La amnesia política de la historia patria contemporánea, incluso aquella del no lejano siglo pasado, suele abrazar a la inmensa mayoría de los mexicanos que, desmiéntame si me equivoco, todo perdonan a sus gobernantes, de todos niveles y calibres.

Y el manto de la impunidad se teje con demagogia justiciera y el amago de la hoguera en la plaza pública. Solo el amago, el blofeo callejero.

Pero, remitámonos a los tiempos en los que abrevó el inquilino de Palacio y que ha hecho suyos para solventar un remedo de Plan Nacional de Desarrollo (PND) 2019-2024, con más buenos deseos de escolapio en examen extraordinario y párvulo en las clases de catecismo que se atreve a repartir bendiciones y recomendaciones contra el maligno: “detente satán maldito, no juegues con tu poder, si al pobre quieres joder a mí me persignas salva sea la parte (versión corregida para no ofender a las buenas conciencias)”, como reza la conseja a la que aludió el licenciado López Obrador en la mañanera cuando, enhiesta la estampa, se refirió al “detente…” El prócer abrevó en la praxis política de Luis Echeverría Álvarez que hizo todo lo posible para acabar con lo que sonara al gobierno de su antecesor, Gustavo Díaz Ordaz. Y cuando concluyó su sexenio, Echeverría había metido en un atolladero económico y político al país, tanto que su sucesor, José López Portillo y Pacheco, hizo campaña en solitario con el slogan “la solución somos todos”.

Y todos le creímos, pidió perdón a las pobres y les ofreció el México Feliz; los empresarios, despreciados y peleados con Echeverría, le creyeron pero, al final del sexenio lo odiaron. Estatizó a la banca y declaró a México en suspensión de pagos, crisis económica de desastre. Cuando Miguel de la Madrid rindió protesta como presidente de la República, con la oferta de la “renovación moral de la sociedad”, un ala del sector empresarial, encabezada por Manuel de Jesús el Maquío Clouthier del Rincón, había roto lanzas con el gobierno federal.

La historia se repite. Por eso, hoy con un presidente que abrevó en esos espacios, vale preguntar qué hay con su Plan Nacional de Desarrollo. Por supuesto no hay previsiones de cómo gobernar; no se planearon los escenarios como los que enfrentamos en materia económica y de salud.

Y no, mire usted, no es culpa de directivos y funcionarios de esos sectores porque, evidente, no fueron consultados para la elaboración de dicho PND, porque el equipo que previó los futuros del país fueron echados de la administración actual por el delito de haber trabajado en el sexenio pasado.

Qué rápido olvidó el equipo presidencial la causa por la que el académico, político y, sobre todo, economista Carlos Manuel Urzúa Macías, de origen hidrocálido, con una maestría en matemáticas y doctorado en economía, renunció a la cartera de secretario de Hacienda de la naciente administración de Andrés Manuel López Obrador, con quien trabajó como secretario de Finanzas en el entonces gobierno del Distrito Federal.

¡Vaya!, Urzúa, un ciudadano discreto que, vísperas de la asunción de Andrés Manuel al Olimpo presidencial, solía tomarse el café y un refrigerio en un comedero frente al Senado de la República cuando negociaba lo que tenía que negociar con el hombre de más confianza de López Obrador, es decir, Ricardo Monreal que estructuraba entonces a un equipo serio, prudente y compacto que ya sufría los embates soterrados de Martí Batres, Yeidckol Polevnsky y et al en el propio entramado morenista senatorial.

Sí, mire usted, tanto el doctor Urzúa Macías como el también doctor, pero en derecho, Monreal Ávila, no eran bien vistos en ese gabinetazo que esperaba el banderazo para ocupar la propiedad, así la sienten, de los cargos que suelen ser muy pero muy eventuales porque lo mismo pueden durar el sexenio que el intervalo en el estado de ánimo del jefe máximo.

Y el doctor Urzúa debió renunciar cuando ya no pudo soportar la soberbia y el voluntarismo del prócer que le rechazó el Plan Nacional de Desarrollo que había elaborado con un equipo de profesionales conocedores de las políticas públicas y expertos en prospectiva, un punto esencial para adelantarse a los escenarios políticos, económicos y sociales del país en seis años.

Entonces, el licenciado López Obrador incurrió en lo que critica, eso de que los presidentes no son sabelotodo y se convirtió en más que eso, en experto y, como luego presumió para descalificar al doctor Urzúa, elaboró un mamotreto de ideas inconexas y buenas intenciones sacadas de aquí y de allá, incluso con la asesoría de la doctora Gutiérrez Müller, que presentó como el PND 2019-2024 y echó a la basura el de la autoría del equipo del doctor Urzúa.

Por eso, simple y llanamente por eso es que la crisis económica que se provocó con decisiones como aquella de construir un aeropuerto en Santa Lucía porque su voluntad aderezada con el rencor y la venganza lo llevó a cancelar una terminal aérea internacional en la zona de Texcoco, colindancia con los municipios de Nezahualcóyotl y Ecatepec, e inventar la existencia de un lago donde no había lago, como sustento dizque de alto riesgo para esa obra que calificó faraónica, pero la realidad ha demostrado lo contrario por más que los nuevos amanuenses de presidencia y burdos mercenarios se hagan pasar como sesudos “periodistas” que siembran preguntas a modo al inquilino de Palacio.

Y la mediana estabilidad política, sin oficiosos conceptos, la ha mantenido Ricardo Monreal Ávila como presidente de la Junta de Coordinación Política del Senado y coordinador de la bancada senatorial morenista. Negociador nato ha evitado crisis en el Congreso de la Unión, que habría tenido severas consecuencias nacionales, a contrario sensu de Mario Delgado Carrillo, coordinador de la diputación federal de Morena, quien no solo no se atreve a cuestionar una decisión del señorpresidente, la asume con disciplina draconiana so riesgo de pagar las consecuencias.

Pero esta realidad no es la que ven y viven e incluso sufren los fanáticos, seguidores y defensores radicalistas y fundamentalistas del licenciado López Obrador. No.

En las redes sociales, especialmente en Facebook, Whatsapp y Twitter, blogueros, youtuberos y todos estos especímenes que se hacen pasar como periodistas, han desatado una campaña de defensa del licenciado López Obrador, que raya en el fanatismo y descalifica a críticos y adversarios del prócer, pero ha llegado a las amenazas de muerte.

Dudo que el magnificador de las que califica “benditas redes sociales” ignore esta situación que aviva enconos y amplía la polarización social, en términos que se avistan derivar en linchamientos, pasar de la mentada de madre a la agresión personal.

Y en este punto abonan personajes, profesionales, ciudadanos e incluso quienes se asumían comunicadores respetables y calificados tolerantes e incluyentes que despachan frases como “se atragantan con su mierda”, destinadas a quienes con argumentos demuestran que las decisiones presidenciales son aventuradas cuando no ofensivas para el sentido común.

Todo pasa en este tiempo de crisis económica y de salud, pero debe añadirse a la que transita rumbo a espacios no deseados por la descomposición social, el encono generado desde el salón de la Tesorería en Palacio Nacional, cuyo principal inquilino amenaza, descalifica y ofrece el maná a los pobres, más pobres que, después de más de un año del gobierno que ofreció el cambio, no han salido de la pobreza y de la miseria, porque la dádiva no va a acompañada del cómo.

Tolerante, un ejemplo es su opinión respecto de la carta abierta del senador Dante Delgado a López Obrador, quizá es momento de que Ricardo Monreal negocie con las bancadas senatoriales y de diputados para evitar un mayor desencuentro político-partidista que dé al traste con la agenda legislativa que quedó pendiente cuando se decretó la emergencia sanitaria, porque ese es el riesgo cuando López Obrador amenaza con denunciar en la mañanera a los partidos políticos que no aporten sus ministraciones mensuales, las que les entrega el Instituto Nacional Electoral por ley, para sumarlas al monto requerido para enfrentar la crisis, porque los 400 mil millones que presumió no existen para el efecto.

Y, bueno, ni qué decir de este desencuentro con el sector privado, con comerciantes, industriales de la transformación, micro, pequeños y medianos empresarios, ese acto de soberbia frente a quienes descalifica por ser libres pensadores, a políticos como Cuauhtémoc Cárdenas, a articulistas y opinadores que no han cambiado postura desde hace años, o el desprecio que sus colaboradores han tenido para despedir a empleados de, por ejemplo, el INEGI, Hacienda, el IMSS y, en fin, otras dependencias cuyos mandos medios y superiores tendrán que aceptar la imposición de reducir 30 por ciento sus percepciones y prepararse para no contar con el aguinaldo de fin de año.

Decisiones voluntaristas, por los cojones del señorpresidente que está decidido a dinamitar a la estructura del sistema político e institucional del país para construir a la 4T. ¿Falta dinero para comprar medicamentos y equipamiento para atender la emergencia del Covid-19? Fácil solución: determina no contratar deuda ni posponer ni condonar el cobro de impuestos, pero recorta gasto operativo que implica salarios y desaparece a los fideicomisos.

¿Y los empleos? La imagen de Luisa María Alcalde Luján despierta ternura. Enfundada en un vestido negro y con la melena oscura en el desparpajo juvenil que pretende generar confianza a la voz que garantiza permanencia en el empleo e incluso ofrece los servicios de la Procuraduría de la Defensa del Trabajo y de la propia Secretaría del Trabajo y Previsión Social para sancionar hasta con bote al malvado patrón, del nivel que este sea, que ose despedir a sus empleados en estos tiempos de pandemia.

Pero, en la conferencia de prensa mañanera, con el licenciado López Obrador a su espalda, informa que, entre el 13 de marzo y el 6 de abril, menos de un mes, se perdieron 346 mil empleos. Y Zoé Robledo, director general del IMSS, remacha que de esa cantidad, 62 por ciento, es decir, 216 mil dejarán de recibir atención médica dentro de ocho meses. No cabe duda que en algún momento del arranque del sexenio en curso, se pulsó esa posibilidad imaginada por López Portillo, pero la realidad asume que “la solución éramos todos”. Conste.

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