El filósofo y escritor francés Gérard Genette, ha definido de manera precisa lo que se ha denominado la ultimidad de la primera vez: “el hecho de que la primera vez, en la medida en que se experimenta intensamente su valor inaugural, es siempre al mismo tiempo una última vez, siquiera porque es para siempre la última de las primeras veces, y que, después de ella, inevitablemente, comienza el reino de la repetición y de la costumbre”. Poco a poco interviene la posterioridad, el “después de” habrá otras inauguraciones, como la de una iglesia, una escuela. Pero los personajes serán en buena medida descendientes; y hasta los fundadores serán sucesores del momento en que lo fueron por primera y última vez, pasando a ser partícipes de los avances de la tecnología y la civilización.

Con el lenguaje político ocurre la misma suerte, la misma repetición, el imperio del discurso no tiene límites, ahí se expresa con igual fuerza esa ultimidad de la primera vez. El narrador, es decir, el político populista ha puesto de relieve la utilidad funcional de su narrativa, hacer de la repetición, de la costumbre su arte, su habilidad para pasar de lo real a lo irreal, imprime a su relato su singular dinamismo y ficción; pasar de la paradoja al prodigio de la simplificación, sus seguidores, el grupo político que lo respalda, se sienten transportados a un espacio donde les sorprende y altera la emoción de lo inesperado. Pues, ¿quién conoce las fronteras de lo real? Esta narrativa se convierte en arte, en el arte de la ficción, que cobra carta de naturalización; JM Pozuelo llama a ese discurso “la naturalización narrativa de lo maravilloso”.

Desde esa perspectiva, el populista ya no reproduce el mundo que tenemos, sino que lo va modificando o recreando o sustituyendo por otro inédito. La narrativa de un país con sus propias dimensiones, sus símbolos, realidades e irrealidades, fantasías que envuelven al imaginario social. El discurso populista logra dar rienda suelta a una portentosa imaginación. Suponer, por ejemplo, que una crisis es bienvenida, que será pasajera, que no provocará ningún daño económico, no creará desempleo, ni más nuevos pobres. El discurso lo abarca todo y borra imperativamente las fronteras entre lo real y lo irreal. Ese discurso populista lo nutre un lenguaje simplificador, reduccionista, maniqueo, que convierte el conflicto, la polarización, el extremismo en el paraíso prometido.

Enfrentar a los ricos, desterrarlos, desaparecerlos, todo eso para lograr un mundo unidimensional: el mundo de los pobres. Será un mundo bíblico, entregado a la fantasía, a la magia. Una aldea ordenada, laboriosa, donde sus habitantes vivan en un entorno idílico, milagroso, prehistórico, la imagen ante el mundo global será la de una pequeña sociedad patriarcal, una comunidad minúscula y primitiva, autárquica, en la que existe igualdad económica y social entre todos sus miembros y una solidaridad fundada en el trabajo individual de la tierra. Serán las aldeas más ordenadas y laboriosas que cualquiera de las conocidas hasta ahora.

No habrá mansiones, mucho menos castillos, pero sus habitantes serán de una generosidad desenfrenada y, por supuesto, primitiva. No existen esos dirigentes con conocimientos y poderes fuera de lo común. No son deslumbrantes magos realizadores de maravillas; no tienen virtudes que les permitan mirar el porvenir, menos hoy que se tiene enfrente un porvenir tan confuso y lleno de malos presagios. Esa historia individual que busca ser la guía de un mundo irreal, ficticio no puede ser totalizante, avasallante, convertirse en lugar común, en costumbre. Para y por la salud de la democracia conviene entonces abrir la puerta a la diversidad ideológica, a la discusión de las ideas, a la crítica, a la mirada multicromática del país. El país de un solo discurso, de un solo lenguaje, monocromático, donde la polarización genera la parálisis política, la falta de agenda y acuerdos, la ausencia de coordinación que niega la negociación y dinamita la política, es el país que camina al fracaso; es la anormalidad de la política.

Quedarse con la democracia, es asumir la ética política que proponía el escritor –autor de Lolita– Vladimir Nabokov “la espléndida paradoja de la democracia es que, aunque el énfasis se pone en el gobierno de todos y en la igualdad de derechos comunes, es el individuo el que obtiene un beneficio especial y único. Éticamente los miembros de una democracia son iguales; espiritualmente, cada uno tiene derecho a ser tan diferente de sus vecinos como le plazca”. El escritor hablaba por sí mismo, habla también por los de su –nuestro– tiempo.

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