Las aves no cantan

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IIallalí Hernández
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–Amanda, quiero ir– le extendió a su madre el pedazo de papel arrugado.
–Pero es para jubilados– contestó ella tras leer los datos.
–No prohíbe mi presencia– respondió con el tono terminante que no daba ocasión a discutir. Amanda respiró profundo y marcó el teléfono.
*
Al dirigente del grupo le pareció curioso que un niño de 11 años quisiera estar con ellos.
–Necesitará ropa cómoda, unos binoculares profesionales, le recomiendo unos de 10x por 50, una libreta y lápiz. La guía que vendemos aquí. Nos reunimos lunes y jueves a las seis en el parque central y los sábados a las siete en alguna zona boscosa cercana.
Mateo miró sobre el hombro de su madre la lista de materiales que anotaba, emocionado por la noticia, aplaudió sin hacer ruido, hizo el tono gutural que escapaba entre dientes y se meció de adelante para atrás.
–Estoy alegre– dijo.
*
El jueves siguiente, se presentó con los jubilados un grupo de siete hombres que tenían equipos sofisticados, sillas de lona, libretas llenas de dibujos tambaleantes y anotaciones en letra cursiva. Lo aceptaron de inmediato y en poquísimo tiempo Mateo fue fundamental en el grupo.
Mateo disfrutaba el silencio con el que miraban el cielo. El tiempo con ellos parecía no tener prisa de transcurrir.
*
–Vamos a comer con la abuela el miércoles– informó Amanda escribiendo en el horario de la semana –y el sábado papá nos invitará a comer fuera. El resto de los días en casa de tres a cuatro.
Mateo anotó en su agenda los horarios de comida.
–¿Nos quedaremos para ver las noticias con Luisa?
–Posiblemente.
–¿Nos quedaremos o no?
–Sí.
–Volveremos a casa a las 19:45 horas y entonces haré la tarea.
Mateo necesitaba tener control del tiempo, le resultaba muy complicado estar a la deriva, cuando eso pasaba sentía como si cientos de hormigas caminaran por sus piernas, lo que le obligaba a moverlas con insistencia para que estas se bajaran. Mateo sabía que esas hormigas no existían, eso era lo que el médico llamaba ansiedad, sin embrago, no podía controlarse y la respiración le faltaba.
*
Orlando salía con su madre todos los fines de semana, eso incluía saludar a sus tíos y pasar tiempo con Mateo. Mamá le había dicho que su primo necesitaba que todo fuera claro porque su cabeza funcionaba como un archivo de computadora ordenado. Lo único que le gustaba de Mateo era que memorizaba libros solo con hojearlos y tocaba en el piano cualquier canción que escucharan unos minutos.
Orlado tenía el rostro alegre y era el más alto de su salón; era muy bueno en los deportes y odiaba las matemáticas. Por las tardes el chofer lo llevaba a comer solo y después a alguna extra clase, cenaba fuera con mamá mientras ella seguía haciendo llamadas por teléfono, hablaban poco de la escuela y cuando eso ocurría, era para escuchar un regaño. Llegaban a casa, él prendía la computadora antes de escuchar a su madre decir “ya es hora”.
El papá de Orlando había muerto un año atrás, lo recordaba en cama, pero las tardes a su lado eran mejores que ahora. Era flaco y con los ojos sumidos, tenía un tono de piel color gris, las manos eran largas como garras, pero Orlando disfrutaba sentarse junto a él y escucharlo hablar, hasta que la tos seca lo invadía y la enfermera debía colocarle un tanque de oxígeno, su padre cerraba los ojos por un buen rato. El nombre de su enfermedad era raro, nunca podía recordarlo.
Llegaban los fines de semana, él se sentaba junto a su primo Mateo quien pasaba horas dibujando o poniendo notas en un idioma raro que sonaba a estornudo, es latín, le había dicho mamá. Le parecía más complicado entender a su primo, aunque le envidiaba esa indiferencia con la que él se enfrentaba a la vida.
A Mateo, no le gustaba convivir con Orlando, después de unos minutos, bajaba a la sala y le preguntaba a su madre:
–Amanda, ¿a qué hora se van?
Las mujeres se reían sinceramente.
–En un rato, Mateo, sigan dibujando.
–Yo estoy dibujando, pero Orlando habla.
Orlando no entendía por qué el silencio para Mateo era tan importante, mamá ya le había explicado que él necesitaba cosas que nadie más parece valorar, que su oído era sensible; que sus neuronas estaban dormidas y debían cuidar que no despertaran de repente. Más allá de las explicaciones, Mateo sí era sorprendente, esas aves que dibujaba y la forma en que parecían salir volando de las libretas, las plumas que casi podías acariciar y eran apenas movidas por las ráfagas de viento que salían de la punta de su lápiz.
–¿Por qué te gustan los pájaros?
–Porque no hablan.
–Pero cantan.
–Trinan. Tú cantas, ellos trinan.
Orlando no entendía como alguien de su edad podía saber que los pájaros trinan y no cantan, esas eran algunas de las cosas por las que no lo comprendía, su gusto por cosas de viejos, ser tan directo que parecía grosero; salir con él a la calle era complicado, las bocinas de los coches o los gritos hacían que Mateo se pusiera nervioso (abrir y cerrar las manos, apretar fuerte los dientes hasta que rechinaran) se tenía que preparar con tapones de oídos como los que usan los pasajeros de los aviones cuando van a dormir.
–¿Me prestas tus binoculares?, preguntó Orlando, vencido por el fastidio de contemplar a su primo dibujar aves. Tardó en entender cómo enfocar, al principio veía una imagen doble enmarcada en dos círculos, tras varios intentos, esa tarde pudo ver en un arbusto un ave blanca con negro.
–¿Qué pájaro es?
–Hirundo rustica– dijo Mateo sin quitar la atención de su cuaderno, –golondrina común.
Golondrina era un nombre que Orlando recordaba por la canción que año con año escuchaba al terminar el curso escolar.
–Son los pájaros que se van.
–Son los pájaros que regresan– concluyó Mateo.
Orlando contempló el nido donde el ave alargada se posó por algunos minutos. Esa ave le recordó el rostro de papá. Se quedó quieto mirando cómo lograban el equilibrio sobre el alambre y contuvo la respiración como si eso pudiera distraer a los pájaros.
Esa fue la tarde en que Orlando, se aficionó por el avistamiento de aves.

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