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La verdad de las mentiras de Vargas Llosa

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En qué momento México dejó de ser “la dictadura perfecta” para convertirse en una “democracia amenazada por el populismo”? Nunca lo ha explicado Mario Vargas Llosa, polemista nato, político frustrado, extraordinario novelista que ganó el Premio Nobel y ahora se volvió trending topic al imitar al mercader JJ Rendón diciendo que nuestro país está en peligro de caer en un modelo como Venezuela.
Vargas Llosa como analista político es un hueso duro de roer. Lamenta su juventud comunista, pero nunca es autocrítico de su estalinismo neoliberal. Solo hay buenos y malos en el esquema del escritor peruano. Aquellos que sigan el consenso neoliberal de Washington
–que lleva 40 años de aplicarse– son “liberales y demócratas” y los que estén en contra son “populistas” y “demagógicos”. Como si el neoliberalismo no fuera populista y demagógico también.
Al ser consultado sobre las elecciones presidenciales mexicanas, Vargas Llosa afirmó desde la Casa de las Américas, en España, que “hay una posibilidad de que México retroceda de una democracia a una democracia populista, una democracia demagógica. ¿Van a ser tan insensatos los mexicanos, teniendo el ejemplo de Venezuela, de votar algo semejante? Mi esperanza es que no. Y que haya lucidez suficiente.
“En México muchas cosas andan mal, pero unas muchas bien. Hay que esperar que el populismo no gane, sino que retroceda”, abundó el autor de una reciente compilación de ensayos sobre los autores liberales, titulada La llamada de la tribu.
Con su estilo crudo y paternalista, Vargas Llosa nos advirtió, “algunos países prefieren suicidarse, espero que eso no ocurra en México. Yo espero que no gane López Obrador, creo que sería un retroceso para el país”.
La primera verdad en la mentira de Vargas Llosa es que, efectivamente, existe un riesgo de retroceso en México, pero no por el populismo, sino por la cleptocracia disfrazada de democracia que busca prevalecer un sexenio más.
Ahí están los datos escandalosos del robo y del vínculo entre gobernantes mexicanos con el crimen organizado, que siempre ignora el autor de El sueño del celta.
La segunda verdad en la mentira de Vargas Llosa es que los mexicanos no son tan insensatos, aunque existan muchos que prefieren continuar con “la dictadura perfecta” que él mismo acuñó cuando habló del régimen priista en la década de 1990.
La tercera verdad en la mentira de Vargas Llosa es que es más fácil endilgarle una caricatura de mesiánico, populista, izquierdista a López Obrador y a sus seguidores, en lugar de hacer un verdadero análisis. Si caricaturizas, ya no hay posibilidad de diálogo y menos de polémica.
Vargas Llosa ya no quiere acordarse que más peligroso que el modelo venezolano es el modelo fujimorista que prevaleció en Perú, una mezcla de autoritarismo, neoliberalismo y corrupción a gran escala que dejó a su país devastado y con una guerra civil.
¿Por qué no advierte Vargas Llosa del riesgo del fujimorismo en México? Eso, seguramente, no es tan elegante como seguir inventando el pánico moral con el espantajo de Venezuela.
El régimen de Maduro es un desastre. Eso todos lo saben, hasta los propios chavistas, pero Vargas Llosa prefiere retroceder el reloj histórico hacia 2006 para darnos, de nuevo, la receta del “peligro para México” como si fuera una réplica de Venezuela. Ya sabemos lo que ha pasado en 12 años con esos discursos de odio y polarización.
Ojalá Vargas Llosa, un hombre culto sin duda, volviera a releer a Karl Popper y a otros liberales para darse cuenta que la principal amenaza para la democracia en México es el discurso del miedo.

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