¡Ya solo hay que comprar lo que aquí hacemos! ¡Procura comprar lo menos posible en las tiendas grandes (cadenas comerciales)! Fue la recomendación de mi hermano, un hombre con apenas educación básica, él carece de títulos profesionales, a cambio hace uso del sentido común y principios éticos para hacer lo que considera lo mejor. Desde su trabajo se permite observar el diario flujo de productos agrícolas, alimentos procesados y otras cosas de la región que se comercializan en la cabecera municipal.

La visión de mi hermano me llenó de alegría, pues él perteneció a la primera oleada de migrantes a Estados Unidos que con trabajo duro y ahorro podían cumplir el sueño americano; luego, por cuestiones familiares se obligó a regresar a su lugar de origen. Él encarna lo que ahora denominan migrante de retorno.

En un primer momento, a manera de añoranza de lo vivido en tierra norteamericana, mi hermano intentó reproducir formas de consumo buscando abastecerse en los centros comerciales, en su alimentación ocasionalmente incorporó platillos gabachos. Los años le mostraron que los costos pagados por su regreso son: la reducción de su poder adquisitivo y su involucramiento directo en la educación de sus hijas. Sus compañeros de viaje siguen en Estados Unidos, ellos o ellas enfrentan los reclamos de su descendencia que creció en el pueblo y dicen sentirse abandonados; lo último es repetido como justificación ante su consumo incontrolable de alcohol o drogas, los del pueblo los asumimos como “la herencia de los migrantes”.

La antigua admiración por la vida estadunidense se diluyó, porque las redadas y la permanente amenaza de expulsión pone en evidencia la vulnerabilidad de los migrantes y sus familias. Los más viejos corren el riesgo de ser regresados a sus lugares de origen, luego están los dreamers, que pudieron enlistarse en las fuerzas armadas, otros se incorporaron al mercado laboral para cubrir las cuentas de su recién iniciada familia; finalmente, la generación más joven con nacionalidad estadunidense. Según cifras de la CNDH y el Colegio de México, hasta el momento suman más de medio millón de migrantes retornados (https://migracionderetorno.colmex.mx).

Ante la amenaza de la deportación, no importarán los años vividos o trabajados en Estados Unidos, la única defensa será la documentación que corrobore la estancia legal en ese país, así los bienes adquiridos, los amigos convertidos en familia, incluso las mascotas pueden perderse al ser regresado a la tierra de origen.

Mi hermano, migrante de retorno, se muestra contento porque sus hijas lo saben cercano y protector, también está claro que sus hijas podrán cursar estudios universitarios. Con recursos locales e instituciones nacionales se están cumpliendo sus objetivos de construir una vida mejor para su descendencia. Mejorar la vida propia y de los seres amados en la principal motivación de quienes migraron, solo que poco se habla de los costos tenidos para quienes se quedaron, por ejemplo: hijos con necesidades materiales cubiertas, pero con figuras paternales y maternales ausentes, padres de migrantes que recibieron dinero para edificar sus viviendas. La circulación de dinero significó edificación de vivienda, financiamiento de fiestas patronales y ampliación de capacidad adquisitiva donde harinas, azúcares y grasas saturadas se incorporaron a los hábitos alimenticios, por ello, no resulta extraño que personas que suman cuatro décadas de edad tengan severos malestares asociados a la hipertensión, diabetes y obesidad. Me parece que las cifras que reporta el Banco de México sobre el monto de remesas en nuestro país, en algún momento deberán incluir los costos sociales y culturales que significan para las zonas de expulsión de migrantes.

Con tal certeza, la recomendación sobre privilegiar el consumo de productos regionales es una regla de oro para impulsar la economía local que sostiene la forma de vida de la mayor parte de quienes habitamos esta parte del planeta. Sin afán de ser nacionalistas o estar contra de la globalización que impone una forma de consumo, estaría bien recordarnos las comidas preparadas con productos locales, esas comidas donde la tortilla de maíz sigue siendo la base de la alimentación.

Por lo pronto, en estas vacaciones aprovecharé para caminar y comprar los productos que hay en los coloridos tianguis de nuestra entidad, donde mujeres y hombres con orgullo muestran sus productos de excelente calidad. Junto con ellos, también es posible vislumbrar a migrantes de retorno que están esforzándose por reincorporarse al trabajo de sus padres con experiencia y técnicas adquiridas en los Estados Unidos.

Una recomendación, si no se tiene prisa, hay que preguntar sobre los procesos de producción, casi siempre responden con generosidad y entusiasmo, las revelaciones son privilegios no tenidos en los centros comerciales.

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