Quien supera la crisis se supera a sí mismo sin quedar superado, esto afirmaba uno de los científicos más importantes en la historia de la humanidad, Albert Einstein, este principio es válido en lo individual y en lo social. Un símbolo de esa libertad que se labra enfrentando las voces ahogadas que torturan, que reducen el espíritu al presente perpetuo, es la escritora inglesa Virginia Woolf, una mujer hecha en el atrevimiento impaciente, enfrentando sus miedos que buscan transformarse en destino; en un acto de libertad retó ese horizonte con el valor de su genio. Woolf nunca fue a la universidad, viajó poco, tuvo pocos amigos, entre las que destacaban sus grandes amigas Violet Dickinson y Vita Sackville-West, con quien mantuvo un apasionado romance. Compleja, contradictoria, pasional, la poeta ama la belleza, es deslumbrante, genial, a pesar de que dependía de su familia –hermana, tías y esposo– para realizar actividades cotidianas, como bañarse o comer. Atormentada, respiraba sus muchos monstruos que cercaban su vida. Vivió entre la tempestad, la tragedia y la esperanza. Sin embargo, nunca renunció a ser lo que quiso ser, de que otra manera fue capaz de imponerse a la oscuridad de su pasado que le anulaba la posibilidad de un futuro, trascendió porque se impuso a sus debilidades, a sus obsesiones, ese terror enmascarado que la devoró y la llevó al suicidio. Emblemática y oculta, la escritora, que fue traducida por Jorge Luis Borges –La habitación propia– atraviesa hoy la literatura, porque su ansiedad y la opresión de la atmósfera que le tocó vivir nunca la vencieron. Virginia Woolf es la expresión de la mujer polifacética, infatigable, que con su autonomía y su genio se reinventa, se reclama, se reconstruye, es capaz de mirarse en el otro, en los otros, discutir con ellos, dialogar. Está hecha de una compresión de todo lo humano, no pertenece solo al pasado, sino al futuro que está por venir.

Frente a esta historia, que atrapa, seduce. Que obliga a mirarnos en nuestro propio espejo, los ciudadanos debemos aprender a replicar, inconformarnos, protestar. Tenemos que hacerlo frente a nuestra realidad, por ejemplo, criticar la política y los políticos, estar en desacuerdo con ellos, más aún exigirles talento, méritos, capacidad, conocimiento, ciertamente, la ilusión meritocrática. La política sin ideas, propuestas, proyecto, es vaciedad, demagogia maniquea, una travesía hacia la pérdida de los confines, son las ocurrencias que conducen al fracaso, al acoso, al autoritarismo que casi siempre deriva en populismo, este que, a decir de Jan-Werner Müller, conjuga elementos: un discurso antielitista y un rechazo al pluralismo. El populismo, nos dice, “es una peculiar imaginación moralista de la política, una forma de percibir el mundo que sitúa a un pueblo moralmente puro y totalmente unido –pero ficticio– en contra de élites consideradas corruptas o moralmente inferiores”.

La crisis es un momento inmejorable para que el populismo se consolide. El desempleo, la pobreza, la violencia, el escaso crecimiento económico (sí existe) son el caldo de cultivo donde mejor se desarrolla el populismo. Para evitarlo, es fundamental fortalecer las instituciones, una de ellas, los partidos políticos. Desde la oposición, la política y los políticos deben defender y reforzar los derechos humanos, el diálogo civilizado; disentir debe ser un objetivo central en la búsqueda de los acuerdos; el coloquialismo: acuerdo en el desacuerdo debe ser más cierto que nunca. Desde esta perspectiva la crisis es ciertamente una oportunidad, pero sin estos asideros, un grave riesgo. Hoy toca a esta generación discutir y decidir el futuro de México. La circunstancia no puede ser más compleja y adversa: una caída del PIB que, según diversas instituciones puede llegar a ser hasta del 10 por ciento, el cierre de 1.

5 millones de micro y pequeñas empresas, la pérdida de entre 1.5 y 2 millones de empleos. Tenemos frente a nosotros: lava incandescente, un laberinto que nos retorna a la desesperanza. ¿Qué hacer? Un grupo de investigadores de la Universidad Nacional Autónoma de México, coordinados por el maestro emérito Rolando Cordera Campos, han hecho una serie de planteamientos alternativos de política económica, a través del grupo: Nuevo Curso de Desarrollo. Revisarlos y discutirlos es la tarea.

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