No nos damos cuenta, pero un día ya no podemos caminar igual. O percibimos una región árida en nuestro cuero cabelludo que no existía, no estaba ahí; nos observamos detenidamente, extraños, en el espejo. Nadie está preparado para asistir a su propia decadencia en primera fila. Nadie quiere ver como poco a poco su cuerpo se vuelve deforme, una imagen disminuida de sí mismo. Uno nunca piensa que será el viejo, a quien, respetuosamente, se dirigirán como señor o señora equis, fulana de tal. Puntual, un día llegará el reloj a decirnos que nuestro turno concluyó: hiciste lo que pudiste y es hora de que dejes tu ropa en el clóset para que alguien más la use. Sobre esa etapa, sobre nuestro ocaso, trata este Maldito Vicio.

De la vejez y otros demonios…

Lorena Piedad

Hoy Tomás tiene 76 años, después de 60 de servicio y de tanto trabajo continuo, la ley decidió que tenía que ser pensionado por vejez y en ese momento sintió la vida como prisión, se le escapaba todo lo hecho…
Tomás nació en 1940 en un pueblo que ya no existe, rodeado de tranvías, bicicletas y campesinos recorriendo las calles sin pavimento. La pobreza se convirtió en su compañera cuando la vida le dijo que el trabajo duro era la única forma de sobrevivir, estudió algunos años y desistió porque el trabajo era primero; el miedo le impidió permanecer en el Ejército, para después dedicar su vida a recorrer las carreteras; tenía sueños, ilusiones y metas que no cumplió porque se convirtió en padre durante su juventud.
Él es un hombre de historias, relatos cotidianos que no son desconocidos en nuestra sociedad rodeada de trabajo y bajos salarios. Ser chofer fue su oficio de convicción, sirvió durante incontables años a diferentes empresas que no lo contemplaron para un ascenso y, al igual que la mayoría de los que hoy somos jóvenes etiquetados en una clase media, representó una victoria ser asegurado por la empresa, lo que todavía significa que trabajaremos hasta obtener el crédito necesario para “una casita” y, en caso de alguna emergencia, recibir una atención médica que casi raya en lo deplorable.
No fue parte de protestas para exigir sus derechos laborales, ante injusticias y salarios mínimos, porque años antes se convenció que las huelgas no dejaban nada para los obreros y principalmente porque al llegar a casa encontraba bocas que alimentar, fue sabiendo que no era cuestión de destino, sino de patrones y empleados.
Y sí, hoy Tomás tiene 76 años, edad en que sintió la vida como prisión… La vejez había llegado y con ella el momento de trascender de la actividad laboral a la ansiedad y soledad que provoca no saber en qué invertir el tiempo, tiene que sobrevivir porque recibir 2 mil 500 pesos mensuales significa acudir a firmar el documento que constata que sigue en este mundo.
Por las mañanas bebe café en compañía de su aliada incondicional, esa mujer que educó a sus hijos y decidió quedarse hasta el final del camino, que solo Dios sabe cuándo será. Perdió la vista del ojo derecho y aprendió a observar con los sentidos que le restan, quizá eso ha sido lo que mayor dolor le ha causado, porque cuando desapareció su vista se fue con ella su independencia.
Tomás es un hombre con ímpetu, al mediodía sale en su triciclo a recolectar cartón, la hiperactividad no le permite quedarse en casa a contemplar cómo inician y terminan los días; los domingos le parecen entusiastas porque tiene un lugar de venta en un tianguis, a veces regresa enfadado porque vendió 50 pesos menos los 20 que cuesta la plaza. Fue el pilar de su familia por años pero el corazón se le parte cuando no encuentra la comprensión o la tolerancia entre esas personas, eso es la vejez, una lucha consigo mismo, sabe que es el adulto mayor en la sociedad y el abuelo en su familia, y no puede evitar sentir frustración ante tal realidad.
La vejez, demuestra todo el tiempo, es una etapa a la que nadie llega preparado para lidiar con el declive del cuerpo y la casi nula tolerancia de la sociedad y los que te rodean, pero eso no es lo más difícil de sus 76 años, sino su forma de enfrentarla, su capacidad de entender que los años han pasado y hoy tiene que sobrevivir con una pensión que se cuenta con los dedos, el casi imposible reto de aceptar que el tiempo se volvió más lento.

Es un hombre de historias, pero también de fe, a pesar de las adversidades sabe que aún tiene el Sol que lo seca y la lluvia que lo baña, cada noche agradece a la vida por todo lo que ha visto y sentido, sus 76 años representan sabiduría, después de todo, de eso se trata la vida, no todos llegaremos, pero en el camino andamos. Cada día, la lucha de Tomás me recuerda que tenemos espíritu… pero necesitamos temple.

*Licenciada en ciencias de la comunicación por la UAEH,
correctora de estilo en Libre por convicción Independiente de Hidalgo y aprendiz del periodismo escrito. Fan del cine mexicano de denuncia social, el rock urbano y la fotografía en blanco y negro. Siempre imagino lo imposible y lo que me da miedo es que la realidad me engañe

 

 

 

 

 

El coronel no tiene quien le escriba (fragmento)

Gabriel García Márquez*

“Después de afeitarse al tacto –pues carecía de espejo desde hacía mucho tiempo– el coronel se vistió en silencio. Los pantalones, casi tan ajustados a las piernas como los calzoncillos largos, cerrados en los tobillos con lazos corredizos, se sostenían en la cintura con dos lengüetas del mismo paño que pasaban a través de dos hebillas doradas cosidas a la altura de los riñones. No usaba correa. La camisa color de cartón antiguo, dura como un cartón, se cerraba con un botón de cobre que servía al mismo tiempo para sostener el cuello postizo. Pero el cuello postizo estaba roto, de manera que el coronel renunció a la corbata. Hacía cada cosa como si fuera un acto trascendental. Los huesos de sus manos estaban forrados por un pellejo lúcido y tenso, manchado de carate como la piel del cuello. Antes de ponerse los botines de charol raspó el barro incrustado en la costura. Su esposa lo vio en ese instante, vestido como el día de su matrimonio. Solo entonces advirtió cuánto había envejecido su esposo. La mujer lo examinó. Pensó que no. El coronel no parecía un papagayo. Era un hombre árido, de huesos sólidos articulados a tuerca y tornillo. Por la vitalidad de sus ojos no parecía conservado en formol.”

*Aracataca, Colombia 1927-México, Distrito Federal, 2014.
En 1955, publicó La hojarasca, su primer novela. En 1961 se instaló en la Ciudad de México. El mismo año publicó El coronel no tiene quien le escriba y al año siguiente Los funerales de la Mamá Grande. En 1967 mandó publicar en Buenos Aires Cien años de soledad, la obra que lo consagró a nivel mundial. En 1972 ganó el Premio Rómulo Gallegos y en 1982 el Premio Nobel de Literatura.

 

 

 

 

 

 

DIRECTORIO MALDITO

Director del mal: Jorge A. Romero
Colaboradores viciosos: Mayte Romo, Ilallalí Hernández, Alma Santillán, Enid Carrillo, Erasmo Valdés, José Luis Dávila, Diego José, Óscar Baños, Luis Frías, Rafael Tiburcio, Abraham Gorostieta, Negra Magallanes, Elizabeth Rivera, Daniel Fragoso, Julia Castillo, Isabel Fraga, Antonio Madrid, Jorge Daniel el Ene, Víctor Valera, Sonia Rueda, María Elena Ortega, y otros que, si bien no están, podrían caer en el vicio algún día.
Ilustración: Especial
Diseño: Cuauhtémoc Ríos

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