La anciana mujer caminaba por las calles aledañas a la plaza principal Constitución, la abuela en 1962 pisaba uno de los lugares más antiguos en la villa minera de Pachuca, junto a los añejos ingenios mineros de moler y laboríos de Bartolomé de Medina, minas La Prosperidad y La Corteza. En la traza virreinal en la primera plaza pública de los cuatro reales, dijo casi a chillidos “no es nada sorprendente que durante 400 años pudiera verse y vivirse a través de su centro, de sus callejas aledañas, callejones, vecindades y laboríos que ahí se reuniera la alta sociedad novohispana y minera; mercaderes, barreteros y labradores, fueron los tiempos de la fundación de la villa, aquí acontecían los ires y venires, las noticias traídas por hombres a caballo, carromatos y diligencias venidas de la Ciudad de México, la apertura de nuevas vetas y fundos con rica mena, la llegada o muerte de reyes, virreyes y otras autoridades”.
Para los inicios del siglo XX del florecimiento y despegue del viejo mineral, ella precisaba con detalle el nacimiento y auge de los prostíbulos, tabernas y enviciaderos en pleno centro de la población, en el centro histórico desde 1930, siendo sus pelones testigos del quebranto en 1984. La gran odisea en el apogeo de esos impudores se celebraba al llegar a la cumbre de las perfumadas y muy pintadas, coronar la procesión, sin haber caído, sucumbido a los tugurios, cantinas con sus músicas,
a las ficheras, a los cabarets.
Esos lugares inundaron y convirtieron en anidaciones las faldas del cerro de Las Coronas, los callejones y la calleja de Gómez Farías. Al llegar a la angosta y torcida callejuela el viacrucis se compensaba mirando docenas de mujeres a los lados, donde apenas si podía circular un auto a vuelta de rueda, prostitutas, güilas y suripantas para todo gusto, para cualquier bolsillo, para satisfacer todas las filias, las fobias y menesteres. Veíanse y olisqueabanse entre anafres los humos del carbón al rojo vivo que desprendía diminutas ascuas, el intenso olor a la mentada “agua de coco” del lavado, humores a alcohol, cigarro, a mariguana… a sexo, pero con un ligero aroma de jabón Jardines de California “…señora del pecado, luna de mi canción, mírame arrodillado junto a tu corazón…”.
Ahí estaban mujeres de todas las edades, en un interminable muestrario, escaparate para comerciar su cuerpo, al calor de los braceros con carbón ardiendo, calentando recipientes con agua, cubetas, ollas, cazos humeantes en espera del “servicio …ya que la infamia de tu cruel destino marchitó tu admirable primavera, has menos escabroso tu camino, vende caro tu amor aventurera…”. Los marchantes de la comitiva, de la procesión, embrutecidos por la ingesta de alcohol miraban ansiosos la mercancía en pie con el ardiente deseo de tener un encuentro carnal, escogían, miraban y casi olían para tratar los cuerpos a buen precio con la necesidad a flor de piel, incontrolables se abandonaban a la mujer pagada deseada por más, dispuesta en la pasarela “…aventurera dale el precio del dolor a tu pasado, a aquel de que tus labios la miel quiera, que pague con brillantes tu pecado…”
Llamaban poderosamente la atención las vestimentas descubiertas ante el intenso frío de la noche, mostraban el pecho y la espalda de cuerpos aromatizados de bálsamos hechizos con ligero olor a rosas y cebo, una que otra resplandeciente joya en simulada baratija de plástico dorado, centellante en la penumbra alardeadas en los muchos senos diminutos casi infantiles, medianos deformados, grandes aguados y colgados, temblorosos y flácidos. “… deja que mis sueños se aferren a tu pecho para que te cuenten cuan grande es mi dolor…”
Tenues luces de los angostos pasillos de las vecindades arrebujadas de cuartos conducían a los deseosos y enigmáticos aposentos para el intercambio de fluidos, del placer efímero, “… vas de mano en mano, vas de boca en boca, pues tu alma de roca no sabe sentir…”. Deleites dados por mujeres delgadas o consumidas, medias provechosas, regordetas, que presumían brazos, piernas, nalgas, huesos y sus redondeces lucían gran repertorio de marcas estriadas y celulitis agravada, las de enormes senos fofos y tendidos al caminar se meneaban sin ningún ritmo, ni pudor, había que tranquilizarlos con el antebrazo para que no bailaran aún sin música. Sus zapatillas eran siempre altas, corrientes, de tacón de aguja en atrayente charol rojo, azul, verde su mayor lujo era un pequeño moño, medias sostenidas por extasiantes ligueros muy seductoras en tono ala de mosca, sangre de pichón, de red en negro o color carne, algunas con discreta y fascinante costura posterior. Los rostros polveados, labios pintados rojo bermellón, rubor color sangre.
Sí, tenían nariz regordeta con perlas de sudor a pesar del frío, ojos pequeños rasgados, pardos y saltones de pocas pestañas lacias, puntiagudas y para abajo como finas espinas de los higos chumbos. La piel morena, cobriza, agrietada y tostada con manchas del color del ala del ave criolla, se dejaba ver en los trillados, cortos y ceñidos vestidos que simulaban la desnudez, no alcanzaban a cubrir sus íntimos ropajes “…virgen de media noche cubre tu desnudez, bajaré las estrellas para alumbrar tus pies…” En movimientos fascinadores presumían melenas artificialmente ensortijadas y teñidas, inclusive enloquecedoras cabelleras sintéticas “…te han enloquecido con falsos piropos, piensas que están locos los hombres por ti, y en donde tú pisas ya no crece nada, por que nada vales
sin tener amor…”.

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