La última comida

727

– No, no habrá pastel de elote si no te terminas los chiles rellenos– dijo la abuela Estela dando un manotazo cerca del plato extendido donde reposaba el pastel, para alejar la mano del más pequeño de sus nietos–. ¿Qué me decías Alberto?
Estela apenas comenzaba la crema de papas y zanahorias que preparó especialmente para su hijo mayor, mientras éste continuaba la anécdota de cuando él y Óscar se fueron de pinta en la secundaria para irse a meter a la cantina afuera del pueblo, y cómo salieron corriendo cuando encontraron a su padre bebiendo en una mesa.
Un cuadrito de papa cocida casi se atoró en la garganta de la abuela Estela al reír con la siguiente parte, cuando su difunto marido salió borracho a perseguir a Alberto y Óscar, cómo se tropezaba una y otra vez mientras iba por ellos, cómo les aventaba piedras para que bajaran del árbol al que se habían trepado.
La abuela dejó de comer para reírse de lo que venía: una pedrada que dio en la frente de Óscar, el porrazo medio amortiguado por la hierba cuando cayó del árbol y la peregrinación apresurada a casa para que ella lo curara.
– ¡Claro que me espanté! Imagínate ver llegar a tu papá borracho mientras cargaba a Óscar todo descalabrado y tú que no sabías ni dónde meterte– respondió Estela hacia Alberto, mientras alcanzaba el canasto de las tortillas a su hija Lorena–. Gracias a Dios que no pasó a mayores. Eran uno bribones que no hacían más que darme sustos. Por suerte también tuve a Emmanuel, que no salió tan perdido, ¿te sirvo más?
El ofrecimiento fue para Emmanuel, su hijo menor, quien preferiría morir de hambre antes que molestar a su madre pidiéndole que le sirviera. Estela vio que el plato de los chiles estaba vacío y se encaminó a la cocina para traer más, levantándose del asiento más alejado de la mesa mientras movía una mano para que ninguno de sus hijos o hijas cometiera la imprudencia de ayudarla.
Antes de entrar a la cocina tuvo que detenerse para evitar ser atropellada por dos de sus nietos que salieron a la carrera, los vio seguir su persecución alrededor de la mesa sin que Lorena o Adriana, metidas en algún chisme, les llamaran la atención para sosegarlos. Estela sonrío de ver la casa llena gritos.
En la cocina tomó un plato extendido limpio y destapó la cacerola de los chiles, sacó los que quedaban con un cucharón de madera sin volver a tapar la cacerola, en la que solo restaba un poco de caldo.
El plato casi se le derrama al voltear y ver a Emmanuel parada detrás de ella.
– ¡Hijo! No te escuché entrar… No como crees, no puedo aceptarlo, ya me has dado suficiente, mejor guárdatelo para ti o para tus chamacos–, Estela rechazó con un movimiento de cabeza el dinero que Emmanuel le ofrecía, pero no pudo evitar que su hijo metiera varios billetes en su delantal.
Emmanuel salió de la cocina sin añadir nada más, y Estela dibujó una sonrisa arrugada y triste: el menor de sus hijos siempre había sido bueno con ella, el gesto que acababa de recibir la hizo dudar de lo que quería decirles al final de la comida.
Llegó a la mesa mientras escuchaba otra de las anécdotas que compartían sus hijos, rodeó las sillas y sirvió a Emmanuel otro chile. Dejó el plato arriba del que ya estaba vacío y fue a sentarse sin que nadie percatara su repentino cansancio.
Estela terminó la crema que, aunque fría, satisfizo su hambre. Iba a partir el pastel de elote que preparó durante la mañana para servirlo a quienes ya habían terminado, pero decidió que cada quien lo partiera al tamaño de su antojo y también les sirvieran a sus respectivos hijos que continuaban sin estarse en paz.
– Discúlpenme hijos– dijo Estela al levantarse–, estoy muy cansada de estar todo el día en la cocina, iré a prepararme un tecito y luego a dormir, pero por favor, no se levanten, pero tampoco se vayan sin despedirse aunque ya esté dormida.
Sin esperar respuesta, Estela fue de nuevo a la cocina, sin que su declaración alterara la animada charla. Llenó un pocillo de metal con agua del grifo, lo puso sobre la estufa y abrió la lleva del gas, luego fue a su habitación, sin preocuparse que los nietos se le atravesaran entre las piernas, sin mirar si sus hijos ya habían partido el pastel.
Dejó abierta la puerta de la habitación para recostarse en el sillón donde acostumbraba dormir por las tardes mientras veía el televisor, pero esta vez no lo encendió, simplemente se acomodó, cerró los ojos y pensó en la próxima comida que prepararía… que haría solo para ella.
Les dijo a sus hijos que estaba cansada. Lo sentía, sentía el cansancio de los años, aunque nunca lo había dicho con palabras; tal vez al momento de decirlo se reafirmó el agotamiento acumulado, agotamiento de preparar durante años comidas para sus hijos que nunca la visitaban, servir, recoger la mesa, echar al fregadero una y otra y otra vez platos llenos de comida que nadie más que ella tocaba, lavar platos, volver a preparar, servir… el agotamiento de no conocer a sus nietos, ni siquiera saber sus nombres… el agotamiento de años sin que la visitaran.
Estela cerró los ojos, pensando que ya no tendría oportunidad de decirles a sus hijos e hijas que ya no prepararía más comidas para ellos. El sueño fue llegando, al mismo tiempo que la conversación en la mesa y en la mente de la abuela Estela se apagaban, mientras sus viejos pulmones se llenaban de alivio, mientras abandonaba para siempre la soledad.

[email protected]

Comentarios