Rasgándose las vestiduras con discursos demagógicos e insultantes, secretarios de estado y hasta diputados pretenden justificar las ineptitudes de una Secretaría de Cultura y la ineficacia de una política cultural, escondiéndose en la corrupción de las administraciones pasadas como justificante. No entienden que no entienden y siguen pensando que la comunidad cultural es estúpida y el oropel que necesitan cuando se quieren legitimar en el ejercicio del poder.

No entienden que la comunidad cultural es un universo enorme de posturas, ideologías, pensamientos y acciones, que está conformada por la diversidad más variopinta de personas que van desde el radical más papista que el papa hasta el alineado que va a aplaudir ciegamente todas las sandeces que el gobierno haga, aunque se esté muriendo de hambre. No entienden que hay demandas históricas esenciales como la seguridad social y los derechos laborales entre otras; que hicieron propuestas y promesas en campaña para conseguir el apoyo y que hoy están traicionando; y menos entienden que artistas y trabajadores de la cultura no son los bufones de la corte.

Y como ya es costumbre, cada vez que alguien levanta la voz inmediatamente se recurre a la telenovela de buenos y malos que se fueron a sacar mediocremente del siglo XIX “Liberales vs conservadores” donde por supuesto los liberales tienen la única razón, pero aplicado el concepto a este nuevo siglo que inició en el año 2000, casualmente lo correcto sería decir “neoliberales”. Así, periodistas, indígenas, intelectuales, burgueses, oligarcas, trabajadores, amas de casa, políticos, politiquillos, zapateros, carpinteros, funcionarios, sindicalistas, campesinos, maestros, empresarios, vendedores de enciclopedias o de cosméticos y un largo etcétera pueden ser acusados de conservadores que, según la 4T, son parte de un “plan estratégico” del “neoliberalismo” para derrocar al gobierno, la respuesta ideal cuando se quedan sin argumentos. Así, dentro de esta parafernalia paranoica los “conservadores” son todos aquellos que atacan, señalan o siquiera osan manifestar alguna opinión que difiera del pensamiento unidireccional de la única verdad iluminada en el país.

El Covid-19 está terminando de destapar la cloaca de la continuación de un proyecto neoliberal de sometimiento de la cultura y sus actores, disfrazado de progreso e inclusión.

Ahí, es donde la cultura se pretende como un pilar de transformación que legitime a la cuarta transformación y no de otra manera, es decir una cultura alineada a los parámetros políticos, económicos y sociales que necesita el gobierno para reforzarse. Pero, mientras la imposición esté por encima del pensamiento, la creación, la libertad y los derechos ciudadanos y humanos de la comunidad cultural jamás se consolidará ninguna transformación en este país.

De igual manera se reproduce el salinismo y los principios neoliberales que tanto critican en una ruta que contradice sus consignas de inclusión, bienestar, primero los pobres, ahora sí los pueblos originarios, a los que bajo el mismo esquema neoliberal, les imponen dinero y programas culturales de manera clientelar y asistencialista de parte del gobierno pasándole por encima a la voz, mandato, forma de organización, usos, costumbres y dinámicas de los pueblos originarios y comunidades indígenas. De la misma manera el esquema se reproduce hacia la comunidad cultural no indígena, de manera discriminatoria porque no es prioritaria, pero igual imponiéndole formas, programas, políticas culturales y hasta rutas estéticas eurocentristas y neoliberales, contraviniendo todo el aparato discursivo de “inclusión” e incluso violando la Constitución, leyes generales y tratados internacionales sobre las formas de participación, ya sin mencionar las violaciones a los derechos sociales, políticos, laborales y humanos que tiene la comunidad cultural y no se ejercen.

La política cultural y la crisis actual del sector no es culpa de Salinas, ni de las administraciones anteriores, ellos son responsables en su tiempo, hoy es responsabilidad de esta administración y siguen usando los mismos mecanismos “a la comunidad artística hay que mantenerle sus becas y apoyos para mantenerla callada” y con doble moral, “desaparecemos fideicomisos pero les seguimos dando el atole a cuenta gotas que necesitan”, y sin entender que la inmensa mayoría de la comunidad carece de estos contados beneficios; que usar como cortina de humo este tema no nos va a distraer de lo fundamental y de fondo que son las violaciones a los derechos, ya mencionados, que padece la comunidad artística y cultural y que han quedado al desnudo durante esta emergencia de salud que vive el país.

Lamentablemente la secretaria de Cultura ensoberbecida en su cinismo que ha adquirido con el poder que se le confió, una vez más en lugar de asumir su responsabilidad frente a una emergencia de salud, las demandas históricas y coadyuvar junto con el sector a encontrar soluciones urgentes, se puso a defender las migajas presupuestales de tres fideicomisos y no pudo. Y peor hora también ante la falta de argumentos, de profesionalismo, de respeto, de seriedad, de capacidad, de visión y de voluntad por parte de algunas instituciones y politiquillos de la farándula legislativa, el sector cultural comienza a ser atacado y estigmatizado como golpeadores dentro de la franquicia de “conservadores” enemigos de la transformación. Y parafraseando a la Secretaria de la Función Pública que tampoco entiende su papel en la telenovela: ya “serénense” ustedes burócratas con su soberbia, su sordera y siéntense a dialogar con la comunidad cultural.

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