La violencia y el racismo en Estados Unidos

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Abel Pérez Zamorano

En Estados Unidos vienen sucediendo con mayor frecuencia hechos de violencia social: cada vez es más frecuente que alguien entre a un sitio público, sea una escuela, un bar, una plaza comercial o un centro de trabajo y acribille estudiantes o clientes; en otros casos, un francotirador dirige sus mortíferos disparos a los viandantes. Me refiero aquí a los hechos violentos no asociados probadamente al terrorismo. Su creciente frecuencia y el número de víctimas fatales exhiben una sociedad enferma. Ciertamente, asociado con la violencia se recrudece el conflicto racial, una de cuyas manifestaciones es el asesinato a sangre fría, sobre todo de jóvenes negros por policías blancos, por motivos baladíes o sin explicación alguna; prácticamente en ningún caso los jueces aplican el castigo legal correspondiente a esos crímenes, por lo demás casi siempre videograbados, de los que hay evidencia indiscutible. Sin duda estamos ante un resurgimiento del conflicto racial en esa nación, no obstante que la esclavitud de los negros concluyó oficialmente entre 1863 y 1865.
La base material de la violencia es económica; Estados Unidos ya no es el país de la prosperidad y las oportunidades, como en cierto modo fue hasta finales del siglo pasado. El año próximo se cumplirá una década de la crisis de 2007 y la recuperación sencillamente no llega; el ciclo económico ha mostrado un estancamiento que adquiere ya carácter crónico. Como secuela se han instalado el desempleo, el endeudamiento, la desigualdad y una pobreza que agobia a sectores cada vez más amplios, generando un ambiente propicio para la violencia y la irritación social. Dice Josep Fontana en su obra Por el bien del imperio: “El lado humano del drama, que se manifestó inicialmente en el aumento del paro, se acentuó a medida que las familias que no podían seguir pagando sus hipotecas eran expulsadas de sus casas. En el otoño de 2010, 6.2 millones de familias norteamericanas habían perdido sus hogares, y se estimaba que otros tres millones y medio los perderían a finales de 2012”, o sea, casi 10 millones. Dice también que por la caída en los salarios “se fue agravando el endeudamiento de las familias –que pasó de 83 por ciento de sus ingresos en los años noventa a 130 por ciento a fines de 2007–”. Y añade, refiriéndose a la pobreza: “En septiembre de 2010, la oficina del censo calculaba que en el año 2009 había habido 43.6 millones de norteamericanos viviendo en la pobreza (uno de cada siete, una proporción que no había vuelto a registrarse desde hacía 50 años), mientras millones más subsistían gracias a la extensión de los seguros de desempleo y a otras formas de asistencia”. En tales condiciones, al reducirse los empleos, los blancos sienten amenazada su estabilidad económica y ven en la población negra a un competidor. Cuando las economías se estancan, las contradicciones sociales y políticas, antes ocultas o atenuadas, afloran y se enconan.
El estancamiento económico se combina con la discriminación hacia los negros, sobre quienes se ha dejado caer siempre la peor parte de las crisis. Refiriéndose a la situación prevaleciente en 2011, Fontana dice: “La estimación real del desempleo a un 17 por ciento, uno de cada seis trabajadores (el de los jóvenes negros de 16 a 24 años era de 34.5 por ciento)”, es decir, el doble. Por su parte, Joseph Stiglitz, en El precio de la desigualdad: “El salario medio entre los afroamericanos y los hispanos representa 80 y 70 por ciento, respectivamente, del recibido por los trabajadores de raza blanca”. Sobre la esperanza de vida al nacer, dice: “Los norteamericanos de raza negra tenían una esperanza de vida en 2002 que era 5.4 años menor que la de los americanos de raza blanca”; y refiriéndose a la vivienda: “Después de la crisis, la típica vivienda habitada por personas de raza negra tenía un valor equivalente a la 20 parte del valor de una vivienda típica de blancos”.
Y para explicar la violencia racial, a la crisis y el racismo se agregan las guerras, que lastiman a la sociedad, física, económica y psicológicamente. Para 2010, según Fontana, a la cifra de muertos en guerra “había que añadirle la de los veteranos fallecidos después del regreso por suicidio o por accidentes, sobredosis de drogas y otras causas relacionadas con la experiencia vivida en suelo iraquí”. Según Paul Rieckoff, fundador de la organización de veteranos Irak and Afganistan Veterans of America, 22 veteranos se suicidan por día (Telesur, 9 de febrero de 2015). No es coincidencia que el francotirador de Dallas, que abatió a cinco policías blancos, sea un joven negro, precisamente veterano de guerra en Afganistán. Y también en la guerra hay discriminación racial, en ella, los negros son la carne de cañón, “los afroamericanos eran 11 por ciento de la población, pero 31 por ciento de los combatientes en Vietnam”.
Pero los negros son discriminados en la guerra y la paz. En las cárceles norteamericanas hay alrededor de 2.3 millones de presos, “lo que llevaba a que Estados Unidos, con menos de cinco por ciento de la población mundial, tuviera cerca de 25 por ciento de todos los presos del mundo y los mantuviera encarcelados mucho más tiempo”. Considerando razas, “en 2010, la tasa de encarcelamiento para hombres blancos fue de 678 internos por cada 100 mil residentes blancos en Estados Unidos; para hombres negros, fue de 4 mil 347”, 6.4 veces más que los blancos (Bureau of Justice Statistics, Pew Research Center).
El alto consumo de droga es otro factor de violencia. Como se sabe, Estados Unidos es el principal consumidor de estupefacientes y la población resiente el daño; además, el consumo se asocia frecuentemente con delincuencia para adquirir la droga. Fontana aborda su uso político; sobre un periodista que investigó esos manejos, dice: “Sus descubrimientos habían provocado la indignación de los negros, que vieron que el gobierno toleraba que la droga se difundiese en sus barrios (un rumor extendido aseguraba que había sido un arma de lucha empleada deliberadamente contra la protesta negra, y muy en especial contra las Black Panters)”. Otro factor es el libre mercado de armas en Estados Unidos, donde adquirir un fusil de asalto, y en algunos lugares portarlo ostensiblemente en la calle, es más fácil que comprar un kilo de papas en el supermercado. El sector industrial armamentista y sus defensores, la Asociación Nacional del Rifle y su poderoso lobby así como el Tea Party, la ultraderecha norteamericana, son los beneficiados. Y muy ligada a esos intereses está la cultura militar, guerrera y violenta inculcada a niños y jóvenes a través de cine, Internet y videojuegos (cada estadunidense ve en promedio cinco horas diarias de televisión), que los familiariza con la muerte y les hace sentir como “natural”, casi un deporte, el matar; pero eso no es gratuito: atrás está la necesidad real del país de formar guerreros para mantener su imperio global y operar como gendarme del planeta, para lo que precisa de millones de hombres entrenados y dispuestos a matar con frialdad. Así, la riqueza que acumulan unos cuantos magnates es obtenida gracias a la violencia y la muerte de americanos pobres, en las guerras y en la violencia interna. El pueblo paga así la acumulación de riqueza.

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