Las aguas refulgían doradas en la corriente del río que el hombre miraba al atardecer del tercer día con la esperanza de que antes de que cayera la noche el gran pez picara el anzuelo.

Viendo pasar el tiempo su hija lo esperaba en la cabaña. En la radio sonaba un bolero de moda y el fuego calentaba la estancia. La ventana abierta permitía vislumbrar la silueta del pescador.

Tiempo después solo quedaba el recuerdo de aquella escena en la memoria enmohecida de una anciana que no hablaba, pero olvidaba. No tenía visitas y apenas la saludaban al paso las enfermeras.

María volvió a aquel atardecer, cuando su padre llegó contento y sujetando con las dos manos el enorme lucio. Fue un instante feliz, aunque en aquel momento no se diera cuenta de ello.

Dijo entre dientes: “Mi padre pescó el lucio más grande del mundo y nos lo comimos durante toda una semana. Estaba delicioso”. Alguien le preguntó que estaba diciendo, pero no obtuvo respuesta.

María dormía sola en una habitación pequeña en la que solo cabía una cama individual y una mesita de noche. Para ella era suficiente, no deseaba más que recordar una y otra vez aquel día.

En sus sueños volvía a rememorar, aunque con más nitidez y detalle, “la tarde del lucio”, como la llamaba ella con emoción y sentimiento. Algo demasiado propio para compartirlo con los demás, quienes tampoco entenderían porque le daba tanta importancia a un hecho tan insignificante. Pero ellos qué iban a comprender lo que verdaderamente importa en la vida.

A María la encontraron muerta en su habitación una mañana de invierno. A todos los que la vieron, antes de que le bajaran los párpados, les sorprendió los ojos de pescado que le había dejado la muerte.

Nadie sintió su ausencia. No dejó pertenencias que mereciera la pena conservar. Como no tenía familiares, el banco utilizó los pocos ahorros que quedaban en su cuenta para darle cristiana sepultura; un acto caritativo que nada les costó y dio mucha fama a su director.

El día del entierro no tuvo acompañamiento. Llovía a cántaros, con lo que no fue hasta el día siguiente que la sepultaron. El agua de lluvia cubría por completo sus ojos de lucio.

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