Es probable que los efectos de la pandemia y la cuarentena se prolonguen en Hidalgo más allá del período de emergencia. Eso hace pensar en un escenario de difícil pronóstico en las regiones campesinas e indígenas del estado, sobre todo si se considera que el dinero que envía la población migrante y el turismo son flujos que dinamizan la economía local en ciertos períodos del año. En cuanto lo primero, la situación se mira muy difícil dado que muchas personas perdieron su empleo en grandes ciudades como Monterrey, Guadalajara y otras de la frontera con Estados Unidos, y por esa razón tuvieron que regresar a sus comunidades.

En el caso del turismo, la situación es muy complicada. Por ejemplo, en el Valle del Mezquital este será el peor año de toda su historia para los balnearios que dan empleo a miles de personas de origen indígena en esa región. Situación similar acontece en la Huasteca, donde debido a la pandemia miles de personas no regresaron al terruño para pasar días al lado de la familia y disfrutar del agua fresca de los ríos y en los centros ecoturísticos durante la Semana Santa.

De igual manera otras fechas que en los entornos rurales son motivo para la concentración de personas como el Día del Niño, el Día de la Madre y el Día del Maestro también resultaron afectadas. Esto mismo sucederá con la cancelación de las fiestas de graduación y ya se prevé que el período vacacional de verano, a la vuelta de la esquina, resulte severamente afectado ante la incertidumbre de que la población pueda viajar durante esas semanas a sus pueblos. Así, es muy posible que este año sea más difícil para la economía de las regiones campesinas de Hidalgo y para las celebraciones comunitarias.

Las fiestas comunitarias son esenciales para las poblaciones indígenas que, como en el caso de la Huasteca, han sido parte de un proceso de revaloración cultural construido durante los últimos años, que también ha contribuido a fortalecer las economías locales a través de la producción de artesanías, el consumo de alimentos tradicionales, la confección de vestimentas, festivales, etcétera. Todo lo hecho en este ámbito podría estar en riesgo; por ejemplo el próximo 24 de junio, Día de San Juan, muchos campesinos “riegan” la semilla de cempoalxóchitl en sus parcelas, lo que da inicio a los preparativos del Xantolo o Mijkailjuitl. Como todos saben, esta fiesta ha adquirido gran notoriedad durante este siglo, lo que ha sido traducido en un importante incremento del turismo. Y aunque en las cabeceras municipales esta celebración suele concluir el 2 de noviembre, en muchas localidades puede prolongarse hasta el fin de año debido a que es el tiempo en que la gente que trabaja fuera vuelve a sus lugares de origen para reunirse con la familia. Pero en este año hay dudas al respecto: “quien sabe si este año hagamos Xantolo, no va haber dinero” es un comentario que forma parte de la conversación que por estos días tenemos entre familiares y amigos.

De hecho, algunas celebraciones ya fueron afectadas por la pandemia. Esta vez fue muy deslucida la celebración de la Santa Cruz, que en el caso del municipio de Atlapexco congrega a cientos de campesinos en la cima del cerro Cintepetl (cerro del maíz) para bailar, cantar y rezar con el propósito de pedir lluvias y buenas siembras en el nuevo ciclo agrario. En el horizonte cercano, ese mismo riesgo lo tiene las celebraciones de Elotlamanalistli (fiestas del elote), que de agosto a octubre se llevan a cabo en ejidos y localidades. Lo mismo puede suceder para la primera ofrenda de Xantolo, que es el 28 de septiembre, Día de San Miguel. Eso no quiere decir que las fiestas no se llevarán a cabo, porque como sabemos la fiesta indígena, al ser factor de identidad y resistencia, históricamente ha sido celebrada a pesar de las dificultades; sin embargo, es probable que no tengan la misma magnificencia de los últimos años.

En eso último son expresadas características de las comunidades indígenas contemporáneas que se relacionan con la gran notoriedad que han adquirido las fiestas durante el presente siglo. Por un lado está el esfuerzo institucional para preservar el patrimonio cultural, pero por otro lado está lo que a ellas aportan quienes han tenido que emigrar en busca de mejor porvenir. Y es que muchos de ellos conservan su identidad indígena y pertenencia comunitaria con el retorno regular al territorio para ser parte de las fiestas, lo que muestra que las comunidades de hoy son ampliadas, cuyos migrantes dinamizan la economía local y preservan su identidad cultural. Por esa razón resulta muy preocupante que durante fin de año tampoco sean realizados la misma cantidad de convivios, bodas y bautizos que se celebran durante la época. Eso, por supuesto impactará en el trabajo de las bandas de viento, los criadores de cerdos y pollos, y en general para toda aquella actividad relacionada con la celebración de fiestas que año con año refuerzan los vínculos comunitarios.

Finalmente, mientras que les comento todo esto, durante las últimas dos semanas los efectos del Covid-19 han dejado sentirse con toda su fuerza en México como lo muestra la cifra de contagios y decesos que ya nos coloca entre los diez principales del mundo. En Hidalgo se hacen llamados para que la población se resguarde lo más posible para evitar que la pandemia cause más daños. A pesar de ello, el virus se ha expandido por la mayor parte de la geografía del estado, causando que la cifra de contagios y fallecidos se duplique prácticamente cada semana, y que la mitad de los contagiados haya tenido que recurrir a un servicio hospitalario. Las cosas se ven difíciles en el horizonte y tendremos que hacer nuestro mejor esfuerzo para salir adelante. Cuídense mucho.

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