se titula “Un sepulcro de honor” y cita que a la muerte de la antaño emperatriz todos se habían ido, incluido el régimen liberal mexicano que había convertido a Juárez en ídolo.

El diario The New York Times publicó el 2 de enero de 1927 que la riqueza de Carlota se estimaba entre 60 y 100 millones de francos, cifra que de inmediato desmintió Goffinet, quien dijo que lo más que ella había llegado a tener eran 10 millones y que la princesa había perdido sus inversiones en Alemania y el imperio ruso.

Cita el mismo epílogo que Maximiliano y Carlota iniciaron la costumbre, entonces inexistente, de las giras “presidenciales” al interior del país para escuchar, no para sojuzgar a un Estado rebelde o planear un nuevo pronunciamiento.

Las primeras damas de México tardarían años en ser protagonistas en la política social de su país. La esposa de Porfirio Díaz, Carmen Romero Rubio, auspició algunas obras de caridad.

Y sigue el apunte. No sería sino hasta la presidencia de Adolfo López Mateos, a principios de 1960, cuando su esposa Eva Sámano fundó el Instituto Nacional de Protección a la Infancia. El prototipo ideal de la primera dama quedó establecido en la siguiente década con la señora María Esther Zuno.

Tras enfermarse de congestión pulmonar, la princesa Carlota entró en tres días de pesarosa agonía. A las siete de la mañana del 19 de enero de 1927 dio su último aliento. A su lado estaban sus familiares.

“Todo esto ya terminó y no habrá éxito”, fueron sus últimas palabras. Tenía 87 años.

El féretro fue arropado para llevarla a su lugar de entierro, la iglesia de Notre Dame.

El ataúd estaba cubierto por dos banderas: una de Bélgica y una de México.

De Editorial Grijalbo, la primera edición fue lanzada en julio de este año.

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