El connotado investigador británico Nafeez Ahmed aduce que los líderes de Estados Unidos al actuar en forma errática suponen que pueden “superar en la táctica a sus rivales”, basados en las tretas de la “teoría del loco” de Henry Kissinger y que fueron aplicadas con las 59 bombas crucero que ordenó lanzar Donald Trump contra una base aérea siria, mientras degustaba un chocolate como postre, lo cual constituyó una afrenta al mandarín Xi Jinping, quizá con el fin de detectar su reacción sicológica y su verdadera postura geopolítica en Siria.
Ahmed arguye que “los súbitos bombazos aéreos en Siria forman parte de la filosofía (sic) de la ‘impredecibilidad’ o la ‘teoría del loco’ que Kissinger ha defendido desde hace mucho como sello distintivo de los grandes estadistas”.
La “teoría del loco” del “gran estadista”, en la cosmogonía sui géneris del genocida universal Kissinger, proviene del intencional acrónimo MAD (Mutual Assured Destruction), que significa loco y personifica la “mutua destrucción asegurada”: una “política de seguridad nacional” y “doctrina de estrategia militar” conceptualizada por John von Neumann, estratega de la Guerra Fría, inventor de la teoría de juegos y mandamás del Comité de Misiles Balísticos Intercontinentales.
Herman Kahn, futurista del think tank Rand, en su libro Sobre la guerra termonuclear, criticó las consecuencias trágicas al aplicar la metáfora absurda del MAD.
Greg Grandin había anticipado sobre los “hombres locos” cuando “Trump podría ser el vehículo perfecto de la filosofía de Kissinger”, quien “siempre ha insistido en la importancia de la impredecibilidad y aun en la irracionalidad en diplomacia”.
Ya desde 1957 Kissinger preconizaba sin rubor la “teoría del loco” mediante una “guerra nuclear limitada (¡supersic!)” y que implementó junto a Richard Nixon 11 años más tarde con napalm y sin bombas atómicas. La “teoría del loco” con armas nucleares del nonagenario Kissinger equivale a la “destructividad creativa” del economista Joseph Schumpeter y cuya insanidad fue demostrada con creces en Indochina.
Con la dupla Truman-general McArthur, Estados Unidos ya había comprobado en 1945 la “teoría del loco” avant la lettre, al lanzar dos bombas nucleares en Hiroshima y Nagasaki, cuyo objetivo, según archivos desclasificados, fue disuadir a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas de invadir Japón.
Ahmed acusa que “Kissinger es el lado oscuro de Trump en Siria” y cita que la derrotada Hillary Clinton enunció unas horas antes que Estados Unidos “debía bombardear las bases aéreas de Bashar al Assad”.
A juicio de Ahmed, el pugnaz maniático Kissinger –acusado por el autor británico-estadunidense Christopher Hitchens de “complicidad en los crímenes de guerra de Estados Unidos en Latinoamérica y el sudeste asiático”– “ha sido uno de los principales consejeros de Trump para negociar las relaciones de Estados Unidos con Rusia y China”. Ahora “la influencia de Kissinger en la administración Trump es visible mediante su anterior acólito Kathleen Troia McFarland, hoy viceconsejera de seguridad nacional”.
Más allá de sus relevantes cargos con Nixon y Gerald Ford, Kissinger siempre ha estado cerca del poder con republicanos y demócratas: “consultor secreto (¡supersic!) en seguridad nacional del presidente George W. Bush” y consejero de Barack Obama y Hillary Clinton. Kissinger epitomiza los intereses supremos de los banqueros Rockefeller y de Israel que se subsumen hoy en el megabanco JP Morgan Chase, vinculado a la Organización Trump.
Kissinger admitió en Davos que “el orden internacional se está desintegrando en ciertos (sic) aspectos con el ingreso de nuevos elementos de Asia”, donde aplaudió la “globalización económica” del mandarín Xi y aprobó el acercamiento “menos confrontativo” de Trump con Rusia. El “abordaje de Kissinger” consiste en que las diferentes administraciones de Estados Unidos “eviten la prudencia (sic) recomendada de los expertos y, al contrario, opten por la constante redefinición de objetivos” y “la fuerza para contemplar el caos”.
Mediante la “teoría del loco”, Estados Unidos “coloca a sus rivales en forma permanente un pie atrás (sic) por temor a la volatilidad (sic) peligrosa del poder estadunidense”.
Ahmed desmenuza todas las contradicciones de Trump y su secretario de Estado, el petrolero texano Rex Tillerson, con el presidente sirio Assad, a quien un día se pretende defenestrar, para desmentirse a sí mismos al día siguiente. “El objetivo más profundo de Trump es limpiar el terreno para proseguir sus ambiciones estratégicas en Siria”, cuando “contempla como oportunidad (sic) estratégica la escalada del caos en Siria”.
Ahmed se sustenta en el libro El campo de batalla, del anterior consejero de seguridad nacional defenestrado, el teniente general Michael Flynn, y el zelote neoconservador straussiano Michael Ledeen, especialista en montajes de “falsa bandera” y quien desde la guerra de Irak en 2003 aboga por convertir a Medio Oriente en una “caldera“ (sic), cuya “visión se correlaciona con la preferencia de la administración Trump por el caos (sic), con sus reculadas (sic) y cambios (sic) constantes de prioridades”.
Ledeen, quien desde la penumbra deja muy pequeño a Goebbels, es uno de los estrategas más tóxicos y mendaces que detenta y ostenta Estados Unidos: autor de la telenovela del “pastel amarillo” de Níger y su montaje de las “armas de destrucción masiva” de Sadam Husein que nunca existieron.
Una de las características del MAD (“teoría del loco”) que practica Trump consiste en borrar los límites entre la mentira y la verdad, gracias al avasallante control de los desinformativos multimedia.
Ahmed juzga que un “indicio de lo que está realmente en juego proviene de las charlas entre Benjamin Netanyahu y Trump semanas antes de los bombardeos”: el premier israelí “desea establecer zonas de amortiguamiento (buffer zones) del lado sirio de la frontera”, lo que de facto permite “la anexión por Israel de las alturas del Golán”, donde la subsidiaria sionista de la trasnacional estadunidense Genie Oil & Gas opera con licencia del gobierno de Netanyahu. Rupert Murdoch, gran aliado de Trump, es uno de los miembros prominentes del consejo de administración de Genie Oil & Gas.
Ni Trump ni Netanyahu buscarían la remoción de Bashar al Assad, sino más bien su miniaturización-encapsulamiento y “resquebrajar la alianza de Rusia e Irán” mediante un trueque maquiavélico: “regalar Crimea a Rusia en un teatro de batalla, mientras Trump desea convencer a Rusia en un teatro diferente retirar su alianza con Irán (sic) en Siria, permitiendo a Estados Unidos mayor campo de juego para imponer un arreglo diplomático que se ajuste a sus objetivos geopolíticos sospechosos para la región”, cuyo “resultado final es mantener un estado de inestabilidad permanente en Siria, donde ninguna facción particular gana, prolongando así la guerra”.
¿Caerá el zar Vlady Putin en la trampa de Kissinger-Trump con el trueque de Crimea por el Golán para Israel?

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