La democracia es una estructura de poder laberíntica, a través de ella buscan transitar las voces, los reclamos, polarizaciones, exigencias, promesas, la formulación de acuerdos deseables o complacientes, la democracia es entonces un crisol de dudas, expectativas, realidades. Este escenario nos enfrenta a diversas interpretaciones, aquí se destacan dos: ¿qué democracia tenemos? ¿a qué democracia aspiramos? La primera parte de la ecuación nos presenta una democracia joven, inmadura, insuficiente, la acompaña un aire de desesperanza y hastío. La democracia hoy nos resuelve cuestiones centrales como la alternancia en el poder, la competencia, la legalidad y legitimidad electoral que permiten la coexistencia pacífica entre los actores políticos, que procesa las tensiones, diferencias y visiones extremas a través de la civilidad y los acuerdos. Esta es la democracia que hoy tiene el país, esos son los grandes logros de esta transición democrática. ¿a qué democracia se puede y debe aspirar? En este propósito la actuación madura, responsable y comprometida de los partidos políticos y de los ciudadanos es fundamental, si asumen esos principios como ejes rectores, es cuando se puede afirmar que libertad y legalidad son indisolubles, entonces “se entiende que solo hay un modo de construir un orden político no opresivo: despersonalizar y limitar lo más posible el poder político. Lo que tenemos en mente, es, en suma, el constitucionalismo y el Estado de derecho que somete al hacedor de leyes a las leyes que hace. Es en ese contexto, donde se sostiene que la libertad dentro de la ley constituye el baluarte de las sociedades libres” (Giovanni Sartori). La libertad y la legalidad son el freno al populismo, al caudillo, al demagogo, al autoritarismo, al mesías milagroso y protector, que una vez en el poder odia la crítica, la descalifica, su única fuente de información es el mismo. La democracia busca añadir valor al debate, de elevarlo con hechos rigurosos, verificables, rigurosos, éticos, con argumentos lógicos, coherentes que den un contexto que permita entender y explicar la realidad. Pero debemos tener mucho cuidado de no sobrecargar la democracia de responsabilidades y funciones, hacerlo es muy costo para la propia democracia, ciertamente una sociedad democrática es fundamental para que esa dialogue, acuerde, construya, disienta, elija, concerte y madure. Pero la democracia poco, muy poco puede hacer para que la economía funcione bien. En todo caso es peligroso y desaconsejable mezclar los dos términos.

En el caso de la economía mexicana, esta se encuentra atrapada por el estancamiento económico, más allá de si técnicamente está en recesión o no, el crecimiento económico de 2019 fue negativo y la expectativa para 2020 es menor a uno por ciento. Con preocupación y dolor debemos decir adiós a la ilusión de crecer a tasas del seis por ciento, eso no será posible en el resto de esta administración. Pero, ¿sí importa el crecimiento? Sin crecimiento no hay desarrollo, una verdad de perogrullo, equivale afirmar que sin libertad y legalidad no hay democracia. Sin crecimiento, ¿cómo se puede resolver la extendida pobreza? que de acuerdo con INEGI son cerca de 60 millones de mexicanos los que se encuentran en esa condición (para México Evalúa, son 90 millones los mexicanos que viven en pobreza), si se agregan los mexicanos que viven en pobreza extrema, cerca de ocho millones, el panorama es desolador. ¿Qué hacer? Con el análisis y diagnóstico del economista francés Thomas Picketty, la discusión sobre la pobreza y la desigualdad, cobra otra profundidad. El problema, asegura, es que la desigualdad es una de las consecuencias del programa neoliberal (también conocido como monetarista). Lo importante, es, señala, que el programa necesita la desigualdad. El funcionamiento correcto, exitoso, eficiente, competitivo del mercado implica que haya ganadores y perdedores, los productores competitivos, eficientes tienen éxito, los ineficientes fracasan, la conclusión puede sonar desgarradora: si el mercado funciona correctamente, genera, necesariamente, desigualdad. ¿cómo enfrentar esta realidad? Para un estudioso del tema, el maestro Fernando Escalante “para discutir el neoliberalismo hay que discutir eso (la desigualdad). Y desde luego podría ser que no hubiese otra solución, sino dejar que el mercado funcione, y encargar al Estado que corrija en algo o modere en algo los resultados”. Eso supone redimensionar el Estado, ¿qué Estado se necesita? ¿Hasta donde debe proteger al mercado? ¿cuándo cómo y por qué debe defender a la sociedad del Estado? Ese es el debate democrático que debe darse sobre la economía de mercado. Siempre es oportuno pensar con Kafka, en este caso que “a pesar de las ilusiones, la verdad existe, pero la descubrimos tarde, por eso es trágica.

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