–…ahí llega la enfermera pelirroja que tanto te gusta. Se está sentando en el pasto, junto a las otras dos– describía Fabián.
–¿Y qué ropa lleva?– quiso saber Raúl.
–Un vestido rojo entallado con escote y zapatillas de tacón… ¿¡qué va a llevar puesto!? El mismo uniforme de todas las enfermeras. Viste de la misma forma que ayer, y apostándote el postre, mañana llevará lo mismo. Aunque hace resaltar muy bien su uniforme.
–¡Oh!
–Si estás interesado, deberías hablarle– sugirió Fabián.
–No sabría cómo empezar– confesó Raúl.
–Puedes preguntarle su nombre o por el trabajo. Cualquier cosa que cambie el tema de sábanas limpias y medicamentos. Pregúntale por su familia o hermanos.
–¿Tiene hermanos?
–¡Yo qué sé! Pregúntale a ella, es una sugerencia.
–Ya veremos la próxima vez; sígueme contando qué vez por la ventana.
–Como siempre a estas horas, almuerzan bajo el árbol de ciruelos… y platican quién sabe de qué, no alcanzo a escuchar, pero las tres ríen bastante.
–Debe ser un buen comentario o un buen chiste.
–Entonces no hablan de ti.
–¡Oye! Si no estuviera ciego, en este momento te demostraría lo “agradable” que pueden ser mis puños con tus dientes.
–No te enojes. No quise dar a entender que eres desagradable, solo que eres feo…
–¡Suficiente! No me importa tener que buscarte a tientas, te voy a encontrar y arrancarte…
–Pero tienes muchas buenas cualidades, como saber escuchar. Eso le gusta a las mujeres–tranquilizó Fabián.
–En ocasiones tus comentarios no son los adecuados.
–Relájate, es para hacer conversación y que veas… bueno… entiendas que debes ser menos tímido y hablar con las mujeres.
–No soy muy dado a platicar.
–Pero imagina que para mañana no pudieras hablar. Conquistar a una chica estando ciego es posible. Pero ciego y mudo y feo es más complicado.
–Y tú imagina que para mañana te falle definitivamente el corazón. Conseguir una mujer estando muerto es un poco más difícil ¿no crees?
–Ya. Tregua. Si me disculpas, el estar parado sobre la cama para platicarte lo que veo por la ventana me cansó por este día…

***

Así pasaban los días desde hace más de una semana, platicando lo que Fabián veía por la ventana. No tenían radio ni televisor. Las visitas eran casi inexistentes.
Fue este aburrimiento lo que llevó a Fabián a describirle a Raúl lo que veía por la ventana. Desde este momento las conversaciones fueron más agradables.
–Lo siento Raúl, pero hoy no hay nada nuevo. Sigue lloviendo y nadie sale.
–Qué curioso, no escucho la lluvia.
–Será porque no prestas atención a nada que no tenga lindas curvas o aroma agradable.
–Por eso me cuesta trabajo ponerte atención. Recuéstate entonces, si te agotas es posible que te estalle el corazón y no pienso limpiar tu salpicadero.
–Lo único que podría hacer explotar mi corazón sería un beso de la hermosa enfermera pelirroja.
–¡Deja en paz a Irma!
–¿Irma? ¿Cómo sabes su nombre?
–Ayer platicamos mientras tomabas tu siesta.
–¡Vaya! Te atreviste a platicar con ella.
–No fue fácil. Tuvimos que levantar la voz para escucharnos encima de tus ronquidos.
–Dormir es la única forma que tengo para dejar de escuchar tus quejas. Los ronquidos son solo una amabilidad para que tengas algo para entretenerte.
–Gracias Fabián. Eres muy considerado.
–De nada. Tú también deberías hacer algo por mí, como maquillarte para no tener que ver todos los días tu deformado rostro.
–Di lo que quieras Fabián, así le parezco agradable a Irma.
–Lo estás inventando, tú no eres agradable Raúl.
–Es verdad, ella me lo dijo.
–Tal vez le pareciste agradable como… como son las mascotas… o como…
–¿Qué te pasa? ¿Te atragantan tus propios insultos?
–¡Como los cachorros…! ¡Irma nunca…! ¡Mi pecho…! ¡Eres tan feo…!
–¡Eh Fabián! ¿Estás bien? ¡Fabián…!
–¡¡AAAGH!!
–¡Fabiaaán!
–… … …
–¡Enfermera! ¡Doctor! ¡Irma!

***

Los siguientes días transcurrieron lentos, la noche interminable. La soledad le pesaba más a Raúl que su ceguera. Jamás había sido insultado tanto como lo hizo Fabián. Había cometido la máxima descortesía al dejarlo solo, y nunca lo perdonaría por eso.
La desesperación del silencio en el ahora vacío cuarto de Raúl amenazaba con volverse locura. Solo la aparición de un nuevo paciente en la cama contigua evitó que la oscuridad de sus ojos devorara también su razón.
Cuando creyó que era oportuno, Raúl empezó a platicar con su nuevo compañero. Supo que se llamaba Ernesto, padecía cirrosis y recibía muchas visitas.
A la tercera tarde que Ernesto estuvo internado, Raúl no pudo contenerse más.
–Disculpa Ernesto, ¿puedes ponerte de pie?
–Solo un momento sin ayuda.
–Ya veo… quiero decir, ya entiendo. ¿Podrías hacerme un pequeño favor?
–Si está dentro de mis posibilidades, claro que sí. ¿Qué necesitas?
–Podrá parecerte inapropiado, pero… tuvieras la amabilidad de pararte y decirme qué vez por la ventana, por favor.
–¿Ventana? ¿Cuál ventana?…

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