El 24 de agosto en México dio inicio el nuevo ciclo escolar para los niveles de educación básica que abarcan preescolar, primaria y secundaria.

Debido a la pandemia, ese arranque fue muy diferente al de toda la historia de la educación moderna del país. El precedente de esa situación excepcional fue la forma en que concluyó el anterior periodo, que fue interrumpido en marzo debido al inicio de la jornada nacional de sana distancia y que fue terminado a distancia como en los otros niveles educativos.

Ante la extensión de la emergencia, el gobierno decidió reiniciar las actividades educativas usando medios tradicionales de comunicación como la televisión y radio, eso con la finalidad de llegar a una audiencia mayor de estudiantes.

De antemano, tal decisión fue criticada desde distintos sectores, pero ante la imposibilidad de regresar a los salones hasta que no haya un semáforo verde, esa modalidad fue implementada. Por esa razón, las autoridades gubernamentales establecieron convenios con las principales cadenas televisoras para que desde sus frecuencias se transmitieran los contenidos educativos.

A pesar de que con eso se busca llegar a la totalidad de los estudiantes, las condiciones de la realidad social de nuestro país hacen muy complicado, por no decir imposible, que eso suceda. Por un lado, es imposible desarrollar un proceso de enseñanza-aprendizaje de calidad mediante esa modalidad, y por otro, no hay condiciones tecnológicas para llegar a todos los estudiantes en las distintas geografías.

Sobre eso último, aunque la transmisión televisiva se realiza a través de señales abiertas, desde hace varios años ese tipo de señal es muy difícil de verla sin tener que recurrir a los servicios de paga, lo que pasa incluso en las ciudades: basta el ejemplo de Pachuca donde no en todas las colonias es posible ver TV mediante el uso de antenas áreas. Por lo tanto, para las poblaciones rurales localizadas en zonas montañosas o distantes de los centros urbanos la posibilidad de sintonizar los canales abiertos es mucho más complicada. Esa situación acontece en prácticamente todas las regiones del estado e incluso en las periferias de Pachuca y Tulancingo, que son las principales ciudades de la entidad.

En ese escenario, es necesario analizar el papel del profesorado rural que presta sus servicios en localidades donde su labor no se limita solo a los procesos clásicos de enseñanza-aprendizaje. En esos contextos, el maestro o maestra rural es un actor dentro del entorno comunitario, donde así como puede ser muy reconocido por la población, también puede ser objeto de duras presiones. En esos lugares, el profesorado rural está haciendo todo lo posible para que el proceso educativo de millones de niñas y niños del campo no quede inconcluso. Para lograrlo, han tenido que idear, innovar y adaptar contenidos educativos en lugares donde de antemano las condiciones socioculturales ya hacían difícil la labor.

En ese sentido, resulta poderosamente llamativo que la estrategia educativa de clases por televisión es de perspectiva nacional debido a la premura con que fue implementada, por lo que la responsabilidad de ser readaptada a la particularidad sociocultural por parte de los profesores. Por lo tanto, a las barreras tecnológicas se añade la falta de pertinencia cultural de una estrategia de emergencia y las dificultades de la precariedad social, que como en otras cosas, hace que la educación de la niñez indígena tenga aún más obstáculos que en el resto de la población.

Pero los obstáculos no son destino, así lo están demostrando miles de profesores rurales al realizar esfuerzos titánicos para cumplir tanto con las disposiciones laborales de la Secretaría de Educación Pública como con los requerimientos que les hacen las asambleas comunitarias y comités de padres, quienes a pesar de la desgracia de la pandemia mantienen el interés porque sus hijos continúen recibiendo clases. Esos esfuerzos no son poca cosa, de hecho, están mostrando procesos sociales que hablan de formas inéditas de empatía y compromiso social de un gremio que en innumerables ocasiones ha sido incomprendido y maltratado.

Desde la investigación cualitativa se reconoce que cada trayectoria personal es una historia de vida desde donde es posible construir conocimiento para entender el papel de la subjetividad y la experiencia humana en la edificación de la realidad. Conforme a eso, en el gremio de los maestros rurales hay un universo de historias de vida de quienes al poner todo su empeño para que la educación no se detenga, también están haciendo gala de una vocación que va más allá de la responsabilidad laboral. El compromiso profesional, pero sobre todo la convicción personal de los maestros rurales, provienen del origen social compartido con sus alumnos: la gran mayoría de los profesores rurales vivió etapas de infancia y adolescencia marcadas por la carencia y la lucha tenaz para sobrevivir el día el día. Por esa razón, saben que la educación es una de las vías más dignas para mejorar la situación personal, familiar y la del colectivo que puede ser el pueblo, el rancho, la comunidad o el ejido.

En esa realidad precaria, el profesorado está bien curtido, pero no por eso deja de ser desafiante y conmovedor que una señora de comunidad se acerque a decirles “maestra no lo entiendo, ayúdalo a mi hijo”, “maestra es que no sé leer”, o que el delegado de la comunidad “maestra, por favor ve a las casas de los niños que no lo entienden a la televisión”. Esas frases encierran un profundo significado de lo que está aconteciendo en el universo de las poblaciones indígenas de nuestro país, quienes ven en el maestro no a un funcionario, sino a un aliado que al ser cercano por origen, confían en que él/ella podrán ayudarlos. Es la solidaridad a pie de tierra sin salón de clase disponible.

Así, los maestros rurales de la Huasteca están realizando grandes esfuerzos, como hace poco pudo verse en un reportaje sobre una maestra de Huejutla que ante la inexistencia de televisores en las casas de sus alumnos se desplaza hasta sus domicilios para entregar planeaciones y recoger las tareas; claro ella cubriendo los gastos de su pasaje y lonche. Como ella, muchos otros maestros están haciendo el mismo esfuerzo gastando de su bolsillo su gasolina y sus pasajes, sin que eso signifique que su entorno socioeconómico sea mejor, muchos de ellos están en los escalafones más bajos y el sueldo por lo tanto es muy castigado.

Incluso, hay maestros que carecen de sus propias computadoras, por lo que para realizar su labor antes de la pandemia empleaban las de sus centros de trabajo. Pero ahora que las escuelas están cerradas, muchos de estos profesores acuden a los cybers para realizar sus planeaciones y mantenerse en contacto con sus superiores administrativos. Otros, han tenido que recurrir a la instalación de antenas satelitales para poder bajar la señal de Internet por costos de 400 a 600 pesos mensuales que cubren de su propia bolsa. Eso me hace recordar que hace cinco años tuve la intención de contratar Prodigy para una comunidad de Atlapexco, pero el personal de Telmex me hizo saber que ese servicio no estaba disponible para las comunidades: ¿discriminación tecnológica para un sector social que no aparenta la posibilidad de negocio? Por eso hasta resulta insultante que a pesar de las distintas formas de desigualdad, alguien se hubiera burlado de que uno de los propósitos del actual gobierno federal sea llevar Internet a aquellas localidades que no le representan negocio a las empresas de telecomunicaciones. Porque hay que decirlo, a pesar de que en los últimos años el servicio de telefonía celular e Internet se ha extendido en los municipios de la Huasteca y de la Sierra, no pasa un mes en que no haya una caída de la red y la región quede incomunicada, pero de eso hablaremos con más detalle en otra ocasión.

Volviendo al principio y retomando las palabras de la profesora Elizabeth, maestra de preescolar en Tecacahuaco, Atlapexco, y familiar muy querida: “Tengo que ir a la comunidad, la gente nos requiere y si no vamos nosotros nadie más va hacerlo. La gente casi no tiene dinero ni celular para que yo les mande las planeaciones por Whatsapp y algunas de las madres de familia tampoco saben leer”; resulta claro que el entendimiento y solidaridad en el entorno de la precariedad solo puede ser practicada de esta manera por los maestros rurales e indígenas; por esa razón, lo menos que merecen es empatía y comprensión.

Los maestros rurales, desde las más difíciles circunstancias, son ejemplos de tenacidad y “marcadores” de las historias de vida de cientos de niñas y niños, para quienes la educación es la única vía para aspirar a romper la brutalidad de las condiciones estructurales que desde su nacimiento impiden la movilidad social y que con lo regresivo de los efectos de la pandemia, el panorama aún es más desolador. Así, estimados lectores, el devenir de la nueva normalidad en la educación a poco menos de cumplir un mes del retorno a clases, lo que sucede a la par del ensañamiento del Covid-19 en Hidalgo, entidad con una de las tasas de letalidad más altas del país, que con más de 10 mil contagios ha arrebatado la vida de más de mil 500 personas.

Por favor, cuídense mucho y hasta la próxima.

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