Jovany Cruz Flores*

Pasa de medianoche. La reunión con mis amigos se prolongó. Antes, me inquietaba caminar por las calles al anochecer; la ciudad se ha vuelto peligrosa; cada mañana, en las noticias, se sabe de asaltos, un tiroteo o cosas peores. Y aunque todavía siento temor, sé que no camino solo.

Desde hace unos meses, alguien, o mejor dicho, algo me sigue. No sé qué es exactamente, no se acerca lo suficiente para verlo en su totalidad. La primera vez que me percaté de su presencia fue una tarde al salir de la oficina, mientras caminaba por el parque noté que una sombra atravesó y se ocultó entre los árboles, se movía con rapidez. Corrí por el parque tan veloz como pude, pero sentía la sensación de la sombra acercándose. Avancé sin mirar atrás hasta llegar a la calle, me acerqué a un pequeño comercio todavía abierto y esperé.

Estaba agitado por mi acción precipitada, pero ya nadie me seguía. Por un momento creí que sería algún asaltante. Una vez que recobré el aliento seguí mi camino.

Desde ese día su presencia se hizo habitual. Cuando volvió, noté que era muy delgado porque incluso los troncos de los árboles más raquíticos lo camuflan en su totalidad. No me sigue todos los días. Tuve miedo al principio, incluso comenzaba a sentir paranoia todo el tiempo. Un par de veces intenté demostrar a mis amigos que algo nos seguía. Fracasé en cada uno de esos intentos, aquello que me persigue se aparece cuando camino solo. ¿Serán ideas mías?

Sé que tiene alas porque he sentido como me observa desde los techos, algunas veces, mientras camino, siento a mis espaldas como planea y se transporta al otro lado de la calle. No entiendo qué es lo que quiere, no ataca, no se comunica, solo observa.

Con el tiempo me acostumbré a su presencia, creo que no busca hacer daño, lo que puedo decir es que ahora me siento seguro cuando camino por las noches, me siento acompañado al transitar por la penumbra entre las calles. Si quisiera atacarme ya habría consumado su acto.

Sé que sonríe enérgicamente porque he visto sus dientes asomarse por mi ventana, es una dentadura perfectamente alineada, aunque no logro ver su rostro completo, he visto que tiene ojos amarillos y saltones.

Voy a la mitad del camino, unas cuadras más para llegar a mi casa y acabo de ver su sombra. No tiene una gran altura, está vez se escondió detrás de un arbusto.

Entro a la casa y mis padres están todavía despiertos, platicamos un rato. Bebo un vaso de agua. Antes de despedirme e irme a la cama veo en la ventana del fondo esa sonrisa estridente y los ojos chocantes que me miran por el cristal empañado. Esta vez me deja ver que tiene garras, pega una a la ventana y con delicadeza araña el vidrio. El chirrido de la ventana hace que mis padres volteen.

Me retiro tranquilamente. Respiro aliviado. Ahora estoy seguro que no son ideas mías.

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