El tiempo que viví en la Ciudad de México una cosa me quedó clara: esa metrópoli no le pertenece a nadie. Caminamos por sus banquetas, sufrimos su transporte público, odiamos su saturación, su perenne congestionamiento, nos fascinan sus personajes, pero la sensación de que estamos de paso persiste.

Las ciudades que no nos pertenecen¿Es que las ciudades nos pertenecen? Mi experiencia, lo que intuyo, es que nada es nuestro. Ni siquiera nuestro tiempo. Todo lo tenemos alquilado, rentamos nuestras habilidades para obtener dinero y con eso procurar nuestros vicios, aquellos placeres que suponemos, o nos han hecho creer, nos hacen sentir mejor.
Las ciudades tampoco son nuestras. Quizá seamos menos extraños a aquellas que nos vieron nacer, pero tampoco nos pertenecen. Tarde o temprano nos expulsan a su periferia. Muchas veces lo hacemos nosotros mismos. Ingratos, un día despertamos y pensamos que cualquier lugar lejos de donde crecimos es mejor. La modernidad está en los nuevos desarrollos, donde se construyen las nuevas ciudades. Entonces decidimos mudarnos a aquel rumbo en donde las constructoras, los especuladores y el espacio disponible, deciden.
Así los centros urbanos primigenios van despoblándose, o acaso solo cambian su vocación: los vemos indigestos de comercios, oficinas públicas y privadas, saturados de restaurantes, antros, todo menos casas. Las familias, las personas solitarias decidieron que el futuro estaba en otro lugar.
En el libro La ciudad que nos inventa. Crónica de seis siglos (Cal y arena, 2015) el periodista Héctor de Mauleón afirma que creemos vivir en una ciudad, pero en realidad solo ejercemos una mínima parte de ella. ¿A qué se refiere de Mauleón? A que “ejercer” la ciudad tiene un precio, que se expresa claramente en la renta que tenemos que cubrir de manera mensual.
De Mauleón narra que en el pedazo de la Ciudad de México que ha ejercido o le gustaría ejercer, las rentas se encuentran entre los 12 y 15 mil pesos. Y aclara que los inmuebles a que se refiere no son departamentos, sino su evolución: el postdepartamento, que define como una cajita de zapatos, una cajetilla de cigarros de la que unos arquitectos dijeron un buen día: “vamos a poner aquí una salita, una cocinita, dos recamaritas, dos closetcitos y dos lugares de estacionamiento”.
Es caro el precio que pagamos por “ejercer” las ciudades, que sabemos, un día nos expulsarán.
Ya sea que terminen tragándonos, sirviendo para que su tierra siga siendo fértil, ellas no nos pertenecen. Acaso nos usan, nos hacen creer que porque construimos en ellas son nuestras. Pero la realidad es que las ciudades nos sobrevivirán hasta que sean inviables.
Y mientras la vida nos dure, intentaremos ejercerlas, trabajaremos duro, nos alquilaremos para pagar la renta o la hipoteca mensual. Al final somos fantasmas engañándonos, seguros de que al caminar por las banquetas somos dueños de las calles. Somos unos ilusos.

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Periodista desde hace más de una década y director del diario Libre por convicción Independiente de Hidalgo. Es licenciado en comercio exterior por la UAEH y licenciado en lengua y literaturas hispánicas por la UNAM. Colabora como articulista en el diario que dirige y también en el portal SDPnoticias.com. Fue reportero en el semanario Aljibe y Síntesis Hidalgo. Trabajó para los periodistas Ricardo Alemán y Estela Livera en un programa de investigación. En 2007 ingresó a trabajar a Bermellón, Edición e Imagen, despacho donde se desempeñó como jefe de redacción hasta 2009. Es colaborador de la editorial Elementum desde 2010.