Hasta el otro lado del mundo

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Victor Valencia

Los muelles seguían trabándose al liberar el seguro principal, impidiendo que las articulaciones secundarias se extendieran completamente por inercia como, en teoría, tendrían que hacerlo. Alenc soltó una imprecación seguida de otra, y se permitió una más; añadir una polea independiente podría solucionarlo, pero significaría mayor peso y mayores maniobras, tal vez si tuviera tiempo podría…
La ventana se sacudió por una ráfaga de viento, Alenc escuchó suaves pasos en el techo y sonrió, alegre aunque nervioso. Cubrió con una manta la mesa de trabajo, mientras la trampilla del techo era golpeada sin misericordia; fue a destrabarla y se detuvo en seco. La mochila, debía ponerse la mochila, luego la frazada gruesa, los golpes eran más imperiosos. Quitó el cerrojo de la trampilla tirando de una cuerda y se apartó deprisa.
Un cuerpo rodeado por una coraza de plumas entró por el hueco del techo, a centímetros del suelo la caída fue amortiguada por alas desplegadas, la envergadura abarcó el taller, la sonrisa de satisfacción por tan magnífica entrada abarcó el corazón de Alenc.
–Hola querido.
–Hola mi hermosa Eva.
Alenc interrumpió el abrazo antes que iniciara, tomando las manos de Eva y entrelazando sus dedos, “¿Qué pasa? ¿Aún están tiernas?”, “Ya sabes, no todas crecen igual”, respondió, y añadió un beso suave en los labios, ella correspondió con un tanto más de ímpetu. “Por cierto, te traje esto”, dijo Eva al separarse, al tiempo que aventaba una almohada al rostro de Alenc, “no sé para que quieres tantas, si a donde iremos mañana tendrás muy poco tiempo para dormir”, él recibió el almohadazo riendo.
Eva dobló sus alas y rodeó a Alenc mientras recogía la almohada, curiosa por destapar la mesa de trabajo, él la miró y entró en pánico, “Piensa rápido”. “¿Qué es est…?”, la pregunta fue interrumpida por un nuevo almohadazo ahora dirigido a la nuca de ella, con demasiada fuerza. Eva debió apoyarse en la pared con las dos manos para evitar caer de nariz en la mesa, se volvió lentamente, con brazas en los ojos, “malnacido”, y se aventó contra Alenc, derribándolo, él hizo lo posible por permanecer con la espalda contra el suelo durante el forcejeo.
“Vaya, entonces tus alitas son tan delicadas como para que las abrace pero no tanto como para que aguanten mi peso”, dijo ella, resoplando, y extendió sus alas para cubrirlo, tirando lámparas y herramientas en el despliegue, para después besarlo, “Aguantaría el cielo por ti”, “Y yo iría hasta el otro lado del mundo por estar contigo”, “Y yo te seguiría”, citaron la fórmula que repetían desde niños.
Se levantaron, Eva le dio un beso y un: “Hasta mañana, todavía tengo muchos de quien despedirme”, él entrelazó sus manos a modo de apoyo para ayudarla a salir por la trampilla. Un brinco ágil y salió del taller, Alenc la vio por la ventana, majestuosa con sus ondulaciones aladas al atardecer. Sus dudas terminaron por perderse.
Mañana sería el último día propicio de la estación para emigrar, si lo perdían deberían aguardar otro año, y ya habían perdido muchos por su culpa a la espera, en vano, que a él le crecieran unas alas que nunca llegarían. Cuando le planteó la idea de que tal vez él era un árbol, Eva rió con ganas, “¿¡Cómo puedes ser un árbol!? Tú eres un pájaro, porque estamos hechos el uno para la otra”. Los árboles se quedaban en tierra toda la vida, por un capricho de suerte, anhelando el cielo que nunca alcanzarían, varados a merced de las estaciones, en vez de perseguir la eterna primavera.
Él era así, no un pájaro. Ya había pasado la edad límite para el germinar de sus alas, pero ella no quería comprender, porque no quería partir sin él, y el sentimiento era, es, recíproco. Entonces comenzó a usar esa ridícula mochila abultada, en un burdo símil de retoños alados para que Eva estuviera tranquila y feliz, mientras trabajaba en fabricar un sustituto, un sustituto que se trababa.
Alenc se quitó la mochila y la frazada, luego descubrió la mesa de trabajo, aceitó los muelles de nuevo, deseando que funcionaran, ya no tendría tiempo de hacer más pruebas, ya no podría exigirle más a Eva que lo esperara, ya no podría atarla más a la tierra, ni a él…
Desanudó un saco y extrajo el manto de plumas, la nueva almohada ya no sería descuartizada para completarlo; comenzó a asegurarlo al armazón, firme pero con delicadeza, en una tarea que le llevó hasta entrada la noche.

***

“¡Déjame verlas!”. Eran los únicos en el risco, el resto de pájaros había partido hace días, hace años. Alenc se quitó la frazada, y Eva quedó sorprendida, se abrazaron sin reparos. “Vamos, vamos querido, tenemos mucho tiempo y cielo que recuperar”. Ella le tomó de la mano, “Aguantaría el cielo por ti”, lo hizo correr hacia el vacío, “Y yo iría hasta el otro lado del mundo por estar contigo”, y se dejaron caer, soltándose, “Y yo te seguiría”. Eva remontó con elegancia, mientras a Alenc se le trababa un muelle.

Maratón Anual de Lectura 2017, semana 22

  • Leonardo Muñoz:
    Marianela / Benito Pérez Galdos. Las cuatro mujeres que amé / Tsitsi Dangarembga. Total: 15
  • Karla Esmeralda Lomelí Chávez:
    Love / Leo Buscaglia. Si hubiera espinas / VC Andrews. El tercer hombre / Graham Greene. Viere au poign / Hervé Bazin. Semillas del ayer / VC Andrews. Total: 12
  • Leslie Edith Varela Saavedra:
    The Gashlycrumb Tinies / Edwar Gorey. Maus 1-2 / Art Spiegelman.
    Guía para la vida / Matt Groening. Total: 18
  • Víctor “alas-de-madera” Valencia:
    Cien años de soledad / Gabriel García Márquez. El triunfo de la fundación (leyendo). Total: 11
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