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La vida en los barrios altos de Pachuca

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Pareciera que forman parte del paisaje urbano de la ciudad de una manera orgánica, sin alterarlo, pero solo las personas que habitan en sus rincones saben cómo es vivir en lo que se conoce como “los barrios altos” de Pachuca.
En una travesía especial de Libre por convicción Independiente de Hidalgo pudimos constatar lo que los pobladores de esas zonas de la Bella Airosa experimentan a diario.

Pachuca, La Raza y varios más

Subiendo por las famosas bombas de Cubitos se encuentra la calle Principal que delimita Felipe Ángeles con la famosa colonia La Raza; los habitantes de esa zona conviven por las mañanas de manera tranquila, pero por las tardes es un poco más complicado.
Previo a visitar La Raza, somos advertidos de la “peligrosidad” que representa ir a una de las colonias en donde no entra con facilidad la Policía, en donde los proveedores de las tienditas tienen que ir antes del mediodía.
“Nada de aretes, ni pulseras, ni anillos a la vista y mejor guardar el celular por precaución”, nos dice el guía; así llegamos en caravana a esta calle, sin darnos cuenta nos estacionamos frente a una cantina; los autos llaman la atención de quienes están dentro de ella y salen a fijarse quién ha llegado.
Bajamos y comenzamos el recorrido, un hombre intoxicado (aún me pregunto si drogado o solo ebrio) se acerca a dos de las personas que van en el recorrido, les dice algo y luego se aleja.

Apresuramos el paso y es que el recorrido debe terminar temprano; en nuestro andar puede verse a comerciantes atendiendo sus negocios, como tienditas, papelerías, algunos establecimientos de ropa, tortillerías… así como a personas comprando el mandado, jefas de familia en su mayoría.
En 2013, la Secretaría de Seguridad Pública de Hidalgo (SSPH) consideró a La Raza como un “foco rojo”, y una vecina lo confirma: “Aquí cada que hay un baile, hay un muerto”, pero parece que no es descabellado, más adelante en una pared grafiteada destaca una pinta con el nombre de un sonido, en la esquina inferior izquierda se lee un memorial y al lado de este se ve una cruz clavada en el pavimento.

Irónicamente, hay una vista espectacular de toda la ciudad; hacia arriba, las escaleras se alzan para llevar por otras calles de la colonia y en nuestro andar, dos jovencitas de aproximadamente 15 años caminan bajo la influencia de alguna sustancia, vaya, ni siquiera pueden articular palabra y siguen como pueden su camino, nosotros hacemos lo mismo, sintiendo un agujero en el estómago… ni las 11 de la mañana son.
Como hace calor se hace una parada en una tienda, otros más esperan en un lado de la banqueta, mientras el camión de esos verdes pasa en su ruta acostumbrada y al otro lado de la banqueta se ve una casa con un reclamo en sus paredes con destinatario al gobernador Omar Fayad.

Casi al final del recorrido nuestra alma respira, pero aún tenemos un agujero en medio del estómago y eso que no subimos al corazón del barrio y aun así nos preguntamos ¿qué se puede hacer?, así con ese dejo bajamos hasta la farmacia Guadalajara de la 11 de Julio de nuevo a un Pachuca en el que aparentemente todo está bien.

Los habitantes de esa zona conviven por las mañanas de manera tranquila, pero por las tardes es un poco más complicado

 

 

 

Un lugar cuyo nombre es El Porvenir

Viajamos en auto por la calle de Galeana que conduce al siguiente destino, pasamos las canchas del Popolo en El Arbolito y tomamos otras calles empinadas hasta lo que se conoce como “cinturón de seguridad”, el tope de la ciudad antes de dar cara a los cerros, desde ahí bajaremos caminando.
Acabamos de llegar a El Porvenir y las calles de concreto con barandales nos reciben y ayudan a bajar, no es sencillo, el pavimento está tan liso que si no te agarras fácil podrías bajar sentada.

Las casas son de una diversidad interesante, mientras de un lado te encuentras viviendas bien construidas, pintadas de colores alegres, del otro lado están las casas de lámina, las que siguen en plena construcción, las abandonadas y las que parecen deshabitadas porque en realidad no hay nadie a esta hora de la mañana.
Pero conforme pasa el día encontramos a personas que cuentan cómo ha cambiado el barrio, de ser un lugar en el que el agua de las lluvias bajaba como cascada dejando a su paso un lodazal, a ser un lugar en el que la delincuencia está a la orden del día.
La tienda de la señora Paty nos recibe para que podamos comprar agua, el calor en su mayor punto; su padre nos atiende y nos cuenta que en los últimos años se han tenido que cuidar de la ola de robos que ronda la colonia.

“No podemos descuidarnos, por eso ya estamos armados”, dice mientras nos muestra un bate de béisbol y lo que parece un machete; cuenta que la tienda ha sido blanco de los amantes de lo ajeno varias veces.
No es el único, en una carpintería, otro vecino nos muestra detrás de la reja de seguridad un hacha y luego llama a su rottweiler de nombre Negro, un perro de considerables dimensiones, listo para atacar a cualquiera que intente llevarse algo del negocio.
No están de broma cuando dicen que están prevenidos para todo, las lonas del vecino vigilante con la inscripción “delincuente si te agarramos te linchamos” y las cámaras de seguridad en modestas casas lo confirman.

“Aquí se drogan en las tardes, la delincuencia está a todo lo que da, a partir de las cinco de la tarde la gente ya no sale de sus casas”, nos dice una vecina que vive frente a una capilla de la Virgen de Guadalupe, de hecho cuenta que hace no mucho esta sufrió los embates de la delincuencia.
Cuando terminamos el recorrido no nos queda más que la reflexión; a todo esto ¿donde está ese porvenir que reza en el nombre?, ¿qué está haciendo el gobierno desde el ayuntamiento y el estatal por estas zonas?

En los últimos años, pobladores han tenido que cuidarse de la ola de robos en la colonia

 

 

 

La Alcantarilla, lugar de los olvidados

Si tomas la carretera antigua a Mineral del Monte y te detienes en el estacionamiento del mirador, a mano izquierda se encuentra el barrio La Alcantarilla, no, no es un sobrenombre, así se llama y forma parte de los altos de Pachuca.
En nuestro recorrido subimos por un camino empinado y terroso, en medio de las altas temperaturas que se dejan sentir en pleno mayo, unas casas nos reciben, muchas de ellas están en obra negra, los perros buscan en la calle algo para comer y solo se ve el movimiento de las jefas de familia limpiando, lavando o llegando del mandado.
En el andar del grupo vemos, pegado al cerro, lo que parecen restos de una fogata, una lámina como resguardo, es probablemente el lugar donde algunas personas pasan la noche; otros compañeros se aventuran a decir que tal vez ahí se juntan pandillas a beber alcohol y drogarse, es increíble lo cerca que está de viviendas.
En nuestro camino nos topamos con negocios prósperos, autos bien cuidados y familias trabajadoras, pero conforme nos alejamos y llegamos a las últimas casas pareciera ser una colonia fantasma, las construcciones cambian y se hacen de lámina, más pequeñas, más precarias.


Conforme bajamos la colonia se torna más solitaria y nos preguntamos por qué no hay nadie; alguna vez un conocido me dijo que incluso los proveedores de las tiendas también van temprano, el porqué es debido a la violencia que impera en el barrio.
Sin ruido, ni personas que encontráramos en el camino, terminamos el recorrido en el puente peatonal, quedándonos con la imagen de la basura que se halla en cada uno de los rincones de la colonia y los peligros que nos contaron los tres vecinos que encontramos, así como la queja sobre el olvido en el que los tienen los gobiernos y una zozobra que te deja pensar por qué alguien le pondría un nombre así a un barrio que, como toda la ciudad, necesita la atención de sus gobernantes.

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