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Cuántos de nosotros (gays) no hemos realizado especulaciones sobre a quién se le da la reversa, ya sea porque estamos enamorados o porque se llega a considerar como trofeo el hecho de obtener una aventura transgresora con un corrompido heterosexual.
El modus operandi de los hetero o bicuriosos nos genera –a algunos– una excitante intriga, quién sabe por qué. Tal es el caso de uno de los expedientes de “La caja de Pandora”. Se trata del científico del siglo XVII Isaac Newton.
Hijo de una mujer soltera, vivió una vida austera y precaria. Ingresó a la Universidad de Oxford con el título más bajo entre los becarios y servía a los estudiantes más acomodados para poder costear sus estudios. Se rumora que siempre estuvo enamorado de una doncella muy hermosa, pero perdió su amor por su falta de atenciones y tiempo a ella; por otro lado, tuvo un compañero de cuarto, Nicholas Wickins, con quien duró 20 años viviendo, lo cual despertó muchas dudas sobre su vida sexual.
Fatio de Duillier fue un matemático suizo con quien Newton se relacionó durante cuatro años. Horatío –el primer nombre del susodicho– sostuvo relaciones amorosas con otros hombres, por lo que la amistad entre ambos fue señalada por quienes les conocían.
La correspondencia que mantuvieron también ha generado especulaciones de una pasión secreta, ya que en una de sus cartas Horatío le dice a Isaac: “Desearía vivir toda mi vida, o la mayor parte de ella, contigo”. Cuando su relación finalizó Isaac se sumergió en una depresión que le provocó muchas crisis
nerviosas.
Se sabe que Isaac tampoco tenía relaciones sexuales con mujeres a pesar de haber cortejado a Catherine Storer, la hija de uno de sus caseros. Su relación fue un tanto extraña y no llegó a madurar debido a que Isaac nunca tenía tiempo, pues sus proyectos y su ritmo de vida le exigían lo máximo de su concentración. Entonces, ¿se podría considerar a uno de los científicos más importantes de la historia como gay, bisexual o un definido asexual?
Newton tenía un carácter reservado y a muchas personas de sus círculos de trabajo les parecía eso un tanto sospechoso.
Hace unos días platicaba con un amigo cuyo hermano vivió reprimido y callando sus preferencias; mi amigo se hace tres preguntas: ¿por qué nunca me lo dijo?, ¿por qué si mi madre lo sabía nunca buscó apoyarlo?, y ¿por qué se suicidó el día de su graduación?
No me atreví a sentenciar lo que encontré como obvio: miedo, soledad, rencor y tantas cosas más que debieron pasar por ese joven al grado de ocultar y contener su naturaleza. Solo pude compartir mi sentir, el miedo que tuve “al salir del closet”, el miedo a no ser aceptado, a ser juzgado, a ser despreciado. Añadí a mi confesión algo que me hizo sentir como un cobarde la mayor parte de mi adolescencia: el no atreverme a quitarme la vida, de la que no me sentía digno.
Newton debió tener sus propias razones para ocultar sus “posibles” tendencias. Pero algo bien cierto es que los prejuicios que emanamos, por lo que los demás pueden o no hacer con tal descubrimiento, nos torturan de una manera innecesaria y poco favorable.
La cuestión es volvernos héroes de nuestra propia historia y terminar con la idea de no ser afortunados, valorados, dignos y, sobre todo, hacernos cargo de nosotros mismos sin autocompasión o victimizaciones sin sentido.
Al igual que la manzana de Newton, todas las cosas caen por su propio peso; al igual que la luz al pasar por el prisma, la verdad se fragmenta y muestra su belleza en múltiples colores. Un fenómeno que también oculta y produce belleza cuando se muestra tal cual es.

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