El ser humano es un animal político. Esta premisa es aceptada por teóricos, filósofos, sociólogos y cientistas sociales, quienes asumen que en todo conflicto o enfrentamiento de las libertades humanas, la política como praxis, cumple su papel de intermediaria para el logro de acuerdos y avanzar en el ideal de civilización a la que aspiramos.

Por su parte, los métodos científicos que se emplean para explicar los acuerdos y conflictos de la sociedad han convertido a la política en un campo disciplinar que ha dado como resultado la creación de una de las ciencias más dinámicas de todos los campos del conocimiento humano. Entonces, la política como ciencia, estructura técnica, instrumentos y procesos epistémicos para interpretar el comportamiento político que se ejerce en todos los niveles locales o internacionales.

Sin embargo, el grueso del sentido común asocia a la política con la democracia partidista y la venta de imagen de personas que aspiran a algún cargo político en tiempos electorales. Esta práctica ha deformado a la ciencia política, suponiendo que esta se refiere a un campo de batalla que persigue el interés individual donde se vale todo, incluso aniquilar al contrincante, con tal de conseguir los fines. Esto no es la política, esto es una interpretacion mal intencionada para que unos sean beneficiarios y otros simple expectadores.

La política vulgar la practican aquellos que no distinguen las dos jerarquizaciones anteriores y que solo se dedican a salir airosos en las elecciones, porque no conviene educar a la sociedad, porque se corre el riesgo de perder los beneficios de pertenecer a la élite gobernante. Una sociedad que no cuenta con una cultura política crítica es más fácil de doblegar su voluntad y convertirse en clientela de un sistema político mafioso.

La vulgarización de la política se ejerce en cada proceso electoral en México y funciona como mecanismo de control social para hacerle creer a los electores no politizados (el vulgo) que su voto es la llave en mano para ser reconocido por el estado, con promesas de trabajo, obras, alimento, salud y esperanzas. Entonces esa masa amorfa de electores se mueve a voluntad de los políticos que más toquen sus emociones, sus sueños y desesperanzas. En el negocio de la política operan las mismas leyes de la economía liberal, donde todos pueden aspirar a convertirse en la mercancía que el mercado reconozca y pueda vender.

Bajo esta lógica, los promotores de la vulgarización de la política en tiempos electorales se convierten en mercachifles que ofrecen todo lo que se pida, porque quieren convencer que su persona sanará todos los males de la vída pública si y solo sí se vota por ellos. Para completar ese ritual debe existir una sociedad que no cuestione ni filtre sus decisiones desde una perspectiva crítica porque así no funcionaría el sistema.

Si el lector de esta columna hiciera un recorrido en redes sociales y demás medios de comunicación se daría cuenta que gran parte de las noticias aluden a cientos de personas que afanósamente exponen sus obras de caridad, ayudas sociales, cursos, diplomados y todo lo que pueda embellecer su persona para ser elegido candidato. Absolutamente es un derecho fundamental aspirar a ser votado en una elección, pero también el ciudadano consciente tiene la posibilidad de evaluar la pertinencia o no de los que aspiran a representar un cargo de elección popular.

Las sociedades en democracia de avanzada no celebran las buenas obras de sus representantes porque asumen que es un trabajador más del estado que está obligado a dar resultados y por ello percibe un salario que proviene del presupuesto público. Entonces, ¿por qué en México la disputa por el poder se vuelve una lucha encarnizada?, la respuesta se llama corrupción, donde las estructuras del poder público representan beneficios individuales que, al final, también es un acto más de vulgarización de la política.

Los que abrevamos y recreamos la política no podemos ser cómplices de prácticas que la deforman, por el contrario debemos dignificarla y elevarla como el medio idóneo para la resolución de las contradicciones sociales. Profesionalizar todos los espacios de la vida pública nos permitirá evitar la captura de nuestras instituciones que muchos recursos han costado al país y que mantiene vivas a élites políticas mafiosas, que en Hidalgo ya deben de ser expulsadas en las siguientes elecciones municipales y estatales.

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