Recientemente vivimos en México y el mundo un fenómeno exacerbado de violencia contra las mujeres. De los feminicidios de Ciudad Juárez a los de Ecatepec, median década y media en México. Lejos de actuar, el Estado ha sido omiso en contener, prevenir, sancionar y erradicar ese problema. Las cifras son evidencia más allá del discurso y el marco legal que poco ha incidido en abatirla. El siglo XXI, que la periodista feminista Sara Lovera bautizó como “el siglo para las mujeres”, ha sido el siglo de la intimidación y la cruda violencia contra nosotras, la mitad del cielo que se empeña en que el poder patriarcal sea Infierno.
El médico, profesor y articulista de El Universal Arnaldo Kraus, en su reflexión sobre el feminicidio en México (28/06/2015), se preguntaba hace un par de años un tema pertinente ayer y hoy, dada la realidad y cifras: “¿Son corresponsables nuestros gobiernos de los feminicidios? Y él mismo respondía que sí, porque seis mujeres son asesinadas al día, nuestro país ocupa la posición 23 a nivel mundial en la tasa de feminicidios, en los últimos cinco años lejos de contener el problema este creció y hasta se naturalizó, porque pese a que la legislación contempla ese delito, su tipificación es inadecuada e impide castigarlo y erradicarlo, porque en el Estado de México se ha superado la gravedad de los feminicidios de Ciudad Juárez y porque la resolución de feminicidios apenas es de 5 por ciento de los casos.

¿Qué revela todo esto?

Sin duda el miedo y odio al poder de las mujeres, quienes en medio siglo avanzamos y logramos cambios radicales en lo individual y en lo social. Esto lejos de reconocerse en lo general, ha generado rechazo y ante las crisis del modelo económico mundial se ha echado mano de viejas concepciones de lo que somos y podemos hacer las mujeres, es decir, se nos ha recosificado y reutilizado para activar la economía global: de relegarnos a la economía informal y de sobre explotar la mano de obra femenina, a vendernos como objetos, creando una industria de esclavitud sexual y/o bien castigando con violencia inimaginable el superar el ancestral y anquilosado imaginario donde o somos madres o somos putas.
Con esta violencia exacerbada se responde a las voces de mujeres vanguardistas, que desde que el mundo es mundo, levantaron e hicieron escuchar su voz disidente del lugar y oportunidades que se les daba solo por su cuerpo y no por su capacidad. Si bien después de la segunda Guerra Mundial –evento que les abre oportunidades insospechadas por la necesidad del sistema económico y bélico– las transformaciones han sido imparables y sin vuelta atrás, la respuesta a nuestra contribución es acallarnos a fuerza de golpes y hasta la muerte.
Una historia fílmica que se vuelve metáfora de lo que vemos y vivimos en la actualidad es Maléfica (2015), la bruja y hada antagónica de la historia clásica de la producción de 1959 de la Bella durmiente, quien representa el poder femenino fundado en el amor, la credulidad, la bondad, la humildad y la generosidad. Valores todos que son arrancados y traicionados por un hombre del reino humano que solo busca el poder. Para lograr sus metas no duda en cortar sus alas y sumirla en el resentimiento y oscuridad. ¿Por qué la niega, la violenta y aniquila? Por su propio beneficio, porque quiere ser el rey del castillo, el jerarca de los humanos.
Maléfica es una mujer-hada, quien traba amistad con un hombre, Stefan, y con quien tiene un enamoramiento idílico. A la promesa de su rey de heredar su trono a quien sojuzgue el reino de Maléfica, la ambición lo lleva a aprovecharse de su relación con ella e intenta matarla pero decide solo robar sus alas como prueba para el rey, quien de inmediato le cede a su heredera como esposa y su trono.
La traición vuelve a Maléfica oscura y resentida. Cuando tiene a su primera heredera el rey Stefan, ella se presenta y como don a su hija le promete belleza que se apagará en la eternidad cuando a los 16 años se pinche el dedo y solo podrá salvarla un beso de amor. La protección y avatares de Stefan no logran salvarla. Durante su crecimiento Maléfica está pendiente y presente, hasta crear un lazo afectivo que la lleva al contacto directo. Al encariñarse con la princesa Flor, trata de evitar se cumpla su propia maldición. Sin embargo, no lo logra y Flor se sume en el sueño eterno. Maléfica, incluso lleva al príncipe que se prendó de la princesa y que con su beso supuestamente la ha de despertar, aunque ella misma cree que el amor real no existe y, por tanto, no hay cura.
Al ver el fracaso y confirmación de que no existe el amor, llora y le pide perdón por la maldición, dándole un beso en la mejilla. La princesa Flor despierta y Maléfica misma es la portadora del amor verdadero, desinteresado y generoso. La respuesta del rey Stefan es intentar matarla pero fracasa y Maléfica y la princesa Flor logran salvaguardar y preservar el reino, lejos de los humanos.
El poder femenino versus el masculino se ponen a prueba en esta historia aparentemente común, sin embargo, revelan el odio y miedo del poder patriarcal a lo que no anhela el poder por el poder, a quien es distinta a ellos, a quien pondera el amor (no carnal) y a quien preserva valores fuera de lo material y tangible (como los cargos, las propiedades, los siervos o servidumbre, entre otros), en suma, a las mujeres y a su poder de creación.
Hoy ante tanta persecución, escarnio y crimen contra las mujeres de todos los estratos, edades, niveles y ámbitos, no podemos más que reflexionar y concluir que el sistema global patriarcal tiene miedo de perder el poder total y sojuzga y somete a sus pares, de diferentes modos y formas, y oculta y calla horrores que ni la guerra misma ha generado como es el feminicidio, las violaciones, la esclavitud sexual, la pederastia, la trata de órganos y personas, la violencia psicológica, económica y hasta obstétrica, pero sobre todo el miedo que paraliza y obstaculiza el desarrollo pleno.

¿La solución?

Seguir desmantelando y denunciando esta estrategia que como humanidad mutila la integralidad. El feminismo vive y es vigente mientras la violencia patriarcal persista. La gran tarea del siglo XXI en esta segunda década y las que vienen es seguir.

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Doctora en ciencias políticas y sociales por la UNAM y especialista en estudios de la mujer por El Colegio de México. Periodista colaboradora en medios desde 1987. Defensora de lectores y articulista del diario Libre por Convicción Independiente de Hidalgo. Integrante del consejo editorial de la agencia de noticias Comunicación e Información de la Mujer AC. Docente universitaria desde 1995 en la UNAM. Profesora investigadora de tiempo completo en la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo desde 2008. Integrante y cocoordinadora del grupo de investigación Género y Comunicación en la Asociación Mexicana de Investigadores de la Comunicación. Línea de investigación y publicaciones sobre periodismo, comunicación y género.