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La tumba de Rosario Castellanos

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“Sabed que entre mis labios de granito quedaron detenidas las palabras”

Esa frase está escrita en la tumba de Rosario Castellanos, una tumba hermosa y emotiva que se encuentra en la Rotonda de Personas Ilustres. Ahora que hago una investigación de este lugar y pude visitarlo, fue muy conmovedor estar ante su bello sepulcro. El diseño fue de Beatriz Caso y logra hacer surgir en bronce el cuerpo completo de la escritora; parece crecer desde la base en forma de árbol hasta convertirse en cuerpo de mujer y hasta formar ese bello rostro maya que la hizo hermosa e inolvidable.

Poeta, filósofa, feminista y periodista. Tuvo un hijo, Gabriel, que era un niño cuando ella falleció el 7 de agosto de 1974 en Tel Aviv. Era embajadora por invitación del presidente Luis Echeverría, quien decidió que ella –a los dos días de su muerte– fuera sepultada en la Rotonda. Con la sensibilidad que le caracteriza, Elena Poniatowska narró así el adiós a Rosario:

“Así nos quedamos nosotros a la otra orilla, incrédulos. Así lo dijo también Emilio Carballido, de quien Rosario estuvo un poquito enamorada, el que nunca acabó de asimilar lo sucedido y permaneció de pie bajo la lluvia hasta que cayera la última paletada de tierra mientras una muchacha Alcira, ensopada, el pelo como cortina de agua sobre los hombros, repartía volantes con poemas de Rosario Castellanos y una noticia biográfica que nos fue tendiendo con la mano a cada uno, como sudario, como pañuelo de adiós. Rosario murió en la forma más absurda, al tratar de conectar una lámpara en su casa de Israel. La descarga eléctrica la mató y falleció solita a bordo de la ambulancia que la llevaba al hospital. Nadie la vio, nadie la acompañó. Al irse se llevó su memoria, su risa, todo lo que era ‘su modo de ser río, de ser aire, de ser adiós y nunca’. En Israel le rindieron grandes honores. En México, la enterramos bajo la lluvia en la Rotonda de Hombres Ilustres. La convertimos en parque público, en escuela, en lectura para todos. La devolvimos a la tierra.”

Siempre que pienso en ella, el mismo día ante su tumba, me pregunté y le pregunté por qué la muerte fue una constante en sus obras, desde explorarla hasta bendecirla, desde aproximarse a ella hasta no temer ni tenerle miedo. Son varios los poemas donde le canta y le llama a la muerte, donde ella misma busca las respuestas ante ese momento:

¿Qué se hace a la hora de morir? ¿Se vuelve la cara a la pared?
¿Se agarra por los hombros al que está cerca y oye?
¿Se echa uno a correr, como el que tiene
las ropas incendiadas, para alcanzar el fin?
¿Cuál es el rito de esta ceremonia?
¿Quién vela la agonía? ¿Quién estira la sábana?
¿Quién aparta el espejo sin empañar?
Porque a esta hora ya no hay madre y deudos.

Ya no hay sollozo. Nada, más que un silencio atroz.

Y por eso, con cariño y respeto, la recuerdo en este aniversario de su muerte.

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