Fernando de Ita

El pasado fin de semana, varias de las personas que expusimos públicamente nuestra inconformidad por la actitud y los resultados de Olaf Hernández al frente de la Secretaría de Cultura de Hidalgo comenzamos a recibir insultos y descalificaciones ad hominem en las redes sociales, relacionadas con nuestra postura al respecto. Primero, pensé que algún resentido aprovechaba la ocasión para vomitar sus frustraciones, pero cuando supe que otros camaradas habían recibido mensajes parecidos le pedí a un experto en cibernética que revisara los mensajes. De inmediato respondió: son “troles”.

Como saben los nativos de Internet, un “trol” es un mensaje negativo enviado desde un perfil falso, ideal para cobardes, mediocres y pusilánimes que ocultan en el anonimato su incapacidad de argumentar su provocación, porque si algo no tienen estos pávidos son ideas. Quien solo tiene mierda en el cerebro defeca primero por la boca. De ahí que en mi caso, junto a los insultos llegaron las calumnias. Lo curioso es que en cuanto el experto en redes comenzó a buscar la fuente de los “troles” los mensajes desaparecieron de inmediato. Algunos guardamos copia y con ellas nos resultó evidente que él o los “troleros” son gente que trabaja en el sector cultural, porque en el “trol” en contra de una compañera se mencionaban datos que solo podía tener alguien que estuviera de diario en las oficinas de la ahora secretaría de Cultura.

Con buen humor algunos colegas subieron memes mostrando la nueva oficina para trolear de la dependencia que dirige –es un decir–, Olaf Hernández. Aunque la Secretaría de Cultura fuera ajena a la campaña de insultos y difamaciones en contra de sus opositores, lo grave es que sea una versión muy verosímil en virtud del estilo priista que tiene el secretario como funcionario público. La prepotencia, la opacidad, el engaño, la ausencia de políticas públicas para la cultura son algunas de las características de su administración. Hasta la fecha, el secretario no ha dado un solo argumento en contra de la crítica que los diputados de Morena y algunos creadores del estado le hemos formulado. Ya otros camaradas desmontaron su falacia de la primera vez, con la que se presentó en la Cámara de Diputados como el primero y el único en instrumentar programas y medidas que de existir no han mejorado en nada el trabajo de la secretaría a su cargo.

Así las cosas, el ataque anónimo y cobarde ha sido la única respuesta a la inconformidad que ha suscitado la peor administración pública que hemos tenido en el ámbito cultural en el estado. El silencio de Olaf se entiende porque desde su nombramiento nunca ha dicho algo que valga la pena retener en la memoria. Lo difícil de entender es el silencio del ciudadano gobernador Omar Fayad. Sobre todo porque la primera petición de la renuncia del secretario vino de una soberanía, la del Poder Legislativo. Si los representantes de todos los hidalguenses no merecieron una respuesta, qué podemos esperar los inventores de ficciones. ¿Un “trol” desde plaza Juárez?

La verdad no peca

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