La última gota de felicidad

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Victor Valencia

El otro lado de la cama estaba frío, vacío… pero aún olía a ella.
Antes de levantarse, Leonardo se entretuvo paseando los dedos por la topografía de la sábana que había levantado y horadado el cuerpo de ella; con extremo cuidado, con temor a borrar cualquier relieve o sima de esa cartografía, sus yemas deambulaban recuerdos por la sábana, mientras aspiraba cada partícula del perfume que menguaba, esforzándose por retenerlo.
Escuchó tenue el correr de la ducha, y Leonardo relajó su empeño de absorber el aroma que ella dejó. En cuanto saliera de su baño, se aseguró, ella vertería un poco, únicamente un poco de su delicioso perfume por su no menos deliciosa piel, entonces volvería a llenar el lado ahora vacío de la cama, y de la habitación, y de la casa, y de su vida…
Sonrió ante la expectativa. Cesó el paseo de sus dedos, suspiró y se levantó; perdió el equilibrio al pisar una botella vacía y casi cayó en el lado de la cama donde estaba marcado el cuerpo de ella, soltó una maldición, se recuperó y empujó la botella bajo la cama, a donde rodó para chocar con un leve sonido cristalino.
Fue vistiéndose camino al baño, quiso tocar la puerta para preguntar qué necesitaba pero se retractó: a ella no le gustaba ser interrumpida durante sus largas duchas. Pero sí le gustaba que le prepararan el desayuno.
Leonardo terminó de ponerse la ropa rumbo a la cocina. Del refrigerador sacó los últimos cuatro huevos y unas rebanadas de jamón, sacó del fregadero repleto un sartén no tan sucio para ponerlo a la estufa, rompió los huevos y empezó a cocinarlos. Ahora venía la cafetera. Sin limpiarla, recalentó el café que aún tenía, saldría aguado; mejor, se dijo, así no apestaría la casa a café y se diluiría el aroma del que estaba enamorado.
Aventó el jamón sobre los huevos chillantes, vertió un chorro demasiado exagerado del aceite que había olvidado echar y le respondieron chisporroteos. Dejó pasar un rato, apagó la estufa y sirvió los huevos quemados, el jamón tibio y el café aguado en la mesa de la cocina; tuvo que hacer espacio entre el montón de correspondencia atrasada y otro par de botellas vacías.
Era un desayuno horrible, Leonardo lo sabía, también sabía que a ella no le importaba, como se lo dijo en una ocasión: no importaba que tan quemado o crudo cocinara, mientras cocinara para ella.
El agua en la ducha seguía corriendo, aunque Leonardo no podía escucharla.
Comenzó a desayunar solo, al tiempo que agradecía que ella estuviera en su vida, que ella apareciera de un momento a otro en la cocina vestida solo con una toalla y su aroma, que ella aceptara todos sus defectos y aun así optara por quedarse con él.
Era perfecta. También su perfume, aunque no era nada barato.
Los ahorros de Leonardo redujeron drásticamente solo por comprar esa fragancia… lo valía. Valía cada peso gastado en su felicidad, valía saturarse los pulmones con ese olor. Terminó de comer la mitad de su plato, dejó la otra mitad para cuando ella saliera del baño, entretanto regresó a la habitación.
Buscó bajo la cama, sacó la botella completamente vacía con la que había tropezado, la alejó con descuido; siguió buscando y sacó una nueva botella, de nuevo vacía, luego otra, y otra, y otra… el agua seguía corriendo en el baño.
El temor se apoderó de Leonardo. Estiró el brazo todo lo que pudo y encontró un frasco, pequeño y elegante, el original. Miró a contraluz el cristal verdemarino de la botella, el sudor empapó su frente: estaba vacío. La última gota de todos los frascos la había ocupado ayer, y comenzaba a diluirse de la habitación. Leonardo se desplomó en el suelo.
En la habitación que empezaba a perder aroma, Leonardo comenzó a llorar. En el baño, la ducha seguía corriendo. En la cocina, medio desayuno se enfriaba junto a recibos vencidos de agua.
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Maratón Anual de
Lectura 2017, semana 13

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