Se habían entusiasmado, alrededor del fuego, cuando la noche y el negro firmamento, sin Luna y con las estrellas tapadas por nubarrones, hacían del mundo algo terrible, que solo los chisporroteos rojos de la hoguera hacían habitable.

Nauj –loco o sabio, nadie podría decirlo– había tenido aquella idea extraña de construir una torre tan alta que traspasara las nubes y permitiera ver los árboles inmensos que los rodeaban como hormigas.

El pueblo de Babel tenía todo lo necesario para construir aquella enormidad que perduraría por los siglos de los siglos y que haría comprender a Dios que los hombres eran superiores a él.

Al amanecer todo el pueblo se puso a discutir la mejor forma de llevar a cabo la obra. Todos estaban de acuerdo en que debían construir la inmensa torre. Cada uno de los miembros del pueblo pondría su granito de arena, aportando sus habilidades y destrezas al bien común que significaba aquel monumento al orgullo de Babel.

A mediodía iniciaron su trabajo, lo hicieron sin ningún ritual propiciatorio. Desde el principio debía quedar claro que se trataba de un desafío a Dios. Las mujeres, los niños y los ancianos estaban encargados de traer el agua del río y fabricar los adobes que los hombres colocarían para alzar la torre.

La base debería ser inmensa y la excavación para los cimientos más profunda que la mina más honda. La magnitud del esfuerzo a realizar los desanimó un poco, pero eran muchos y fuertes. Además, tenían un espíritu a la imagen y semejanza del Todopoderoso. No se dejarían intimidar por la primera dificultad, por enorme que fuera seguirían adelante.

Al llegar la noche, pese a que todos acabaron rendidos, no se veía adelanto alguno. Se sentían agotados y se fueron a dormir. Nadie se quedó alrededor del fuego a escuchar las viejas historias que los unían al Creador.

Al amanecer todos sabían lo que tenían que hacer. Sin queja alguna y sin excepción empezaron su labor y no pararon hasta el anochecer. De nuevo se acostaron sin escuchar las viejas historias y, por primera vez, sin orar. Se sintieron un poco más alejados de Dios, soñaron en la gran torre.

Los viejos murieron, los niños se hicieron viejos y también murieron. Así pasaron cinco mil años. La torre, a medio construir, ya atravesaba las nubes y los grandes árboles ni siquiera se veían como hormigas. Mujeres y hombres vivían en aquellas alturas siempre trabajando, siempre alzando la torre más allá de lo que habían imaginado los que iniciaron su construcción.

Empezaron a creer que ni el mismo Señor hubiese sido capaz de realizar aquella obra colosal. La vanidad se apoderó de sus corazones, antes sencillos y humildes. Sus espíritus ya no tenían temor de aquel que no tenía nombre y que ellos habían adorado de rodillas y con las manos alzadas al cielo. Ahora ellos estaban en el cielo y no lo necesitaban. Se creían por encima de él. Lo habían vencido.

Celebraron una gran fiesta en la que se adoraron a ellos mismos. En su delirio afirmaban ser los creadores del Universo. Ebrios de orgullo se quedaron dormidos. Al despertar empezaron a escuchar voces extrañas que pronunciaban palabras nunca antes oídas. No se entendían. Aquel mismo día dejaron de construir y descendieron hacia sus orígenes olvidados. No quedó nadie para ver la sonrisa de Dios.

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