Desde que mi comadre Águeda nos visitó ese marzo en el que la luz nos quemaba con su frío, a mí me entró la sospecha. Después de su visita murieron dos recién nacidos en el pueblo, los pájaros de los vecinos amanecieron muertos y las parcelas, blancas de frío, estaban infértiles. Todos mis animales se mataron entre sí, eso no era normal, y lo del frío, menos; no en marzo. Andaba muy desesperada, no sabía ni en dónde buscar respuestas, por eso le conté a doña Refugio, quien –vieja como el diablo– me dio un remedio.
Invité a mi comadre a cenar. Preparé una olla grande de frijoles con epazote y otra de café con un chorrito de tesgüino, para agarrar valor. Ella llegó a tiempo, con la trenza aún mojada de lo limpia que se había puesto. Le serví la cena mientras hacíamos como que platicamos. Me acerqué y le puse unas agujas en forma de cruz en la falda, como me había dicho Refugio. Le serví un plato de frijoles y ella comía y comía y ni para cuando se le veían las ganas de levantarse. Yo la seguía alimentando y dándole de beber, para que le dieran ganas de ir al baño y yo pudiera darme cuenta. Se hacía cada vez más tarde y ella estaba que se iba y se iba, pero no podía levantarse de la silla. Yo veía cómo, de los nervios, se le enredaban los dedos de las manos. Sintiéndose descubierta, me lanzó una mirada que me soltó el miedo. Me acerqué para quitarle las agujas sin que se diera cuenta y al hacerlo, se desmoronó dejando un montecito de carbón en la silla donde estaba. Mi sospecha era cierta: mi comadre era una bruja.

Muerte en vida
Alma Santillán/ @alma_santillan

Ahí estaba, con los cuencos de los ojos vacíos, implacable frente a mí. Era su oscuridad contra la mía en la cuenta regresiva que en silencio hacíamos, preparando cada uno los proyectiles con los que uno de los dos terminaría extinguiéndose del todo, para siempre. Era ese el único deseo que teníamos el uno para el otro: la muerte.
No soporto la vida contigo. Fue su primer disparo.
Maldigo la hora en que te salvé de morir. Fue mi respuesta.
Amarnos era el mejor velo para ocultar el odio que en realidad nos teníamos desde hace años. Pasábamos horas tomados de las manos con la fuerza que habríamos querido utilizar para estrangularnos.
Saberte a mi lado cada día ha sido una condena y estoy harto. Segunda bala.
Escucharte respirar por las noches me ha robado la cordura. Lárgate. Segundo contraataque.
Había fuego en ese par de agujeros en sus ojos, mis manos rodeaban su cuello, tan fuerte que yo también dejé de respirar. Cinco, cuatro, tres… dos.
Desperté por el rayo de Sol quemando mi espalda, mi cabeza descansaba en su pecho, encima de su corazón que arrullaba; nuestras piernas entrelazadas. Suspiró y me dijo te amo. Te amo, contesté. Ahí estábamos, listos para morir otro día juntos.

Quince días
Oscar Raúl Pérez Cabrera/ @oscarellin

Eras tres las puñaladas que recibía para luego morir desangrada. La pesadilla se había repetido tres veces en la semana, después las ganas de ir al baño, la sensación de que el alivio vendría pronto, pero nada, para ella no había nada. ¿Y si ya había pasado?, ¿si no era a la que le estaba sucediendo?, ¿qué demonios sucedía? Se llevó las manos a la cabeza. Volvió a llorar de miedo en plena madrugada, y como en los días anteriores, no pudo volver a conciliar el sueño.
La imagen del sueño provenía del exterior, era tanto su anhelo que se le convertía en sueño, luego en pesadilla y al final en realidad, pero al despertar la sangre no estaba ahí. Quince días de retraso, cuando no se tiene programado, seguro que hacen soñar, y soñar muy feo.

Pan de muerto
Erasmo J Valdés/ @ejvaldes

El pan de muerto más sabroso de esta ciudad era el de la panadería Trinidad, en la colonia Fundadores. Lástima que ya nadie vaya a probarlo, tuvieron que cerrar luego que la Policía sorprendiera al dueño en el panteón municipal, desenterrando cadáveres para hacer harina con los huesos.

La muerte está siempre
a nuestro alrededor.
No debe ser noviembre para pensar en ella. Sea en forma de bruja o cuando cobra la forma de nuestra pareja, que odiamos íntimamente hasta desear su extinción, ahí está: acechando con paciencia eterna. Es mejor, para que no nos tome desprevenidos, andar bien con ella: en paz y muy de cerca. Es más, deberías invitarla a cenar esta noche, quizá puedan llevarse bien y te lleve con ella. De eso trata el Maldito Vicio de hoy, que es, a su vez,
la edición de noviembre pasado
de Esto no es un libro.

Invitación

 

 

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