Leo la editorial de La Jornada cuyo encabezado advierte: “¡YA BASTA!”, así con puras mayúsculas, como sin con ellas fuera posible llamar la atención de los lectores, ¿de las autoridades?, de la sociedad en general. Como si de esa manera fuera posible llevar a otro nivel de urgencia lo que pasa en nuestro país con la impunidad y con la violencia contra los periodistas, contra la sociedad, contra quienes, como dice el texto publicado ayer, no podemos pagar seguridad privada o disponer de escoltas facilitados por la administración pública.
¿Qué más podemos hacer quienes nos dedicamos a informar a través de los medios de comunicación? Una querida colega, Elsa Ángeles, me escribió el pasado 23 de marzo para compartirme un desplegado firmado por la Red Nacional de Periodistas, Comunicación e Información de la Mujer (CIMAC) y la Red Nacional de Periodistas con Visión de Género cuyo encabezado era, como el “¡YA BASTA!”, contundente: “NI UNA PERIODISTA MÁS”.
Del desplegado rescato algunas de sus consignas más urgentes: que la Fiscalía Especial para la Atención de Delitos cometidos contra la Libertad de Expresión (FEADLE) atraiga el caso; que el gobernador de Chihuahua cumpla con la alerta temprana de personas defensoras de derechos humanos y periodistas aplicándola de forma diferenciada y efectiva, y el llamado a que las autoridades federales y estatales den respuesta contundente para resarcir el daño causado de acuerdo con las recomendaciones emitidas por la Relatoría Especial para la Libertad de Expresión de la Organización de Estados Americanos en su informe publicado en 2014 y que, entre otras, recomienda realizar investigaciones diligentes, imparciales y efectivas sobre los asesinatos y agresiones.
La editorial de La Jornada, por otra parte, advierte que el gremio periodístico está cada vez más desprotegido frente a los criminales, por la impunidad que rodea a casos como el del asesinato de Miroslava Breach y que es un fuerte aliciente para no informar.
La autocensura es cada vez más practicada, precisamente porque informar a veces cuesta la vida. ¿Vale la pena perder la vida por publicar, por informar? Me tocó escuchar el relato sobrecogedor del periodista Jesús Lemus durante una presentación de su libro Los Malditos. Crónica negra desde Puente Grande, en el cual narra el infierno que padeció durante 36 meses cuando estuvo preso bajo puros argumentos falaces que casi le destruyen la vida.
El periodista respondió que no hay investigación que valga más que la vida. Lo dice alguien que estuvo secuestrado en un centro ilegal de detención en Guanajuato y que tras una semana de tortura apareció ante las cámaras de TV, en una franca violación a su derecho al debido proceso, como un supuesto jefe de la Familia michoacana.
Entonces, ¿qué hacer, dejar de informar? En México literalmente estamos frente a una peligrosa coyuntura, en un punto límite. Tres periodistas asesinados en un mes es una pésima señal (123 desde el 2000, según la Comisión Nacional de Derechos Humanos), una siniestra advertencia para quien se dedica a informar temas que interesan mucho en las entidades asoladas por el crimen organizado: mejor ya no te metas en esos temas.
¿Quién pierde con esta barbarie? Toda la sociedad, hasta los políticos que no podrán estar informados de lo que pasa en su entidad, en el país que gobiernan. No se han dado cuenta pero está cerca el día en que ni ellos podrán estar informados. ¿Ese día ahora sí actuarán? ¿O qué tiene que pasar?

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Periodista desde hace más de una década y director del diario Libre por convicción Independiente de Hidalgo. Es licenciado en comercio exterior por la UAEH y licenciado en lengua y literaturas hispánicas por la UNAM. Colabora como articulista en el diario que dirige y también en el portal SDPnoticias.com. Fue reportero en el semanario Aljibe y Síntesis Hidalgo. Trabajó para los periodistas Ricardo Alemán y Estela Livera en un programa de investigación. En 2007 ingresó a trabajar a Bermellón, Edición e Imagen, despacho donde se desempeñó como jefe de redacción hasta 2009. Es colaborador de la editorial Elementum desde 2010.