Ida Vanesa Medina P

Clasificar, etiquetar y agrupar conceptos es compresible desde el punto de vista cultural, por siglos hemos tratado de aprehender y traducir nuestra realidad. Naturaleza y ser humano es un binomio que enfatiza cómo nuestra existencia destaca como una entidad, una fuerza aparte y, para muchos, superior que, una vez cabalgando sobre la modernidad, antagonizó con todo lo que encontró a su paso.

Esa mirada sobre sí misma, mirando su propio ombligo, es el triunfo de la humanidad de “primer mundo”. Con casi dos décadas cumplidas de un nuevo siglo, para millones la vida transcurre entre likes de redes sociales, lanzamientos tecnológicos y el último challenge que lanzó al ruedo algún influencer.

Mientras, los transgénicos sustituyen las semillas nativas, los mantos acuíferos son agotados, la industria alimenticia altera genéticamente, maltrata y llena de antibióticos a los animales y la calidad del aire se depaupera.

Y aun así, estamos ocupados con el trending topic de la semana y las ocurrencias de las Kardashians. Una generación completa sin entender lo que sigue después de la postmodernidad, vive aferrada a los dictámenes de la realidad virtual y a la trivialidad como emblema para saltar de un tema a otro.

Un mundo en el que el calentamiento global es vetado como falacia por sectores de poder que persiguen intereses económicos.

Bajo la sombra de esa lógica, pareciera que reconocernos como parte de un ecosistema, como una pieza en un intrincado entramado de interdependencia que sostiene la vida, es una postura romántica y casi transgresora, aunque Acnur reconozca que hay desplazados ambientales, los polos se derritan, los ciclos de sequía y de lluvia se intensifiquen y desaparezcan especies a un ritmo alarmante.

El punto es que el tema ambiental dejó de ser un tópico opcional, el mito de que solo incumbe a biólogos y activistas se debilita ante un escenario que pronostica cambios radicales en el planeta a pocas décadas de distancia.

¡Exageración, apocalíptico! Gritan los incrédulos mientras toman un venti latte de Starbucks. La quema de judas en redes se ha convertido en un deporte amparado en la impunidad.

En ese punto de urgencia, se trata de una lección de supervivencia, de reconsiderar nuestro estilo de vida. Reducir o eliminar el consumo de carne, adoptar animales, reducir el uso de plástico, hacer composta o al menos bajar el volumen al consumo crónico. Señalar quién es perfecto y quién no, no nos evitará encarar las consecuencias. Solo hace falta empezar por algo.

Han pasado varias décadas desde que Edward O Wilson publicará su libro Biofilia, que propone que estamos genéticamente predispuestos para crear empatía con la vida, como una característica heredada de la evolución.

Sin embargo, en qué momento como colectivo comenzamos a distorsionar la idea de crear nuestra identidad a partir de rechazar y disminuir la existencia de todo.

Allí reside la trampa del ego y de la taxonomía. En los ciclos naturales, el desierto del Sahara y el Amazonas están conectados, la arena de uno viaja por el Atlántico para fertilizar al otro, el bosque tropical más grande que aún persiste a pesar de la desforestación.

Las abejas, colibríes, monos, murciélagos, entre algunos polinizadores, son los responsables de perpetuar la mayoría de las especies vegetales comestibles de las que dependemos, y que, a su vez, nosotros a través de los asentamientos urbanos, la cacería y los pesticidas orillamos a la extinción.

Hemos olvidado que la ilusión de la separación humano y naturaleza es solo un eufemismo en el que navegamos para ignorar el todo.

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